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foto archivo. fuente internet.

MIRADA DE LUCÍA MÁRQUEZ

Cuando el teatro se lee y el escenario se imagina

La periodista e investigadora Lucía Márquez nos da un minuto y resultado de la situación actual de la edición teatral: su papel dentro del ecosistema de las artes escénicas, su carácter de género -todavía minoritario y endogámico-, así como las posibles vías para romper esos muros que lo alejan del gran público lector.

No hay que ser un gran experto en lingüística –mil disculpas a Noam Chomsky— para percibir que los seres humanos nos dedicamos a emparejar palabras que en nuestra mente hacen un buen equipo. Ya lo entonaba Joaquín Reyes en esa alhajita que es Palabras que van juntas, composición que recoge grandes dúos como ‘marco incomparable’, ‘aledaños del estadio’ o ‘fecha señalada’. E incluso si nos alejamos de esos topicazos verbales tan propios del periodismo patrio (para obtener el título te obligan a copiar mil veces ‘Fiesta de la democracia’ en una pizarra) vemos que todo hijo de vecino marida conceptos: ‘sofá y manta’, ‘peli de sobremesa’,  ‘pícnic en el parque’, ‘sol y playa’, ‘abajo el trabajo’… Por el contrario, un binomio que no suele frecuentar nuestros discursos es ‘libro de teatro’. Y es que, para una gran parte de la población, la dramaturgia se limita al espectáculo escénico, muralla infranqueable. Olvidan así que bibliotecas y librerías también cuentan entre su fauna con obras de teatro encuadernadas. Porque el teatro también se goza por escrito.

Para centrar el tiro siempre va bien echar mano de las cifras. Lancemos algunas. Sabemos que, según la Federación de Gremios de Editores, en 2019 se publicaron cerca de 700 títulos que integraban el epígrafe de poesía y teatro (porque, ojo cuidado, la entidad contabiliza ambos géneros en un mismo bloque. Inserte aquí conclusión). También sabemos, búsqueda informática mediante, que el Ministerio de Cultura concedió en ese mismo año 488 ISBN a piezas de esta naturaleza frente a los 386 de 2018. Y por saber, también sabemos que las tiradas iniciales suelen ser bajas, raro es el título que en su primera llegada a los escaparates supera los 500 ejemplares.

Un ecosistema de pequeña escala, sí, pero en plena efervescencia. Encuadernaciones chisporroteantes. Así se demuestra en cada nueva entrega del Salón Internacional del Libro Teatral de Madrid, el gran encuentro de la literatura de acotaciones organizado por la Asociación Autoras y Autores de Teatro (AAT) y el Instituto Nacional de las Artes Escénicas y de la Música (INAEM). La 22ª edición tendrá lugar del 10 al 13 de noviembre, un áspic de novedades editoriales, lecturas dramatizadas, encuentros con creadores y otros asuntos que tan alimenticios resultan para los adictos a la lectura y las tramoyas.

Quien se lance a deambular por los ejes de este evento quizás tenga la oportunidad de compartir tertulia con Conchita Piña, una de las fundadoras de Ediciones Antígona. La entidad levantó la persiana hace 15 años con la vocación de colmar los anhelos estudiantiles de sus impulsores: “la pusimos en marcha cuando cursábamos Filosofía. Arrancamos como una empresa generalista, pero nuestros géneros de cabecera eran el teatro y la filosofía, ya que no podíamos acceder a muchos textos de la dramaturgia contemporánea, a las nuevas tendencias. En ese momento el teatro era un género marginal en el mercado editorial español, pero teníamos la necesidad de dar a conocer esas piezas. Nos dimos cuenta de que no solamente nos interesaba a nosotros, sino que había un interés más amplio”.

La suya es pues una editorial con dos almas, la filosófica y la teatral, que, para Piña, en realidad “no están muy distantes. Cambia el formato, pero ambas son herramientas para la crítica, la acción y la praxis; para la investigación del ser, la búsqueda de preguntas… De hecho, en la dramaturgia identificamos muchos elementos que propone la filosofía”. Disparamos algunos de sus títulos: De tiburones y otras rémoras, Cerda, Otoño en abril…

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“Tanto Daniel Formoso como yo somos unos apasionados de la literatura en general y de la teatral en particular. Nos hacía mucha ilusión poder aportar nuestro pequeño granito de arena al teatro contemporáneo. Queríamos dar cabida a esas obras que nos llegan y que nos enamoran. Creemos en ellas y queremos ayudar a que despeguen y tengan un poco más de vida más allá de su representación”, destaca Esther Santos, de Acto Primero.

Frente a la inmensidad de la dramaturgia contemporánea, en la que se arremolinan tendencias creativas diversas, en Antígona tienen claro qué criterio seguir a la hora de conformar su catálogo: “nos interesa el teatro de texto, defendemos que es un género literario en sí mismo. Apostamos por un tipo de creación que sea una herramienta que sirva para el futuro”. En ese sentido, defiende que los suyos son ejemplares que proyectan nuevos mundos: “nuestros volúmenes generan un universo propio en la misma lectura”. En su catálogo conviven trabajos como El olor a tierra mojada, La noche que no se estrenó la vida es sueño o Alojamiento gratuito.

Por su parte, para Acto Primero la cuestión primordial es que se trate de escritos “que puedan leerse independientemente de su puesta en escena. Que puedan ser consideradas textos literarios como cualquier otro. Y además, que nos haya atrapado su lectura”.

La edición teatral cumple también el rol de archivo , de memoria colectiva de la tradición dramatúrgica de cada época. Así lo cree al menos Conchita Piña: “da pena que un texto no sea publicado y se quede solo en el escenario, que no se recoja. Muchas de esas obras que se escriben son testigos de un momento histórico”.

Si nos damos un garbeo por cualquier librería, encontraremos también editoriales que no solo viven del teatro, sino que incluyen este tipo de títulos en catálogos heterogéneos. Las páginas repletas de acotaciones y diálogos comparten almacén con la poesía, el ensayo, el cuento o la novela.

Es el caso de la valenciana Bromera, que cuenta con un amplio fondo tanto para público infantil y adolescente como adulto. “El teatro forma parte de nuestro ADN desde el comienzo: gracias al impulso de personas como Salvador Bataller, se consolidaron colecciones con un recorrido muy largo, como también una relación constante con los dramaturgos y las compañías valencianas. Esto nos ha permitido editar a autores clave del teatro valenciano (Manuel Molins, Rodolf Sirera, Carles Alberola, Pasqual Alapont…) y traducciones (Dario Fo, Harold Pinter, Yasmina Reza…). Finalmente, hay que destacar la renovación permanente con la incorporación de nombres como Xavier Puchades, Joan Nave, Gemma Miralles, Fani Grande, Pepa Juan…”, relata Gonçal López-Pampló Rius, director literario de la entidad.

Sin embargo, su caso no es la tónica general por estos lares. Y es que, todavía en 2021 son pocas las editoriales generalistas que apuestan con fuerza por el teatro en sus novedades de cada temporada. “No estoy seguro del motivo, y les animaría a hacerlo ¡si no fuera porque no quiero alimentar la competencia! Bromas aparte, puedo afirmar que el teatro tiene un espacio propio, muy vinculado al mundo educativo, pero que va más allá del aula”, sostiene López-Pampló. De hecho, asegura que algunos de los libros más vendidos de Bromera son obras teatrales, como Joan, el cendrós, de Carles Alberola y Roberto García.

Tenemos esbozado el mapa del ahora, pero ¿qué cartografías nos han traído hasta aquí? Al habla Fernanda Medina, coordinadora del Centre de Documentació Escènica de l’Institut Valencià de Cultura: “a mediados del siglo XX, editoriales como Losada o Hespéride se preocupaban por publicar casi todo lo que se estrenaba. Lo vendían a gente que ya había visto esas obras y les habían gustado o se ofrecían a las compañías interesadas en representarlas. Con la llegada de la democracia aparecieron otros sellos: Fundamentos, La Avispa, Ñaque…Pero a raíz de la crisis de 2008 y de los nuevos modos de consumo, muchas editoriales dejaron de imprimir”.

Tras el descalabro económico y las cenizas, germinaron esquirlas alternativas: “en los últimos años ha habido un resurgir y han aparecido muchos sellos nuevos. La imprenta digital a demanda permite editar tiradas bajas y asumibles. Se ha creado un ecosistema posibilista y han surgido proyectos personales con editores muy vocacionales”, explica Medina, quien cree que nos encontramos ante “un florecimiento en la variedad de opciones en el sector”.

Cuando el escenario es una biblioteca

Leer teatro, ver teatro, sentir teatro. ¿Hasta qué punto espectador y lector atraviesan vías distintas al enfrentarse a una misma obra mediante vehículos diferentes?Para Medina, la lectura y la contemplación de una pieza dramática constituyen experiencias complementarias: “existe un nexo natural entre leer y ver teatro. El lector siente interés por permitir que el texto le deje descubrir cómo ve el mundo esa persona que lo ha llevado a escena. En ese choque, todo lo que se produce es riqueza”.

En ese sentido, expone que asistir a la representación de una obra que has leído “supone ponerle una forma carnal a tu imaginación. Te interroga, amplía tu conocimiento y te mantiene en crecimiento. Te permite sentir la vida con más intensidad”.“El texto teatral ofrece a cada lector representar la obra en su cabeza según cómo la sienta”, resume Santos.

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¿Podríamos hablar de un espectador-lector? Efectivamente: “para mí, la clave pasa por identificar el gozo intelectual que hay detrás de los dos actos y potenciarlos en las virtudes que los distinguen y que los hermanan. Ir al teatro es una vivencia poderosa, colectiva, con un componente físico muy importante (como ha demostrado el efecto de la pandemia, que nos hace añorar estos espacios humanos compartidos). Perola lectura de teatro también nos aporta una experiencia imaginativa, solitaria y a la vez solidaria, que puede ser muy enriquecedora y satisfactoria. Es un diálogo de ida y vuelta”, sentencia Medina.

Opinión compartida por Piña, quien defiende que nos encontramos ante una sinergia de doble dirección: “si has visto la obra, cada vez que vuelves al texto recuerdas ese momento de la función. Y para muchas personas, leerse el libro es una motivación para ir a ver la obra si no la han visto”.

Pocos y revueltos

En la actualidad, la literatura teatral constituye un reducido ecosistema habitado por una minoría fervorosa. Pocos lectores se adentran entre sus páginas, pero quienes lo hacen se convierten en adeptos firmes. Teniendo claro el minuto y resultado, toca ponerse a inventar otras galaxias. ¿Es posible trazar un futurible en el que las obras escénicas sean leídas de forma masiva? ¿O tienen como destino impepinable ser un producto de nicho? “En general, en España se lee poco de todo y especialmente poco teatro”, admite Fernanda Medina. En cualquier caso, resalta que el tipo de imaginación que se necesita para leer teatro “no es el mismo” que para leer novela. Considera Medina que la narrativa “nos lleva de la mano, es más secuencial”. En cambio, el teatro requiere una imaginación “multidimensional y sincrónica. No es más difícil, pero no tenemos práctica porque en la escuela nos enseñan a leer narrativa, mientras que el teatro queda reducido a actividades complementarias, extraescolares”.

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Ay, la educación. Esa es justo la piedra de toque a la que alude Piña a la hora de esbozar un ansiado y deseable cambio en las querencias lectoras. Y es que, considera que ese prejuicio que existe ante los textos teatrales viene en gran parte “por no entender bien desde el colegio cómo debe leerse, ya que leer teatro genera una experiencia distinta a leer novela. La lectura de piezas dramáticas se presenta como algo extraño, místico. Hay que quitarle ese halo de excepcionalidad. Leer teatro es para todos. Tenemos que pelear para conseguir que el teatro se lea sin prejuicios”.

Los libros teatrales se enfrentan a un monstruo de dos cabezas. La primera, como ya hemos visto, es la necesidad de fichar nuevas incorporaciones a su fiel ejército lector. La segunda, alcanzar a una audiencia que no esté necesariamente vinculada a las tramoyas de una forma y otra. Y es que, como reconoce Medina, el teatral constituye un sector lector minoritario “y bastante endogámico”. Vamos, como las cortes reales europeas durante el siglo XVIII. Una visión que comparte también Santos, quien subraya que el grueso de individuos que viajan a través de sus títulos o se dedican al mundo de las bambalinas de forma profesional “o forman parte de un público fiel al teatro que acude incluso varias veces a la semana”.

En la misma línea, López-Pampló reconoce que para la producción de Bromera es “fundamental” la relación con el circuito teatral profesional, “pero también con el amateur, como el teatro fallero, muy rico y poco conocido”. Piña introduce aquí un matiz más optimista y pone la mirada en las potencialidades del mañana: “el lector de teatro está cambiando, se está ampliando esa base”.

La pregunta del millón

Y, atención, aquí llega la madre del cordero, el santo grial de la edición teatral: ¿cómo lograr que los lectores que todavía no se han atrevido a perderse entre las acotaciones se lancen en plancha a sus páginas? ¿Cómo conseguir que quienes creen que la lectura de teatro no es para ellos se replanteen el asunto? “Es la pregunta del millón…”, reconoce Santos. Toca, pues, ponerse manos a la obra para embarcarse en nuevas travesías…y a ver qué pasa.

Mientras dan con la respuesta definitiva, en Acto Primero han creado una aplicación de nombre homónimo que permite acceder al contenido multimedia que estaría presente en el montaje de cada una de sus obras. Es decir, si en la escena de la página 15 se incluye una música o un vídeo, puedes ir a su app gratuita y escuchar el contenido mientras lees ese fragmento.

“Es una forma de acercarnos a los jóvenes para que puedan ver que el texto teatral va más allá de las palabras. Eso puede despertar el interés y producir nuevas audiencias, aunque es algo complicado. Ahora se lee más, pero no hemos conseguido llegar al gran público”, sostiene Santos. “Al final, es una pescadilla que se muerde la cola: no se lee y por tanto no se vende, no se piden esos títulos y, por tanto, no se ofrecen–subraya Medina–. Pero esa tendencia parece que está cambiando. Los libreros con criterio están arriesgando y cada vez se atreven más a colocar el teatro en la mesa de novedades y comprueban que, si aumenta su visibilidad, sí puede venderse”.

Por su parte, en Antígona ponen a la venta los tomos en las salas a la salida de la función. “De esa manera, muchos espectadores han descubierto el texto como un objeto de disfrute”, resalta. Otro horizonte que plantea Piña es el de sembrar el gustirrinín por la lectura dramática entre las nuevas generaciones mediante actividades que llevan el teatro al aula con obras en clave adolescente: “estamos apostando por autores que escriben para el público joven”. López-Pampló también vislumbra un porvenir halagüeño: “con buena pedagogía y buenas obras, seguro que muchas personas se aficionan. Si se trabaja desde la edad escolar, no veo ninguna razón para que a la larga no se rompa esa barrera”.

Ya sea entre bambalinas o entre páginas llenas de tinta, una cosa está clara: el teatro mantiene intacta su capacidad para hacernos vibrar y construir otras vidas, otras habitaciones, otras charlas, otros recovecos en los que ser y estar.

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Perfil del autor
Lucía Márquez

Lucía Márquez (València, 1988) es licenciada en Periodismo por la Universitat de València y máster en Comunicación y Problemas Socioculturales por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Actualmente, ejerce como colaboradora en distintos medios de comunicación como Valencia Plaza, Lletraferit o la revista Plaza. También ha publicado artículos en Ferida, Red Escénica (a cuyo consejo de redacción pertenece), CTXT, Café Babel, RNW, L’Informatiu o Journal Europa, entre otros. Durante 5 años, publicó una columna de opinión en el Diario Información en la que abordaba cuestiones de política social, cultura y juventud. En el plano audiovisual, ha participado en programas tanto de Levante TV como de la emisora 97.7. Por otro lado, es responsable de comunicación de la Fundació Full y la Associació d'Editors del País Valencià (AEPV). Además, ha formado parte del equipo de comunicación en eventos culturales como el Festival 10 Sentidos, la Fira del Llibre de València, el Low Festival o el Festival Photon. Especializada en el ámbito de la comunicación sociocultural, está realizando su tesis doctoral sobre la precariedad y los nuevos discursos sociales en torno al trabajo dentro del programa de Comunicación e Interculturalidad de la Universitat de València.

Lucía Márquez (València, 1988) es licenciada en Periodismo por la Universitat de València y máster en Comunicación y Problemas Socioculturales por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Actualmente, ejerce como colaboradora en distintos medios de comunicación como Valencia Plaza, Lletraferit o la revista Plaza. También ha publicado artículos en Ferida, Red Escénica (a cuyo consejo de redacción pertenece), CTXT, Café Babel, RNW, L’Informatiu o Journal Europa, entre otros. Durante 5 años, publicó una columna de opinión en el Diario Información en la que abordaba cuestiones de política social, cultura y juventud. En el plano audiovisual, ha participado en programas tanto de Levante TV como de la emisora 97.7. Por otro lado, es responsable de comunicación de la Fundació Full y la Associació d'Editors del País Valencià (AEPV). Además, ha formado parte del equipo de comunicación en eventos culturales como el Festival 10 Sentidos, la Fira del Llibre de València, el Low Festival o el Festival Photon. Especializada en el ámbito de la comunicación sociocultural, está realizando su tesis doctoral sobre la precariedad y los nuevos discursos sociales en torno al trabajo dentro del programa de Comunicación e Interculturalidad de la Universitat de València.

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