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Numancia, foto Sergio Parra

Numancia De Nao d’Amores / Compañía Nacional de Teatro Clásico

Resistencia cervantina

Fecha de la representación: 21 de julio de 2022. Fecha de la crítica: 22 de julio de 2022. Festival de Teatro Clásico de Peñíscola (Castillo: Patio de Armas)

Una compañía especializada en el teatro clásico como es la segoviana Nao d’Amores volvía al festival de Teatro Clásico de Peñíscola después de su éxito en la pasada edición con NISE, la tragedia de Inés de Castro, esta vez dentro de la Compañía Nacional de Teatro Clásico. Y no podía defraudar por su gran oficio con su último montaje, Numancia, título simplificado de la tragedia de Miguel de Cervantes El cerco de Numancia, escrita en 1585, mucho antes que el Arte nuevo de hacer comedias de su rival Lope de Vega. Por ello, estamos ante un texto original genuinamente del teatro renacentista de tema histórico nacional, como Los amantes de Andrés Rey de Artieda o Los siete infantes de Lara de Juan de la Cueva.

Nao d’Amores, como expertos en el teatro de la época, ha elegido este modelo de tragedia renacentista que tuvo una gran repercusión en la época imperial española y curiosamente ha sido escenificada en momentos de exaltación nacionalista. La tradición oral nos cuenta haberse representado durante el sitio de Zaragoza en 1808, y en 1961, en el franquismo, José María Pemán compuso una curiosa adaptación próxima al peplum en las ruinas del teatro romano de Sagunto para proclamar una apología del valor español.

Esta historia, por tanto, tiene un alto componente de exaltación patriótica. Se aprecia desde el comienzo con el anacronismo del texto original cervantino hablando de España en la época de la conquista romana de la península ibérica o en la introducción de dos personajes alegóricos enviados a negociar la paz con Escipión que representan a España y al río Duero profetizando la caída de la ciudad pero, a su vez, dejando entrever las glorias españolas del reinado de Felipe II, de esplendor vigente en el momento de escritura del texto. Cervantes quiso alabar el germen hispano de la resistencia frente al invasor extranjero, remarcando la actitud de esta celtíbera ciudad arévaca como símbolo del heroísmo de todo un país.

Una vez situados en este contexto, en mi opinión, el texto original cervantino no es precisamente prodigioso. Le sobra grandilocuencia, le falta tensión y su verso fluctúa en la irregularidad. Su mérito estriba en distanciarse de la tragedia clásica al optar por su coralidad, la existencia de un protagonista colectivo, el humilde pueblo numantino, en lugar de un héroe concreto, sin que haya una culpabilidad generadora de su desdicha. Una valentía que el texto observa como una lucha contra la opresión: la libertad colectiva necesaria para mantener la libertad individual. También se realza el valor del honor tan propio de la época frente a la culpa de la tragedia antigua, aunque todos conocemos de antemano el episodio histórico. Mejor olvidemos los valores patrióticos aludidos. Estamos en el siglo XXI como para asumirlos, a pesar de algunos.

Es precisamente en la fidelidad al texto original donde la compañía Nao d’Amores para la Compañía Nacional de Teatro Clásico, logra sus mejores frutos, aunque Ana Zamora haya limado el libreto cervantino y purgado algunos aspectos argumentales en su propuesta sin aspavientos. Esto se manifiesta sobre todo en la adecuación lingüística a la época, habitual en sus adaptaciones. Los actores ofrecen una lección de uso de las fricativas sibilantes en el último tercio del siglo XVI que parece retrotraer a cualquier filólogo a su etapa de alumno de la asignatura de Historia de la Lengua Española. Contexto y formas originales, con todos los arcaísmos, síncopas, palatalizaciones y asimilaciones de infinitivo más pronombre, como una exhibición de la experiencia en el teatro renacentista de la compañía. Un acierto lograr que el público se integre en estos registros orales.

Ana Zamora también ha tratado en todo momento de alejarse de la tragedia barroca. Y de cualquier resonancia romántica. Ha dejado marcadas las lindes con ese arte nuevo incipiente y con los modelos del drama posterior. Pone en relieve las secuenciación de los sucesos en cuadros, diluyendo las cuatro jornadas del original, sucedidos la mayoría dentro de Numancia y situando los diálogos o discursos de los romanos en el proscenio, incluso delante de la cortina lateral del escenario. Ha remarcado continuamente la trama del asedio y la reacción popular ante la guerra, la enfermedad y el hambre hasta el punto de optar por el sacrificio, uno de los valores subrayados por Cervantes. Pero desde su interior: los romanos parecen destinados a enmarcar la historia, sobre todo dando de forma explicativa el arranque y el desenlace trágico. Porque en todo momento ha sido fiel desde el arranque de Cipión (Escipión en verdad) dialogando con Yugurta, aunque opte por libertades como la ruptura del estatismo de las acciones como la salida de los romanos desde la entrada del patio de armas del castillo o la fusión de cuerpos de los actores para la creación de imágenes. Por ello, lo visual también tiene su importancia, sobre todo cuando la excelente iluminación de Miguel Ángel Camacho actúa con los matices debidos entre los ambientes oscuros.

Ese “renacentismo” lingüístico y visual también está sostenido por la música, arreglada y dirigida por Alicia Lázaro, bebida junto a sus letras de distintas fuentes de la época, y anteriores y posteriores, como Falconiero, Hidalgo, Juan del Enzina, Mudarra, Tomás Luis de Victoria, Monteverdi, Juan de Timoneda, Castiglione, Wert, Fuerrero o Gesualdo da Venosa. Conocimiento le sobra a Lázaro para situar de maravilla la música antigua en la época de la escritura del libreto también con los instrumentos y dos intérpretes fijos, Isabel Zamora en los teclados y diversas percusiones y Alfonso Barreno en el viento y los metales, a los que se unen los intérpretes con sus voces y la percusión en atabales con avisos de trompetas. Dotan de color al espacio sonoro hasta el punto de ser una potente base sobre la que gravitar la acción. Y ambos también interpretan.

Dentro de la coralidad, los actores se multiplican en distintos personajes. Pasan de romanos a numatinos con naturalidad y un elemento del vestuario o el atrezo. José Luis Alcobendas vuelve a dar una lección interpretativa, junto a expertos en el teatro clásico como Javier Lara y Alejandro Saá, como están muy logrados Eduardo Mayo y José Luis Veguizas. La actuación de Cristina Marín-Miró fue sorprendente y llena de efectividad en la ejecución. Un conjunto excelente capaz de cambiar de personaje con frescura y con una transmisión sobresaliente. Además, cantan de maravilla.

Para ello incluso giran sobre distintos vestuarios disonantes de Déborah Macías, entre la camisa granate de Cipión y las multicolores del resto de romanos, en vaqueros, hasta la primera escena de los defensores numantinos semidesnudos, y posteriormente jugar con las mantas rígidas del populacho de la ciudad. La escenografía sobria y sencilla resta poder emocional a las acciones aunque facilita el movimiento: no aporta lo necesario para enamorarnos. Los medios escénicos y el vestuario no facilitan la implicación del espectador en la acción. No quiero pensar en que sean los culpables de no lograr meternos en la acción porque me tranquiliza la escasa emotividad del texto cervantino para nuestros tiempos. Aun así, son formidables algunas secuencias muy imaginativas como el conseguido pan teñido con sangre, la resurrección del cadáver por el hechicero o el sacrificio del carnero. Lo situado en el plano más intimista despierta la atención pero mirando de lejos.

Como consecuencia, la intensidad puesta por el elenco y la adaptación no acaba traducida en emoción. No logra que las acciones despierten la sensibilidad suficiente necesaria para sentirnos dentro del sufrimiento heroico de los numantinos (¿quizá porque ya lo sabemos bien?). Una pizca de furor con tensión no hubiese venido mal. Aun así, el asistente queda muy satisfecho con los aires contemporáneos propuestos por Ana Zamora en la exploración arqueológica renacentista. Ha buscado la raíz de la historia cervantina y lo ha conseguido despejando cualquiera de las connotaciones  extrateatrales. Hay una línea que permite seguir con atención el montaje hasta provocar una sensación de regusto a su finalización.

A pesar del exceso de distanciamiento, Numancia es un montaje excelente con el que los amantes del teatro clásico disfrutarán por su concepción artística. Sobre todo porque está “muy bien hecho” y ensalza a un festival veraniego en un emplazamiento monumental. Valió la pena, como toda la excelente programación del Festival de Teatro Clásico de Peñíscola, que sí conserva su esencia.

Su director artístico Javier Sahuquillo sabe de teatro, ama los clásicos y ha sacado adelante con brillantez el festival a pesar de su nombramiento tardío para preparar una edición plenamente a su gusto. Y le ha dado continuidad a su línea sin la necesidad de romper con el pasado, incumpliendo esa costumbre tan valenciana de borrar el pasado para ensalzar el presente, o sea, “mi labor”. Un festival o una institución cultural ha de tener una línea y cualquier cambio no debería comportar la destrucción o el ocultamiento del trabajo anterior sino acumular para ensanchar. Ahí queda el detalle de incluir un texto del anterior director, que hizo una gran labor, Carles Benlliure, en el libro de la programación. Como debe ser. Las raíces se conservan: no se destruyen.

FICHA ARTÍSTICA

Versión y dirección: Ana Zamora. Intérpretes: José Luis Alcobendas, Alfonso Barreno, Javier Lara, Cristina Marín-Miró, Eduardo Mayo, Alejandro Saá, José Luis Verguizas, Isabel Zamora. Arreglos y dirección musical: Alicia Lázaro. Asesor de verso: Vicente Fuentes / Fuentes de la Voz. Vestuario: Deborah Macías. Escenografía: Cecilia Molano. Iluminación: Miguel Ángel Camacho. Coreografía: Javier García Ávila. Asesor de movimiento: Fabio Mangolini. Asesor de percusión: Rodrigo Muñoz. Ayte. de dirección: Verónica Morejón. Ayte. de escenografía: Almudena Bautista. Ayte. de vestuario: Irma Vallés. Realización de vestuario: Ángeles Marín. Realización de escenografía: Purple Servicios Creativos. Diseño cartel: Cecilia Molano. Dirección técnica: Fernando Herranz. Producción ejecutiva: Germán H. Solís.

Perfil del autor
José Vicente Peiró

Doctor investigador por la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED) y actualmente crítico literario y de Artes Escénicas del suplemento cultural “Palabras” del diario valenciano Las Provincias. Es presidente de los Premios de la Crítica Literaria Valenciana desde 2005, vicepresidente de la Asociación Valenciana de Escritores y Críticos Literarios, vocal de la Asociación Española de Críticos Literarios, y miembro de la Academia de las Artes Escénicas Españolas. Ha sido jurado de los premios institucionales valencianos más importantes y premios nacionales como el de la Crítica o el de Literatura Dramática. En el ámbito de la Literatura Hispanoamericana, materia en la que ha publicado entre otras obras, Las músicas de Cortázar. Dentro de la Literatura Paraguaya, Artículos Literarios, La narrativa paraguaya actual (1980-1995), La venganza imposible, y en 2018, Sobre narrativa paraguaya: siglos XX y XXI, junto a la profesora Teresa Méndez-Faith, XI, además de diversas ediciones críticas como la dedicada a la novela Mancuello y la perdiz de Carlos Villagra Marsal para la Editorial Cátedra, además de participar en numerosos congresos con ponencias sobre el tema. Es miembro del Instituto Internacional de Literatura Iberoamericana desde 1992 y de la Asociación Española de Estudios Literarios Hispanoamericanos. He ejercido la docencia en la Universidad de Valencia, en la Universidad Nacional de Educación a Distancia y en la Universidad Jaime I de Castellón. Su último libro es De un crítico de Las Provincias (o de provincias), dedicado al teatro valenciano entre 2014 y 2017.

Doctor investigador por la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED) y actualmente crítico literario y de Artes Escénicas del suplemento cultural “Palabras” del diario valenciano Las Provincias. Es presidente de los Premios de la Crítica Literaria Valenciana desde 2005, vicepresidente de la Asociación Valenciana de Escritores y Críticos Literarios, vocal de la Asociación Española de Críticos Literarios, y miembro de la Academia de las Artes Escénicas Españolas. Ha sido jurado de los premios institucionales valencianos más importantes y premios nacionales como el de la Crítica o el de Literatura Dramática. En el ámbito de la Literatura Hispanoamericana, materia en la que ha publicado entre otras obras, Las músicas de Cortázar. Dentro de la Literatura Paraguaya, Artículos Literarios, La narrativa paraguaya actual (1980-1995), La venganza imposible, y en 2018, Sobre narrativa paraguaya: siglos XX y XXI, junto a la profesora Teresa Méndez-Faith, XI, además de diversas ediciones críticas como la dedicada a la novela Mancuello y la perdiz de Carlos Villagra Marsal para la Editorial Cátedra, además de participar en numerosos congresos con ponencias sobre el tema. Es miembro del Instituto Internacional de Literatura Iberoamericana desde 1992 y de la Asociación Española de Estudios Literarios Hispanoamericanos. He ejercido la docencia en la Universidad de Valencia, en la Universidad Nacional de Educación a Distancia y en la Universidad Jaime I de Castellón. Su último libro es De un crítico de Las Provincias (o de provincias), dedicado al teatro valenciano entre 2014 y 2017.

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