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ENCUENTROS DE CREACIÓN EN MAGALIA 2022

La verbena de nuestros cuerpos

Segunda parte de una crónica más o menos ordenada de los Encuentros de creación en Magalia 2022.

Las dinamizaciones

            Dinamizar era uno de los mecanismos clave en este formato híbrido entre residencia y encuentro creativo, pero ¿en qué consistía exactamente? Las tres dinamizadoras se sintieron acompañadas en todo momento por el equipo de producción y estuvieron, desde el comienzo, en estrecho contacto y colaboración entre ellas para tratar de dar con la misteriosa fórmula dinamizadora. Juntas fueron descubriendo las estrategias y las potencialidades de sus acciones, de esta forma su función fue adquiriendo sentido con cada sesión. Tenían claro que no iban a impartir un taller ni tampoco a tutorizar o a acompañar los procesos de los colectivos. Muy pronto, se abrió paso una propuesta de María Cabeza de Vaca que, fiel a su forma de trabajar, dinamitó el concepto “dinamizar” y pasó a denominarlo, precisamente, “dinamitar”.

            María Fuentes se había encargado de la composición híbrida de los tres grupos a partir de los currículums de los miembros de cada colectivo. Posteriormente, las dinamizadoras agradecerían lo pensada y cuidada que había sido esta distribución. En cada uno de ellos, las dinamizadoras aplicaron diversas prácticas desde su personal perspectiva y formación. El objetivo de las tres, sin embargo, era el mismo: que los proyectos fuesen abordados desde otros lugares diferentes, desde otras miradas inesperadas. Por tanto, no se trataba únicamente de mezclar los colectivos, también se incitó al intercambio provechoso de proyectos.

            En el grupo de María Cabeza de Vaca, se planteaba una primera parte de la sesión fundamentalmente física, centrada en soltar los cuerpos. Tras estas sesiones, he acabado enganchado al seitai katsugen, ahora mi columna vertebral exige ser zarandeada noche y día. Progresivamente, los cuerpos evolucionaban y contactaban a partir de sencillas coreografías y/o de la composición de imágenes estáticas. En la segunda parte, entrábamos en los contenidos por medio de ejercicios de escritura o del intercambio de identidades y proyectos. Resultaba sorprendente la pasión con la que defendíamos unas propuestas ajenas que apenas conocíamos. Así, Ohiana reflexionaba cautelosa, pero convencida, sobre el proyecto del colectivo de Amanda, afirmando de forma taxativa cosas como “no podemos permitirnos el horizonte por ahora”; o la manera en que Amanda exponía el proyecto de Ohiana, con una seguridad y una emoción creciente y bastante convincente. Hacíamos nuestro el proyecto del otro, hasta le cambiamos el título a nuestro gusto, imaginamos la recepción de un pasado estreno o diseñamos un cartel promocional para un futuro estreno. En este sentido, Ricardo Santana realizó un elaboradísimo y hermoso diseño gráfico de la pieza de mi grupo; o el proyecto Like a Rolling Stone, por ejemplo, recibió nuevos títulos como El trabajo de las piedras o Una montaña antes de caer. María supo crear una atmósfera de complicidad y confianza desde el principio, me consta que las otras dinamizadoras también lo consiguieron, y las últimas imágenes que construimos fueron especialmente potentes y emotivas.  

            Por su parte, Iara Solano desarrolló otras prácticas creativas que, en algunos puntos, coincidían con las de sus compañeras y, en otros, divergían. Por ejemplo, incitó a la creación de piezas personales que, después, fueron compartidas con los otros dos grupos; se trabajó en la instalación y en el site specific; o se elaboraron partituras que debían accionar otras compañeras. En este grupo, los participantes podían trabajar desde sus proyectos en algunas de las propuestas. La premisa era hacer y, después, conversar sobre lo ocurrido. En total, realizaron 25 prácticas diferentes que Iara, interesada en la idea de archivo, dejó como legado a Magalia en forma de unos preciosos fanzines. Así, le daba una nueva vuelta de tuerca a esa mezcla de creadores, singular de Magalia, una nueva mezcolanza creativa lanzada hacia el futuro. ¿De qué manera? Este fanzine recoge las instrucciones de cada una de las 25 propuestas, un material que podrá ser utilizado por los próximos participantes de los Encuentros. Mercedes L. Caballero le puso nombre a este documento, CATALIA (Catálogo de Acciones para Magalia). Muchas de las aportaciones de estas dinamizaciones, quizás las más valiosas, opinaba Iara, todavía no las podemos medir y quizás sean el germen de futuras colaboraciones. Sería muy interesante, por este motivo, poder hacer un seguimiento de los proyectos nacidos en los Encuentros, incluso revisar los surgidos en las diez ediciones anteriores.

            El último día, Rebeca García Celdrán reconoció el respeto e inquietud que le había generado saber que ejercería de dinamizadora, pero tras un primer momento de inseguridad, optó por compartir su forma de trabajar que, precisamente, se caracteriza por ser muy poco dinámica. Sus procesos de creación son pausados y silenciosos, de manera que aplicó en sus prácticas ese tempo que, de nuevo, choca con el que exige la producción habitual. Su objetivo se centró en “oxigenar” a los participantes partiendo desde el cuerpo, el instrumento que ella más domina, con el fin de entrar a los proyectos desde otros lugares. Rebeca defendía el permitirse dejar esos cuerpos abiertos a la vulnerabilidad y al fracaso, con la seguridad de poder compartir, en todo momento, esos estados con el resto del grupo. No renunció a otras estrategias creativas vinculadas a la palabra como la escritura automática, la invención de sinopsis o la presentación de proyectos ajenos. El continuo cruce de las propuestas generaba un contagio de imágenes y conceptos sobre los que lanzar continuamente nuevas preguntas en paseos y conversaciones, con el fin último de seguir abriendo las posibilidades de la creación, siempre desde la escucha continua y la generosidad.

            En conclusión, las tres dinamizadoras fueron las encargadas de ponernos patas arriba las ideas con las que llegamos e, incluso, nuestro habitual funcionamiento como equipo, proporcionándonos además nuevas herramientas. En mi grupo, debatimos bastante sobre la cuestión de la autoridad, de cómo distribuir la responsabilidad en la toma de decisiones, las diferencias entre manipular e inducir, o el posible intercambio constante de poder. En general, no se produjo especial resistencia a la dinamización por parte de los colectivos, quizás porque la mayoría de trabajos estaban en un estadio inicial, prácticamente daban sus primeros pasos allí. Sea como sea, con la dinamización, los Encuentros se reinventan para ir más allá de una residencia al uso. Y esa reinvención, quizás, pueda ser anual, según los objetivos de las personas que se encarguen de la dinamización, los proyectos de los colectivos escogidos y lo aprendido en cada edición.

Los proyectos. Las muestras.

            Recuperamos la estructura verbenera para hablar de los proyectos y de las muestras. Como dijimos, en esta estructura se parte de temas del pasado para avanzar hasta el presente, pues bien, empezaremos por la música del origen del mundo (las piedras y los vegetales) para llegar hasta la más actual, primero con las “señoras” y después con los jóvenes. Los proyectos, de alguna manera, planteaban también un viaje en el tiempo bastante singular con dos ejes claramente definidos, desconozco si escogidos conscientemente. El primero, nos lleva de los seres inanimados de la naturaleza (las piedras) a los seres más imprescindibles para la vida (los vegetales); y un segundo eje que va del pasado reciente (mujeres mayores) hacia la exploración del futuro (jóvenes).

            Así pues, esta verbena comienza en el principio, con la música del crepitar de aquellas rocas terrestres que no pudieron soportar el primitivo caos infernal. Las piedras, material de partida del proyecto like a rolling stone, parece que se formaron hace unos 3900 millones de años, cuando nuestro planeta se enfrió, estallaron volcanes y diluviaron meteoritos. Piedras que, después, preservaron fósiles y catapultaron la evolución del ser humano. Lynn Margulis decía que el lanzamiento de piedras para cazar animales desarrolló las aptitudes psicomotrices necesarias ante la necesidad de trazar la trayectoria de los proyectiles a cierta distancia. Conseguir hacer esto con cierto éxito, dependía del tamaño del hemisferio izquierdo del cerebro. El lanzamiento de piedras nos hizo más inteligentes, lo que nos llevó a construir los primeros templos pétreos, quizás como agradecimiento inconsciente a las mismas piedras.

Las posibilidades de este punto de partida son infinitas y van desde el uso práctico y cotidiano de la piedra a su empleo simbólico y trascendental. Como afirmaban los miembros de La Nave, el material escogido no era más que una excusa para generar propuestas y metodologías que diesen soporte al diálogo intersubjetivo entre los componentes del equipo, sin olvidar que los posibles resultados pudiesen ser susceptibles de compartirse con el público. Las piedras estimulan la creación e inducen partituras coreográficas, textualidades, estéticas, metodologías… Con un disparador así, una de las principales preocupaciones del grupo era cómo acotar. No estaban solos, en una maleta guardaban 130 piedras que habían ido coleccionando a lo largo de mucho tiempo.

            Este proyecto venía de una primera residencia en la Sala Pradillo realizada por el núcleo duro del colectivo, Oihana Altube y Raúl Marcos. Para ellos, en esta nueva aproximación, era importante sumar al proyecto a Vicente Colomar y a Ricardo Santana, compañeros habituales en aventuras anteriores. Finalmente, el grupo decidió no profundizar en algo concreto, al contrario, dispersó su búsqueda y en la muestra vimos tres posibles puertas por las que entrar. La primera que se abrió, a partir de un ejercicio de contagio de movimientos, fue realmente divertida. Los cuatro intérpretes entraban y salían de forma aleatoria por cualquiera de los cuatro extremos del espacio escénico, con movimientos y gestos que los iban desnudando como piedras. Es interesante que, a lo largo de las dinamizaciones, aquellos que defendimos este proyecto como propio, pusiéramos en relación la piedra con la piel. Progresivamente, tras este primer momento, los cuerpos se iban introduciendo en una especie de ritual privado, donde piedras y cuerpos mantenían un vínculo cada vez más estrecho y misterioso. De la danza colectiva, se pasaba a una danza individual y recogida, a pequeñas acciones que anunciaban el estatismo natural de las piedras. La organización dramatúrgica de los tres fragmentos insinuaba la idea de derrumbamiento, concepto con el que el colectivo estuvo trabajando. Un placer ver en escena fisicidades tan diferentes, evidenciar que, como ocurre con las piedras, no hay dos cuerpos iguales.

            Hace unos mil millones de años, tras la aparición de las piedras en nuestro planeta, hubo una crisis de oxígeno que permitió la evolución de las bacterias respiradoras. Estas se unieron a otras para formar células que darían origen a los hongos y las plantas. El aumento posterior de la población humana dependió por completo de las plantas, de su recolección y cultivo. Para el equipo de Valencia, La Siamesa, fue importante la lectura de Tercer paisaje, de Gilles Clément, y de La vida de las plantas, de Emanuele Coccia. Como nuestras compañeras, parece que teníamos como objetivo común afectar los tiempos habituales de la creación, los modos de producción que exige el mercado. Por ello, apostamos por el hierbajo y el matorral, ese tercer paisaje casi invisible que avanza por territorios limítrofes con lo urbano. Una vegetación anárquica, una maleza sensible, posible espacio para la utopía. Literalmente, en el dossier, decíamos: “La vegetación permite una reapropiación del tiempo, que nuestra acción se construya a sí misma dejando abierta la puerta a otras lógicas, a recuperar vínculos entre nuestra existencia y la de la vegetación”. Y acabábamos aclarando que no se trataba de regresar a la naturaleza, sino de volver a serlo.

            Nos encerramos en la sala de música. Atenea nos pasó un documento del NODO donde antiguos residentes del castillo interpretaban en aquella sala una especie de auto sacramental. Disponíamos de un pequeño escenario con un telón verde de chirriante apertura americana. Sobre este escenario, habitaba un precioso piano de cola y, colgado en la pared del fondo, un enorme cuadro: un camino atravesaba un tupido bosque con cuatro personajes descansando (siempre pensé que éramos nosotros). Un habitáculo alargado y estrecho, repleto de mesas, butacas y sillas dispersas, con litografías colonialistas en las paredes laterales mostrando los Nuevos Mundos, descubiertos hace siglos. En la pared trasera, un antiguo y valioso tapiz, muy poco agraciado; a su izquierda, el retrato de una inquietante dama desconocida con perrito, a su derecha, Calderón de la Barca vigilando todos nuestros movimientos. Arriba, un pequeño ventanuco con cortina escondía un vetusto proyector de cine. En conjunto, era el lugar ideal para llenarlo de matojos, que la naturaleza entrara en tromba y devorase la cultura. Nos devorase. Así iniciamos nuestra investigación, espigando hierbajos de los campos cercanos y colgándolos de cuerdas como ropa tendida al sol. A partir de ahí, la instalación evolucionó y creció lentamente como una planta. A veces, parecía que estábamos detenidos, dejándonos mecer por el lento paso del tiempo. Los cuatro inmersos en nuestros quehaceres particulares, creando materiales que, muy poco a poco, iríamos combinando pausadamente: uno desplazaba un objeto, otro lo recolocaba, otro lo iluminaba… Nos acompañábamos en nuestras pequeñas decisiones, las acordábamos silenciosamente. Siempre habíamos trabajado en serie, es decir, a lo largo del proceso nos íbamos activando según nuestros roles; en Magalia, lo hemos podido hacer en paralelo, hemos podido investigar los cuatro a la vez, compartirnos a un mismo tiempo.

            La noche previa a la muestra, decididos a convertir aquel espacio en una Capilla Sixtina con proyecciones en sus bóvedas, apareció Atenea seguida de Diego, las compañeras gallegas. Les dejamos tumbarse en una mullida y suave alfombra para que pudiesen vivir en directo cómo íbamos dando vida a los techos. Fue un momento especial, un tipo de acompañamiento que delataba el grado de complicidad y confianza que habíamos logrado los cuatro colectivos. Atenea dijo algo hermoso al día siguiente: “¿Sabes cuando imaginas algo con mucha fuerza y cuando lo experimentas es justamente lo que deseabas…? Pues eso me pasó ayer noche con vosotros”. Dice Coccia que las plantas son los seres vivos más generosos del planeta, lo ofrecen todo sin pedir nada, no dependen de ningún otro ser vivo para sobrevivir y todo lo que tocan, lo transforman en vida. Nos iría tan bien seguir su ejemplo. No tengo suficiente distanciamiento para hablar de la muestra que hicimos, de nuestra instalación de voces, imágenes y música. Lo recuerdo ahora como un invernadero de vidrio en ruinas, donde recibimos la visita de las más exóticas y diversas plantas. La voz de Ángela, esa furia vegetal, repitiendo “Quiero ser tercer paisaje / compartir una forma de mirar”… En esta verbena del mundo, solo nos salva el deseo de compartir formas de mirar. Y en nuestra verbena particular, donde hasta las plantas bailan, qué hermoso poder conoceros mejor, intercambiar nuestra clorofila, Ángela, Carlos y Joan.

            Cantade todas e eito, de Barriga e Muleta, se presentaba como una celebración y una reivindicación de la memoria de mujeres de más de 50 años. Mujeres como las de Las Navas del Marqués, que fueron invitadas a pasar unas horas en el castillo para rescatar sus historias silenciadas y así ponerlas en valor. Un proyecto que Atenea García – la mitad del colectivo – había sondeado previamente en algunos pueblos gallegos. Tras colgar unos carteles por el pueblo convocando a las mujeres sin demasiado éxito, el colectivo contacta con Conchi, presidenta de la asociación de “amas de casa” (sí, todavía existen asociaciones con esa nominación por toda España); pero el poder de convocatoria de Conchi es limitado, nuevamente el factor tiempo, pues se comunica con el resto de asociadas por medio de correo postal. Atenea, sin embargo, defiende esa manera de trabajar con las “señoras”, como le gusta llamarlas, pues ellas son las que organizan los “ensayos” (encuentros) a partir de su disponibilidad. De esta forma, el proyecto enlaza con el flujo natural de lo cotidiano de sus protagonistas principales.

            Cada cierto tiempo, las “señoras” llegaban a diferentes estancias del castillo donde Diego y Atenea tejían un espacio de confianza y de cuidados. Unos encuentros dentro de los encuentros. Mujeres que, de pequeñas, miraron con fascinación el exterior del castillo, al cual por fin accedieron un buen día para estudiar o para trabajar, mientras otras bailaban. En su enorme lavadero, algunas lavaron hasta las piedras. Restos de aquella disciplina militar queda todavía en algunas de las rutinas del servicio del castillo. Con el paso de los años, este lugar acabó siendo un reclamo turístico, un fondo de postal para fotografiarse con las amistades. Las señoras que llegan hoy al encuentro aprendieron allí algunos de los principios de la Sección Femenina de la FET y de las JONS como, por ejemplo, preparar una comida deliciosa para cuando el marido regresara del trabajo, ofrecerse a quitarle los zapatos o hablarle en tono bajo, relajado y placentero. “Recuerda que él es el amo de la casa”, decía el punto 14 de los Principios a no olvidar. Y mira que está costando olvidarlos todos… Una ideología que también impregnó la cultura popular del lugar. Precisamente, compartir tradiciones y folklore es otra manera que el colectivo propone para comunicarse en sus reuniones. Muy pronto, las “señoras” se sienten cómodas y su complicidad y compromiso con el dispositivo es total. Lo pudimos comprobar en la misma plaza de armas, el día de la muestra, la relajación con la que hablaban alrededor de una mesa junto a la pareja gallega. La dignidad con que recibieron como regalo una lata de sardinas de la conservera Cuca, donde las trabajadoras lucharon con uñas y dientes por mantener sus puestos de trabajo.  

            A veces, se ignora el motor que te lleva a la creación de una pieza determinada. Siempre se debería partir de una necesidad profunda y desconocida y, en este caso, la había. Las manifestaciones tradicionales están cargadas de misoginia y machismo, las mujeres han cantado y bailado temas cuyo mensaje no les favorecía en absoluto. Después de confesar su homosexualidad los miembros del colectivo, las “señoras” prácticamente ni se inmutaron, quizás por una posible identificación, por haber ocupado mucho tiempo ellas también un lugar completamente marginal en la sociedad patriarcal de la dictadura. Una de ellas, Pilar Pablo Barbero, descubrió hace un tiempo que la sombrilla que había comprado en el “chino” representaba la bandera LGTBi, se lo dijeron y decidió no quitarla de su balcón. Poco después, Pilar cantaba al Santísimo Cristo de Gracia. Todo parece compatible. El momento más emocionante fue cuando Diego M. Buceta se puso a bailar mientras Atenea cantaba una canción gallega acompañada de la pandereita. La sonrisa se abrió paso, poco a poco, por los labios de las cinco señoras presentes. Tímidamente, seguían el ritmo con los pies.

            ¿Qué hacer con todo este material? Porque Barriga e Muleta no quiere producir una “pieza de señoras”, aunque a las mismas señoras les parecía muy bien que fragmentos de sus vidas pudiesen llegar a otras personas como legado. ¿Cómo recrear el formato de los encuentros sin perder su verdad? ¿Hasta qué punto las creadoras están legitimadas a apropiarse y manipular las vidas de estas mujeres? Preguntas que quedaron en el aire en un proyecto que trabaja con mujeres que no tienen tiempo y a las que, además, les queda cada vez menos tiempo. De nuevo, el tiempo… El pasado aferrándose al presente, para bien y para mal.

            La verbena avanza, por fin, hacia su desenlace. Nos vamos ahora hacia el futuro o, más bien, hacia el No future, del colectivo Javier Guerrero y Simón Cien. El título del proyecto se completaba con un Dios guarde a los jóvenes. Resulta interesante este creciente interés de las artes escénicas contemporáneas hacia los jóvenes, ya no solo como espectador deseado que recuperar, sino sobre todo como colaborador y/o participante activo. De alguna manera, esta investigación del colectivo procedente de Cataluña conectaba con esta inquietud. Definida como “propuesta poética de danza”, el objetivo era crear una coreografía donde compartir con otros cuerpos una idea de futuro. El cuerpo y el tiempo de nuevo, dos términos que aparecen constantemente en esta crónica. En este caso, la clave está en el acto de bailar, cuando el cuerpo atraviesa intuitivamente límites inimaginables; cuando el cuerpo, en un estado salvaje, se dirige al futuro con su movimiento.

            El equipo de Simón Cien llegó a Magalia con la intención de aterrizar una serie de ideas teóricas desde lo coreográfico y de escapar del espacio escénico cerrado, contexto donde habían realizado un trabajo recientemente. Igualmente, deseaban atacar el proyecto desde criterios de producción completamente diferentes a los que habitualmente se ven obligados a realizar. Por todo ello, su deseo era escapar de la sala de ensayos y de los mismos ensayos. Algo que enlaza con lo que decíamos de las “señoras”, de cómo distorsionaban con su vivencia del tiempo el procedimiento rutinario de los ensayos. Así pues, se trataba de explorar otra forma de dinamitar los procesos convencionales de creación. El equipo deambuló por diferentes espacios del castillo, pero también del pueblo. En la piscina municipal contactaron con jóvenes para conversar sobre su idea de futuro, entonces detectaron algo que supuso un giro en su propuesta: ¿Por qué nos interesa más saber lo que se cuece culturalmente lejos que aquello que pueda suceder a nuestro lado? Los jóvenes entrevistados, de entre 17 y 20 años, no sentían demasiado interés ni apego por el castillo, este no pertenecía ya a sus vidas. Únicamente mostraron cierta curiosidad por lo que tramábamos aquellos que en esos días lo habitábamos.

            Javier Guerrero y el resto del colectivo se dieron cuenta de que a quienes realmente importaba el futuro era a ellos mismos, por estar en un estado intermedio de la vida. Los jóvenes parecían estar más preocupados por el aquí y ahora, por el consumo inmediato del tiempo. A esta revelación se sumaron algunas reflexiones de Oihana, en la práctica dinamizadora, cuando planteó la posibilidad de habitar el paisaje, un paisaje que permanece impertérrito al paso del tiempo o cuyos cambios son al menos muy lentos: “Sobre este horizonte vibran todavía los impulsos de los miles de jóvenes que sembraron este lugar. En estas montañas aún resuenan los gritos de los más mayores y sus historias ocultas bajo el asfalto. Sigo deambulando. Anhelo comportarme como una bestia.” Así es como acaba el texto, firmado por Andrés Galián. Un texto que surge de los paseos del grupo y que podíamos escuchar susurrado en nuestros móviles, mientras paseábamos también por los pasillos del castillo hasta llegar a la terraza.

            Antes de subir a la terraza, en la plaza de armas y desde la balconada, pudimos ver deambular los cuerpos de Amanda Rubio y Javier Guerrero entre la sombra y el sol, entre el gesto salvaje y el cotidiano, entre el movimiento y el estatismo. Cuerpos en un estado de incertidumbre, atrapados en un espacio donde solo el cielo parece la única posible salida. Después, esos mismos cuerpos, reducirían sus movimientos sobre una explanada de suelo negro, a varios cientos de metros del castillo, dos minúsculos cuerpos que podíamos ver evolucionar desde la terraza. Cuerpos que formaban parte del paisaje, de ese tiempo que pasa despacio. Por un momento, el equipo pensó que la voz que nos hablaba por los cascos debía ser la de una vaca del lugar, en otro momento se pensó en la voz del fuego del incendio próximo. Finalmente, tras una visita al cementerio, se decidieron por los muertos, por la voz de los que ya no están. ¿Quiénes pueden saber más del futuro que ellos? Al fin y al cabo, ¿no deambulamos en esta vida hacia un cementerio? El futuro es siempre un no futuro, un tiempo que se acaba. Los cuerpos siempre terminan formando parte del paisaje y es hermoso saberlo, porque allí seguiremos envejeciendo, junto a las piedras y las plantas.  

* * *

            Esta crónica debería haber acabado hace tiempo. Es un fracaso de crónica. El cronista desconoce su utilidad. El cronista cierra los ojos y recuerda. Ve cómo los cuerpos en la verbena se aferran al presente, aunque suenen músicas pasadas de moda. De la misma forma, nuestros cuerpos verbena se aferraron al presente total de aquel viejo castillo, a cada segundo que pasaba, aprovecharon cada respiración, cada abrazo, cada risa. Los proyectos fueron compartidos y estimados de manera tan intensa entre los participantes que, al ver las diferentes muestras, los sentimos un poco nuestros. Quizás se trataba de eso, de residir para compartirnos. Gracias a la Red de Teatros Alternativos por propiciar estos encuentros. Necesitamos más castillos donde poder distorsionar el tiempo. 

Perfil del autor
XAVIER PUCHADES

Xavier Puchades (València, 1973)

Dramaturg, director d’escena i guionista. Doctor en Filologia Espanyola, especialitzat en teatre modern i contemporani, ha exercit com a investigador i docent a la Universitat de València i en diferents escoles privades d’interpretació. Ha desenvolupat tasques de documentació i investigació per a institucions com l’Acadèmia Valenciana de la Llengua, l’Institut del Teatre de Barcelona o el Centre de Documentació Escènica de l’Institut Valencià de Cultura. Ha col·laborat també en revistes especialitzades de teatre i, com a crític teatral, en diverses publicacions culturals. Entre 1999 i 2005, junt amb Josep Lluís Sirera, és editor de la revista de teatre electrònica Stichomythia. Actualment, és professor especialista en direcció de l’Escola Superior d’Art Dramàtic de València.

Com a dramaturg, estrena i/o publica peces en solitari com ara Desaparecer (1999), Terrat (2002), Desidia (2003), Àcars (2004), El mentider (2012), El escondite (2013), Éxit (abans de les eleccions) (2015), Saqueig (2016), Todos estos fragmentos (2017), Hasta que el infierno se congele (2019) o Indústria (2020). Ha coescrit o col·laborat en peces col·lectives com Escoptofilia (2000), Galgos (2005), El cel dins una estança (2006), Zero Responsables (2010), Valèntia (2012), Una indígena els va guiar a través de les muntanyes (2012), I tornarem a sopar al carrer (2017), Els nostres (2018) o la peça de circ El desig d’estar junts (2020).

Ha dirigit textos d’autoria internacional (Sarah Kane, Rafael Spregelburd, Javier Daulte o Guillermo Calderón) i valenciana (Pedro Montalbán-Kroebel, Tadeus Calinca, Mafalda Bellido, Sònia Alejo, Maribel Bayona o Paco Romeu). Igualment, ha treballat com a director i/o dramaturg en produccions de diverses companyies de dansa (La Siamesa, Titoyaya, La Coja Dansa, Mou Dansa, Ladyfunta, IVC...) amb títols com ara Sospechosos (2015), A-normal o la oveja errante (2017), Bandejats (2018), #outFit (2019), Social Animal (2019), SC_Santa Cultura (2019), (R)Minds (2020), La rebelió de les papallones (2020), Vamos a estar a ratos (2020), Soledad (2021), El público (2022) o Ací el meu cos(2022).

Des de 2005, com a guionista, escriu per a diversos formats de ficció televisius destinats a cadenes com TVE, TV3, RTVV, IB3, Divinity o À Punt.

Ha rebut premis com el Marqués de Bradomín, el Max Aub de les Arts Escèniques de la Generalitat Valenciana, el Ciutat d’Alzira o el de la Critica dels Escriptors Valencians (AELC), entre altres.

 

Xavier Puchades (València, 1973) Dramaturg, director d’escena i guionista. Doctor en Filologia Espanyola, especialitzat en teatre modern i contemporani, ha exercit com a investigador i docent a la Universitat de València i en diferents escoles privades d’interpretació. Ha desenvolupat tasques de documentació i investigació per a institucions com l’Acadèmia Valenciana de la Llengua, l’Institut del Teatre de Barcelona o el Centre de Documentació Escènica de l’Institut Valencià de Cultura. Ha col·laborat també en revistes especialitzades de teatre i, com a crític teatral, en diverses publicacions culturals. Entre 1999 i 2005, junt amb Josep Lluís Sirera, és editor de la revista de teatre electrònica Stichomythia. Actualment, és professor especialista en direcció de l’Escola Superior d’Art Dramàtic de València. Com a dramaturg, estrena i/o publica peces en solitari com ara Desaparecer (1999), Terrat (2002), Desidia (2003), Àcars (2004), El mentider (2012), El escondite (2013), Éxit (abans de les eleccions) (2015), Saqueig (2016), Todos estos fragmentos (2017), Hasta que el infierno se congele (2019) o Indústria (2020). Ha coescrit o col·laborat en peces col·lectives com Escoptofilia (2000), Galgos (2005), El cel dins una estança (2006), Zero Responsables (2010), Valèntia (2012), Una indígena els va guiar a través de les muntanyes (2012), I tornarem a sopar al carrer (2017), Els nostres (2018) o la peça de circ El desig d’estar junts (2020). Ha dirigit textos d’autoria internacional (Sarah Kane, Rafael Spregelburd, Javier Daulte o Guillermo Calderón) i valenciana (Pedro Montalbán-Kroebel, Tadeus Calinca, Mafalda Bellido, Sònia Alejo, Maribel Bayona o Paco Romeu). Igualment, ha treballat com a director i/o dramaturg en produccions de diverses companyies de dansa (La Siamesa, Titoyaya, La Coja Dansa, Mou Dansa, Ladyfunta, IVC...) amb títols com ara Sospechosos (2015), A-normal o la oveja errante (2017), Bandejats (2018), #outFit (2019), Social Animal (2019), SC_Santa Cultura (2019), (R)Minds (2020), La rebelió de les papallones (2020), Vamos a estar a ratos (2020), Soledad (2021), El público (2022) o Ací el meu cos(2022). Des de 2005, com a guionista, escriu per a diversos formats de ficció televisius destinats a cadenes com TVE, TV3, RTVV, IB3, Divinity o À Punt. Ha rebut premis com el Marqués de Bradomín, el Max Aub de les Arts Escèniques de la Generalitat Valenciana, el Ciutat d’Alzira o el de la Critica dels Escriptors Valencians (AELC), entre altres.  

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