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Castillo-Palacio de Magalia en las Navas del Marqués, foto red escènica

ENCUENTROS DE CREACIÓN EN MAGALIA 2022

La verbena de nuestros cuerpos

Primera parte de una crónica más o menos ordenada de los Encuentros de creación en Magalia 2022

A Salva Bolta, en el record

La crónica

            Escribir una crónica. Etimológicamente, crónica quiere decir libros que siguen el orden del tiempo. Un cronista narra cronológicamente cómo sucedieron unos hechos, los expone e interpreta sin necesidad de una argumentación rigurosa. El cronista, dicen, es el maestro del arte de comentar literal y críticamente la realidad. Cuando se fue alejando de la Historia, la crónica pasó a relatar viajes y conquistas del llamado Nuevo Mundo y, con la aparición del periodismo, cualquier noticia ha recibido el nombre de crónica. Sea como sea, es un género que destaca por la importancia que le da al paso del tiempo. Por mi parte, querría comenzar mi crónica estructurándola como una verbena.

            La fórmula de la verbena sigue siendo la narrativa perfecta para ganarse la atención y complicidad de todo tipo de generaciones. La verbena es, de alguna manera, una crónica musical que da sus primeros acordes rememorando temazos de los años 50 y 60 hasta llegar, ya a altas horas ebrias de la madrugada, a fragmentos diversos de actualidad musical. Y conviene señalar su fragmentariedad porque en una verbena nunca suena una canción entera, en una buena verbena se practica el collage y la postmodernidad. Y conforme transcurre la velada, con sus correspondientes cambios de vestuario ajustado y multicolor, los asistentes van rejuveneciendo. Es el efecto Benjamin Button. Así, vamos de la España profunda a la de superficie, de la sólida a la líquida, del dónde estará mi carro al motomami. Todo en apenas unas horas. La verbena, ese enigma pendiente de estudiar por la física cuántica.

            El sábado 23 de julio de 2022 fue la segunda vez que salí del Castillo de Magalia, hacía seis días que habíamos llegado. Y lo hice para asistir a una verbena. El castillo se había convertido para mí, y para la mayoría de sus residentes, en una fortaleza contra el calor y el paso del tiempo. La verbena fue la constatación de que fuera de nuestro refugio la realidad seguía su terrible curso. Allá afuera, seguía pasando el tiempo.

Los tiempos

            Llegamos a los Encuentros de Creación en Magalia de la Red de Teatros Alternativos el lunes 18, justo cuando la campana del castillo replicaba para ir a comer. Se nos alertó de la generosidad de las raciones de comida y se nos recordó que estábamos en Ávila. Con el paso de los banquetes, uno se habitúa a rebañar el primer y el segundo plato e, incluso, a apurar el postre que otros comensales, ya saciados, han dado por imposible. No diré nombres, pero lo vi. Alegremente, padecimos el síndrome de Hansel y Gretel y ahora, de regreso a casa, estamos pasando un hambre atroz. Los asistentes a aquellos pantagruélicos festines jugábamos a acertar los ingredientes de un helado o elaborábamos listas del menú más top a partir de lo degustado hasta entonces. Progresivamente, se fue instalando en el grupo un incontenible deseo lúdico, de convertir cualquier cosa en juego. Era inevitable la sensación de campamento estival a una edad desfasada, pero no nos importaba. La verbena de nuestros cuerpos avanzaba y nos quitaba años. Así, fuimos rejuveneciendo. El encuentro de Magalia, o al menos este, estaba consiguiendo que sus participantes experimentásemos una plácida regresión temporal.

            Las horas concretas de las comidas nos aportaban una necesaria temporalidad ritual. Los rituales hacen habitable el tiempo. Así, lo hacemos nuestro. Quizás se trataba de eso, de hacer nuestro el tiempo. De esto he sido consciente después, cuando he vuelto a consumir en el exterior cualquier cosa comestible, empujado de nuevo por un tiempo caracterizado por las prisas. El día que nos marchamos, algunos comimos unos tristes bocadillos de calamares cerca de la Estación de Atocha. Todo un baño de realidad. Esta temporalidad ritual de las comidas convivía con esa otra de regresión temporal de la que hablaba antes, ese tiempo lúdico de colonias estivales. Si el capitalismo, como dice Alba Rico, ha domesticado el verano en veraneo, en esas comidas y noches ociosas, volvíamos a nuestros pueblos idealizados y paradisiacos de la infancia, liberados de la condición de turistas para dejarnos imprimir en la memoria nuestro particular amor (colectivo) de verano. De alguna manera, creo que Magalia nos permitió recuperar dos temporalidades frente a la dictadura temporal acelerada y estresada que normalmente habitamos: la ritual, que engendra alianzas y comunidad; y la vacacional de otros tiempos, que proporciona un verdadero descanso compartido. A estas dos temporalidades, se le podría sumar una tercera, aquella que da la impresión de detenerse o, al menos, ralentizarse. Esta temporalidad sucedía cuando realizábamos las prácticas de dinamización o nos sumergíamos en nuestros particulares procesos de investigación. Algunas de estas dinamizaciones jugaban, precisamente, con el intercambio de identidades, con la reiteración de movimientos, con el abandono de los cuerpos… El tiempo se disolvía.

            Del 18 al 28 de julio, un grupo de personas convivimos en un espacio aislado del tiempo. Experimentamos tres temporalidades simultáneas que distorsionaban inevitablemente nuestra vivencia del tiempo, que nos protegían además de los tiempos marcados y únicos de la producción. No existía ni su presión ni su urgencia. Por ello Jacobo Pallarés, presidente de la Red de Teatros Alternativos, nos dio la bienvenida transmitiéndonos que allí podríamos fracasar tranquilos. De algún modo, sin tiempo o con un tiempo ralentizado o distorsionado, se anula la posibilidad de pensar en el éxito, incluso la concepción de fracasar cambia por completo. Es eso, un “fracaso tranquilo”. En una residencia no hay ni éxitos ni fracasos, simplemente se reside el tiempo, lo hacemos nuestro. En esos días, solo fracasé un poco jugando al billar. Sí, también había billar y una mesa de ping pong…    

            Poco a poco, en aquel lugar, se dejaron de contestar correos electrónicos, de atender llamadas y de ojear compulsivamente las redes sociales. En mi grupo, bromeábamos sobre la pereza de crear contenidos, aunque confieso que yo compartí en Instagram alguna imagen que otra. Un incendio cercano nos recordó la belleza de la destrucción y dejó sin wifi a toda la población de Las Navas del Marqués, también a su castillo. Las incidencias con Internet distorsionaban aún más nuestra experiencia del tiempo cotidiano. Si seguíamos en regresión, en cualquier momento estaríamos bailando danzas regionales en la plaza de armas, como hicieron antaño las mujeres de la Sección Femenina de la Falange, alojadas en aquellas dependencias. Efectivamente, en aquel castillo, durmió Pilar Primo de Rivera. Su espectro, afortunadamente, no se cruzó con nadie por los pasillos. María Cabeza de Vaca, que ejercía de dinamizadora, detectó ciertas noches en las que todos padecíamos pesadillas. Independientemente de las corrientes de energía, favorables o negativas, de aquel lugar, yo no podía evitar pensar que nuestras vidas, esos días, debían de tener algunos puntos en común con las rutinas diarias de aquellas mujeres, seguramente niñas. Su detención en el tiempo, sin embargo, poco tenía que ver con una residencia de creación. ¿Les dejarían jugar en la plaza de armas? ¿Sentirían el placer de bailar todas juntas? ¿Se dormirían escuchando el agradable aullido del viento?

Los cuerpos

            Como cronista soy un desastre, divago en exceso. Lo sé. No guardo el orden y, quizás, ni siquiera estoy logrando transmitir el asombro de este Nuevo Mundo, pues en esta decimoprimera edición de los encuentros hubo novedades. Igual debería comenzar de nuevo, pero no lo voy a hacer. Después de hablar del tiempo y el espacio, toca hablar de los cuerpos, los protagonistas de esta crónica.

            De Galicia, descendió el colectivo Barriga e Muleta (Atenea García y Diego M. Buceta), en sus mentes elaboraban la propuesta Cantade todas a eito; de Barcelona, llegaron bailando Simón Cien (Javier Guerrero, Amanda Rubio y Andrés Galián), NO FUTURE, Dios guarde a los jóvenes, era el título de su proyecto; de Madrid, entró rodando por la puerta del castillo La Nave Colectiva (Oihana Altube, Raúl Marcos, Vicente Colomar y Ricardo Santana) con la propuesta like a rolling stone; finalmente, desde Valencia, La Siamesa (Ángela Verdugo, Carlos Molina, Joan Mei y servidor) aportaba El otro paraíso o cómo ser tercer paisaje con la intención de vegetar plácidamente. Cuatro colectivos que, junto a las tres dinamizadoras (María Cabeza de Vaca, Iara Solano y Rebeca García Celdrán), sumábamos la cantidad de 16 personas. Disponíamos de diez días para conocernos. A estos cuerpos, los tres primeros días, se sumarían los de las comunicadoras de diferentes salas de la Red y, los dos últimos días, llegarían los del Congreso de Salas Alternativas.

Las novedades

            Aquí, tocaría hablar de la especificidad de esta undécima edición de los Encuentros de Creación en Magalia. Desde sus orígenes, en 2006, numerosas compañeras valencianas habían asistido a estos encuentros y me hablaban maravillas a su vuelta. Antes del boom de las residencias, Magalia ya existía y su singular modelo respondía al deseo de la Red de Teatros Alternativos de generar lazos y contactos interterritoriales entre diferentes creadores. Así pues, personas llegadas de diferentes puntos de la Península, con formaciones, intereses y especializaciones escénicas distintas, se daban cita allí para imaginar juntas borradores de posibles creaciones de resultados inesperados. En diez ediciones se han mezclado 239 artistas residentes de 14 comunidades autónomas y se han investigado 72 propuestas. No son malas cifras y más si se tiene en cuenta que, en escénicas, cada territorio hace su vida de forma independiente a la del resto.

            Tras celebrar su décimo aniversario, la junta de la Red de Teatros Alternativos decide experimentar un nuevo formato de encuentros sin obviar la particularidad de sus inicios. Este año ha sido puesto a prueba un nuevo modelo que mantiene, por tanto, la generación de un espacio de encuentro y cooperación entre residentes procedentes de diferentes territorios. La novedad es que estos residentes llegan con su propio colectivo, formado por un equipo más o menos estable; y que estos equipos se distribuyen y mezclan en tres grupos independientes que se reparten tres dinamizadoras. El hecho de ser colectivos aporta al encuentro un carácter de residencia artística que antes no tenía. De esta forma, una parte del día, los colectivos se concentran en la investigación de su propuesta y, en la otra parte, se dedican a cuestionarla en las prácticas dinamizadoras donde, además, conocen y profundizan en los proyectos del resto. En teoría, se trata de dos estrategias complementarias que, en principio, se retroalimentan. En la práctica, habrá que ir ajustando su interrelación. Con todo, ha quedado claro en esta edición que el experimento funciona y que habrá que seguir apostando por perfeccionar progresivamente su mecanismo.

Las comunicaciones

            Los encuentros de Magalia, además, ofrecen la posibilidad de establecer aún más lazos, no solo entre las personas que forman parte de los colectivos, también con las encargadas de comunicación de las diferentes salas de la Red y, aprovechando la celebración del Congreso de las Salas Alternativas, con algunos de los gestores de estos espacios. Entre el 18 y el 21 de julio, se desarrolló el Taller de Comunicación, en el cual participaron Esther Morales (Teatro Victoria), Silvia Ariño (Teatro Círculo), Paloma Mancebo (Sala Negra), Teresa Valdaliso (Café de las Artes Teatro), Rocío Navarro y Alberto Salas (Nave 73), Laia Ruiz (Nau Ivanow), Naiara Yerobi (Teatre del Mar), Juan Manuel (Andén 47), Asunción María Legidos (La Carreta), Paola Lorena Matienzo (Sala Azarte) y Esther Pedrós (Inestable). Esta última, principal responsable y culpable del encargo de esta crónica. En este taller, además, también participaron miembros de la oficina de la Red de Teatros Alternativos como Ángel Málaga (gestor cultural) y Mercedes L. Caballero (comunicación). Miguel Á. Lozano (coordinación y gerencia) y María Fuentes, (gestión del Circuito y Encuentros) completaban el equipo de la oficina que tan profesional y cariñosamente nos trataron en esos diez días. Aprovecho para agradecerles, de nuevo, su imprescindible labor.

            La noche del 21, en la plaza de armas, una horda de jóvenes comunicadoras se hizo con el control de la música en su fiesta de despedida. Los temas escogidos pusieron en crisis el formato verbenero, dejando de lado algunos temazos solicitados por una  portavoz perteneciente a una generación anterior, claramente en minoría. Por fortuna, sonó algún tema bailable de Johan Sebastian Bach. Ya avanzada la noche, tuvo que llegar Mari Carmen, una de las empleadas de la cocina, para poner un poco de orden y pincharun par de temas de los noventa. Una representante del personal de servicio, después de una jornada de intenso trabajo, bailaba feliz Where is my mind?, junto a comunicadoras y residentes. Otra manera de mezclarnos y de establecer lazos. En la fiesta de la última noche, sucedería lo mismo con dos de las experimentadas y siempre amables camareras. Esa misma noche, en el comedor, aplaudimos largo rato a las cocineras por habernos alimentado tan bien. Hasta ese momento, ni siquiera les habíamos puesto cara. Quizás haya visto demasiadas películas de Mike Leigh, pero ese aplauso lo guardo como uno de mis mejores recuerdos de Magalia… Bueno, hay alguno más: las conversaciones bilingües con Atenea en gallego y valenciano en las que nos entendíamos perfectamente; o cuando esta y Javier Guerrero bailaron jotas en el patio de armas a altas horas de la madrugada, hasta el desorine; o cuando abracé a Ángela mientras preparaba una pequeña instalación vegetal y nos convertimos por un instante en plantas; o cuando Joan me condujo con los ojos tapados hasta un balcón y me quitó la venda ante dos árboles frondosos para leerme a continuación un poema de Ramón Andrés dedicado, precisamente, a los árboles… Pero bueno, estoy perdiendo el hilo de nuevo…

Perfil del autor
XAVIER PUCHADES

Xavier Puchades (València, 1973)

Dramaturg, director d’escena i guionista. Doctor en Filologia Espanyola, especialitzat en teatre modern i contemporani, ha exercit com a investigador i docent a la Universitat de València i en diferents escoles privades d’interpretació. Ha desenvolupat tasques de documentació i investigació per a institucions com l’Acadèmia Valenciana de la Llengua, l’Institut del Teatre de Barcelona o el Centre de Documentació Escènica de l’Institut Valencià de Cultura. Ha col·laborat també en revistes especialitzades de teatre i, com a crític teatral, en diverses publicacions culturals. Entre 1999 i 2005, junt amb Josep Lluís Sirera, és editor de la revista de teatre electrònica Stichomythia. Actualment, és professor especialista en direcció de l’Escola Superior d’Art Dramàtic de València.

Com a dramaturg, estrena i/o publica peces en solitari com ara Desaparecer (1999), Terrat (2002), Desidia (2003), Àcars (2004), El mentider (2012), El escondite (2013), Éxit (abans de les eleccions) (2015), Saqueig (2016), Todos estos fragmentos (2017), Hasta que el infierno se congele (2019) o Indústria (2020). Ha coescrit o col·laborat en peces col·lectives com Escoptofilia (2000), Galgos (2005), El cel dins una estança (2006), Zero Responsables (2010), Valèntia (2012), Una indígena els va guiar a través de les muntanyes (2012), I tornarem a sopar al carrer (2017), Els nostres (2018) o la peça de circ El desig d’estar junts (2020).

Ha dirigit textos d’autoria internacional (Sarah Kane, Rafael Spregelburd, Javier Daulte o Guillermo Calderón) i valenciana (Pedro Montalbán-Kroebel, Tadeus Calinca, Mafalda Bellido, Sònia Alejo, Maribel Bayona o Paco Romeu). Igualment, ha treballat com a director i/o dramaturg en produccions de diverses companyies de dansa (La Siamesa, Titoyaya, La Coja Dansa, Mou Dansa, Ladyfunta, IVC...) amb títols com ara Sospechosos (2015), A-normal o la oveja errante (2017), Bandejats (2018), #outFit (2019), Social Animal (2019), SC_Santa Cultura (2019), (R)Minds (2020), La rebelió de les papallones (2020), Vamos a estar a ratos (2020), Soledad (2021), El público (2022) o Ací el meu cos(2022).

Des de 2005, com a guionista, escriu per a diversos formats de ficció televisius destinats a cadenes com TVE, TV3, RTVV, IB3, Divinity o À Punt.

Ha rebut premis com el Marqués de Bradomín, el Max Aub de les Arts Escèniques de la Generalitat Valenciana, el Ciutat d’Alzira o el de la Critica dels Escriptors Valencians (AELC), entre altres.

 

Xavier Puchades (València, 1973) Dramaturg, director d’escena i guionista. Doctor en Filologia Espanyola, especialitzat en teatre modern i contemporani, ha exercit com a investigador i docent a la Universitat de València i en diferents escoles privades d’interpretació. Ha desenvolupat tasques de documentació i investigació per a institucions com l’Acadèmia Valenciana de la Llengua, l’Institut del Teatre de Barcelona o el Centre de Documentació Escènica de l’Institut Valencià de Cultura. Ha col·laborat també en revistes especialitzades de teatre i, com a crític teatral, en diverses publicacions culturals. Entre 1999 i 2005, junt amb Josep Lluís Sirera, és editor de la revista de teatre electrònica Stichomythia. Actualment, és professor especialista en direcció de l’Escola Superior d’Art Dramàtic de València. Com a dramaturg, estrena i/o publica peces en solitari com ara Desaparecer (1999), Terrat (2002), Desidia (2003), Àcars (2004), El mentider (2012), El escondite (2013), Éxit (abans de les eleccions) (2015), Saqueig (2016), Todos estos fragmentos (2017), Hasta que el infierno se congele (2019) o Indústria (2020). Ha coescrit o col·laborat en peces col·lectives com Escoptofilia (2000), Galgos (2005), El cel dins una estança (2006), Zero Responsables (2010), Valèntia (2012), Una indígena els va guiar a través de les muntanyes (2012), I tornarem a sopar al carrer (2017), Els nostres (2018) o la peça de circ El desig d’estar junts (2020). Ha dirigit textos d’autoria internacional (Sarah Kane, Rafael Spregelburd, Javier Daulte o Guillermo Calderón) i valenciana (Pedro Montalbán-Kroebel, Tadeus Calinca, Mafalda Bellido, Sònia Alejo, Maribel Bayona o Paco Romeu). Igualment, ha treballat com a director i/o dramaturg en produccions de diverses companyies de dansa (La Siamesa, Titoyaya, La Coja Dansa, Mou Dansa, Ladyfunta, IVC...) amb títols com ara Sospechosos (2015), A-normal o la oveja errante (2017), Bandejats (2018), #outFit (2019), Social Animal (2019), SC_Santa Cultura (2019), (R)Minds (2020), La rebelió de les papallones (2020), Vamos a estar a ratos (2020), Soledad (2021), El público (2022) o Ací el meu cos(2022). Des de 2005, com a guionista, escriu per a diversos formats de ficció televisius destinats a cadenes com TVE, TV3, RTVV, IB3, Divinity o À Punt. Ha rebut premis com el Marqués de Bradomín, el Max Aub de les Arts Escèniques de la Generalitat Valenciana, el Ciutat d’Alzira o el de la Critica dels Escriptors Valencians (AELC), entre altres.  

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