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Copyright Raquel Fonfría

MIRADA DE JÉSSICA MARTÍNEZ

LO QUE NO SE VE (O NO QUEREMOS MOSTRAR)

“Elige un trabajo que te guste y no vivirás un solo día de tu vida”

Más allá de la gestión, distribución, comunicación, edición, regiduría, diseño y todas las arduas e invisibilizadas tareas detrás de detrás del escenario; existe el cansancio, la ansiedad, el miedo, el fracaso, la incertidumbre, la inestabilidad, las ojeras, los cafés de más y otras amigas que acompañan a las artes escénicas. Poco se habla sobre ellas, poco se tratan y poco se visibilizan -dentro y fuera de las redes sociales-escenario-. La autora y gestora, Jéssica Martínez, lo hace aquí con sinceridad y fuerza.

¿SE ME VE?

Hace muy pocos meses que la autora de este texto logró empezar a responder con cierta convicción a la pregunta “¿A qué te dedicas?” Tiene treinta y nueve años y, sin saber muy bien cómo, vive su día a día dedicándose a muchas cosas: la producción de un espectáculo, tareas varias en un festival de artes escénicas, gestión de subvenciones para x entidades, coordinación y gestión para una asociación, escritura de un texto dramático, diseño de proyectos… y variantes hacia arriba, hacia abajo y hacia los lados de todas las anteriores. Quede claro que también se dedica a otras cosas (aunque no vengan en su currículum y aunque lo haga en menor medida): afectos, cuidado del cuerpo, habitar un espacio, nada. Esta última, aclara, es la tarea que más olvidada tiene, pero la que más anhela. A veces, incluso, cuando le preguntan “¿Qué haces?” aún le vienen a la cabeza todas esas cosas que hizo en el pasado y que, de alguna forma, siguen formando parte de su persona: camarera, cajera de supermercado, reponedora de congelados, limpiadora de patios y escaleras, comercial de seguros, azafata, profesora de oratoria, canguro y alguna más que ahora mismo no recuerda. Si somos lo que hacemos, la autora es todo eso.

Así que, la razón por la que la autora dispone de este espacio aquí y ahora es, supone, por esas tareas a las que se dedica y por la mirada de otras personas que así lo han considerado. Y piensa que si este número tiene como eje temático aquello que no se ve, quizá es que no se le ve. O quizá es que no se ven algunas de las cosas que hace. O quizá es que no las muestra. Entonces piensa que tampoco es ella de esas que se muestran y que no le importa tanto que no se le vea. De hecho, cada vez que entra a una red social, siempre da vueltas y vueltas a las mismas cuestiones: “¿Por qué voy a publicar esto y no aquello? ¿Por qué veo estas imágenes y no otras? ¿Por qué nos empeñamos en verlo todo? Y, sobre todo, ¿por qué nos empeñamos en mostrarlo todo?”

¿Todo?

No. Evidentemente, no.

LAS REDES SOCIALES-ESCENARIO

A la autora de este texto le resulta paradójico que en estos tiempos en los que prácticamente todas tenemos acceso a una plataforma-altavoz, las redes sociales, haya tantas cosas que no se ven. Ahora que podríamos mostrar cualquier cosa, ahora que casi todo el mundo dispone de un perfil con cierto público al que dirigirse, decidimos dar voz a lo mismo de siempre: a lo bonito, a las formas hegemónicas, a nuestros “logros”, a aquello que nos acerca más a un anuncio de lencería que a una persona. Decidimos afianzar el producto en el que nos hemos convertido y destacar nuestro desayuno de tostadas con aguacate sobre un fondo de muebles blancos con planta. Decidimos subrayar nuestras vacaciones, el último asana de yoga aprendido a través de YouTube, la receta de pancakes con mermelada ecológica, la línea del bikini.

Como si de un escenario se tratara, reproducimos en nuestros perfiles aquello que nos permite seguir en el mercado. Antes eran pocas las que tenían acceso a una plataforma-altavoz. Entiéndase: un artículo en un medio de prensa, un megáfono en el centro de la muchedumbre, una posición de cierta influencia en la administración pública-política, un hueco televisivo o un escenario daban a esas personas un espacio y un tiempo en los que poder dirigirse a un público y, por tanto, ejercer cierta influencia en un número de personas mayor de lo habitual. Y esas pocas, a veces, decidían utilizar sus privilegios para mostrar aquello que no se ve (o no queremos ver). Ahora somos todas actores y actrices, a todas se nos ve, todas disponemos de una pequeña plataforma-altavoz, cualquiera puede aspirar a tener miles de seguidores. Así que las intérpretes y artistas de verdad, las profesionales, las que se supone tienen un sueldo por su trabajo, tienen que hacer aún más esfuerzos por destacar entre toda esa maraña de tostadas, asanas y bikinis. Las creadores de artes escénicas temen pasar desapercibidas porque ahora todas somos creadoras.

Así que decidimos usar nuestro IG para vendernos.

LO QUE REALMENTE NO SE VE

La autora de este pasaje no ve en esas redes sociales-escenario aquello que realmente nos preocupa, nos perturba o nos hace caer enfermas: las heridas, los golpes, los dolores, los miedos, los fracasos, las manchas en la piel.

No ve los vértigos de A, gestora cultural, causados por una tensión excesiva en la zona mandibular a causa de los deadline para la presentación de las subvenciones al fomento de las artes escénicas; vértigos con los que lleva conviviendo algunos años y que, como no llegan a tumbarle, se han convertido en sus compañeros de trabajo. “Al menos no tengo que conducir”, piensa. No ve, tampoco, las piezas dentales que A ha perdido a causa de este apretar los dientes para que nada se le escape.

No ve la tensión alta de B, también gestora cultural, que le permite dormir menos y trabajar más, provocada por los cinco o seis cafés diarios y gracias a la cual es capaz de redactar proyectos para también cinco o seis empresas diferentes en un tiempo récord. A café por proyecto.

No ve, por supuesto, las cuotas que ambas pagan a la seguridad social o los impuestos que abonan religiosamente a la agencia tributaria, independientemente de cuánto facturen cada mes. Igual que no ve el juego que A, B y C ejecutan con las altas y bajas en ambas instituciones, dependiendo del cash de la cuenta corriente.

La autora no ve los juanetes que todas ellas han heredado de las mujeres que previamente usaron zapatos de tacón. Los de C son tan agudos que ha decidido tirar todas las sandalias con dedos al aire. Aunque hace años que no usa tacón, los juanetes siguen estando ahí para recordarle que “para presumir hay que sufrir”. Cuando se hace fotos en la playa, entierra los deditos en la arena. Decidió operarse, pero la lista de espera, la pandemia y la necesidad de seguir trabajando han retrasado la cirugía unos cinco años. Nunca es buen momento para atender las necesidades del cuerpo.

Tampoco parece haber sitio en nuestras redes sociales-escenario para mostrar que ya no hay tanta diferencia entre las que trabajan encima o debajo del escenario. La que se ve, la intérprete, suele ser también, en la mayoría de las ocasiones, la que gestiona las subvenciones, se encarga de la producción, da de alta al equipo, paga las facturas (si puede) y carga y descarga el material. Que levanten la mano las intérpretes que sólo se dedican a interpretar (textos dramáticos o coreografías y no bases reguladoras). Como una especie de monstruo de dos cabezas, en las redes sociales-escenario la autora sólo ve la sesera de la intérprete-artista. La de la gestora siempre está en ese agujero negro de lo que no se ve.

No ve, esta que escribe, los e-mails, mensajes y llamadas de trabajo que A, B, C y D reciben a horas intempestivas y en fin de semana. No ve, tampoco, aunque sabe perfectamente quiénes son, a aquellos que los realizan. Eso de la jornada laboral de cuarenta horas hace mucho que pasó de moda.

No ve todas esas horas que las gestoras-creadoras roban al tiempo de descanso, de ocio, de cuidados, de vida, para regalárselas al sistema productivo.

No ve los ataques de ansiedad de D.

No ve el miedo de ABCDE a la crisis económica que dicen está por llegar y siempre hay una crisis por llegar que nos guía como un perro lazarillo. No ve sus preocupaciones por perder uno, dos o tres de los trabajos (mal pagados) que ahora les permiten llegar a fin de mes. Y, por supuesto, no ve el miedo de todas ellas a no poder jubilarse o a tener que hacerlo, todavía, viviendo en un piso compartido y subsistiendo de pequeños trabajos en negro incompatibles (somos artistas) con la pensión.

            No ve, la autora, esos ingresos y proyectos a los que muchas madres y padres han tenido que rechazar precisamente por ser madres y padres. Como no ve a todas esas que directamente han renunciado a tener un hijo a causa del trabajo, a pesar de que ellas se autoconvenzan y pongan, muchas veces sin saberlo, cualquier otro tipo de excusa más compatible con sus principios.

            No ve la liquidez de los afectos, que disfrazados a veces de poliamor, parejas abiertas o formas alternativas de relacionarse, esconden en realidad la falta de tiempo que tenemos para, simplemente, estar con el otro.

            Aunque lo busca, la autora de esta retahíla no ve en las redes sociales-escenario las veces que a ABCDEF les han calculado mal la prestación por desempleo, por estar inscritas en el régimen de artistas (no debe ser casualidad que régimen y dieta sean sinónimos), o esas otras a las que no han podido acceder (lactancia o maternidad, por ejemplo) porque el servicio público de empleo estatal y sus empleados parecen oír sánscrito al escuchar la palabra “artista”.

            No ve todos esos “otros trabajos” que ABCDEFG realizan para completar su sueldo. Aunque en realidad sean actrices, bailarinas, gestoras, autoras, directoras, dramaturgas, o artistas de circo, en este punto se convierten todas en malabaristas.

            Como gestora, también, de una asociación de profesionales de artes escénicas, la autora se pregunta por qué no ve tampoco las infinitas reuniones, madejas de hilos, informes, sudores y pesadillas que ella y sus compañeras dedican a intentar mejorar las políticas culturales a pesar de que, año tras año y gobierno tras gobierno, el paradigma siga siendo el mismo. No ve la consulta vaga que otros disfrazan de consenso.

            No ve las enormes cantidades de dinero en forma de convenios y subvenciones (nominativas o no) que han hecho crecer a algunas compañías de artes escénicas como si fueran restaurantes de moda.

No ve los privilegios de unas en perjuicio de todo aquello que pueda desestabilizar el statu quo.

No ve los resultados de las evaluaciones de los planes estratégicos ni las cifras de público asistente.

No ve los errores de lo público y lo privado. Al fin y al cabo, si no estamos dispuestos a escuchar una mala crítica, piensa, mucho menos vamos a mostrarla al mundo, ¿no? No vaya a ser que aprendamos algo y lo hagamos mejor la próxima vez.

No ve, tampoco, a las generaciones de nuevos críticos de artes escénicas ocupando revistas como estas.

REPETIDORAS

Y al bajar del escenario-red social, la autora piensa que, evidentemente, nadie vendería un producto mostrando sus defectos y que sacar a la luz ciertas cosas podría suponer, claro, una pérdida de privilegios. Pero de camino a casa piensa que aquello que no se ve, en realidad sigue existiendo en las pesadillas de las insomnes como ella y se pregunta si en estos momentos en los que los trabajos creativos son tan precarios, en los que hemos convertido la auto explotación en emprendimiento, en los que nos permitimos incluso explotarnos entre compañeros bajo la excusa de productividad, supervivencia o ayuda, en los que nadie se atreve a hacer visibles las desigualdades de las que nos quejamos en los bares, tiene algún sentido seguir dedicándose a la creación-gestión cultural. Siempre había pensado la autora, quizá ingenuamente, que las artes nos permiten ver/visibilizar otros mundos posibles; así que, si a pesar de todo, aún decidimos dejar de mostrar las vidas y las circunstancias de todo este abecedario, quizá deberíamos de dejar de llamarnos a nosotras mismas creadoras y pasar a nombrarnos como, simplemente, repetidoras.

Perfil del autor
Jéssica Martínez Villalba

Valencia, 1982

Lo que se ve de Jéssica es que es gestora de artes escénicas y dramaturga; diplomada en Trabajo Social, estudió también Arte Dramático en la Escuela Escalante y se formó en interpretación, dramaturgia y creación con diferentes profesionales. Ha sido productora y gestora de distintas compañías de teatro y festivales, y es gestora de Comitè Escèniques. Actualmente cursa el Máster en Gestión Cultural de la UV-UPV.

Lo que no se ve de ella, entre otras cosas, es que tiene miedo a convertirse en una anciana sola sin un lugar en el que caerse muerta, que tiene dos gatos que le recuerdan cada noche que trabaja demasiado y que se despierta todos los días deseando que todas esas personas que le hacen consultas a diario sean más autosuficientes.

Valencia, 1982 Lo que se ve de Jéssica es que es gestora de artes escénicas y dramaturga; diplomada en Trabajo Social, estudió también Arte Dramático en la Escuela Escalante y se formó en interpretación, dramaturgia y creación con diferentes profesionales. Ha sido productora y gestora de distintas compañías de teatro y festivales, y es gestora de Comitè Escèniques. Actualmente cursa el Máster en Gestión Cultural de la UV-UPV. Lo que no se ve de ella, entre otras cosas, es que tiene miedo a convertirse en una anciana sola sin un lugar en el que caerse muerta, que tiene dos gatos que le recuerdan cada noche que trabaja demasiado y que se despierta todos los días deseando que todas esas personas que le hacen consultas a diario sean más autosuficientes.

Comments (1)

  • Nuria Nacher Ortells

    Gracias Jéssica por este texto. El cibermundo nos distancia más que nos acerca y con este tipo de confesiones me doy cuenta de que somos tan iguales, tan humanas, tan de ir por casa. Comparto tus miedos e inquietudes, comparto tus inseguridades… comparto aquí. No comparto en redes porque hace ya tiempo que decidí mirar más que dejarme ver. ??

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