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MIRADA DE SHADAY LARIOS

Shaday Larios repasa en este artículo los puntos clave de su complejo trabajo de creación e investigación en el que nos descubre la delicada concentración que requiere el cuidado del tiempo, la memoria… y el olvido. Una apuesta poética, animista y casi malabar que permite al lector inmiscuirse en el fascinante territorio de los objetos documentales.

Mediaciones materiales para otros cuidados del tiempo

Shaday Larios

Oligor y Microscopía

Agencia El Solar. Detectives de Objetos

oligorymicroscopia.org

            Hay una fuerza adventicia en la memoria –quimérico museo de formas inconstantes la llamaba Jorge Luis Borges- que la hace devenir una potencia constructiva, una fuerza crítica del tiempo presente. Así se revela también en estas pequeñas arqueologías escénicas que hacemos desde hace algunos años con lo que denominamos teatro de objetos documentales. ¿Cómo complejizar este modo de hacer que toma la cultura material como protagonista, que excava en su sensibilidad implícita, en las trayectorias sociales que la desbordan y la convocan como afecto simbólico común? ¿Cómo devolverle a la palabra “documento” su poder de alumbrar apariciones desde lo inacabado, despojándola de su densidad burocrática, de su peso temporal distante, de su reminiscencia conclusiva, de su halo sagrado?

            Desde el 2012 a la fecha, hemos construido cinco grandes observatorios (y uno más pequeño, entonces seis) de memoria material con nuestros dos proyectos: la compañía Oligor y Microscopía (que fusiona mi trabajo de escritura e investigación con la ingeniería poética de Jomi Oligor de los Hnos. Oligor) y El Solar Agencia de Detectives de Objetos (en el que además de nosotras, se encuentra Xavier Bobés). Con ésta, realizamos piezas in situ en comunidades distintas tras un trabajo de campo de dos a tres meses. En dichos observatorios hemos atestiguadocómo lo que ya ha sido retorna, reconfigurándose en pulso vital inconmensurable, así también, la capacidad micropolítica de la multiplicidad de “mediaciones inanimadas” que inventamos las personas para cuidar del tiempo vivido. Y al hablar de “cuidado temporal” se invoca por contraste su descuido, tanto en el plano de las políticas oficiales de la memoria, como en el de la vida cotidiana saturada de hiperconectividad que olvida a veces instantáneamente, casi como defensa propia. Por lo tanto, nuestro trabajo también es un interrogatorio sobre las formas del olvido y su movimiento reflejo en la objetualidad que nos rodea.

            Al abstraer las mediaciones materiales para otros cuidados del tiempo de cada observatorio y sus respectivas contrapartidas implícitas de olvido, se delinea para esta escritura una suerte de diario animista, que a su vez dialoga indirectamente con este término procesual compuesto (teatro de objetos documentales/ TOD) que viaja y se recompone en cada nueva poética que lo acoge.[1] 

Pasajes del diario animista

Encarnaciones permanentes

            Quizá, estemos necesitadas de presencias que reencanten nuestra experiencia dentro de un mundo acelerado en el que las existencias objetuales son fluidas y constituyen un ataque constante de presente, ataque falaz de la superabudancia de “lo nuevo”, como si esto representara la vivencia plena del tiempo presente. Me imagino los pequeños teatros de objetos documentales como “cronotopías del detenimiento” que se niegan a pasar por alto los pequeños detalles de la percepción material que se extravían cotidianamente, o que ni siquiera alcanzan a tener un lugar para existir. Fetichismos mínimos de la urgencia de aterrizaje en el tiempo. Un sentido de compensación que por ejemplo, el pensador alemán Andreas Huyssen en sus estudios sobre la memoria, piensa en términos del impulso de conservación museística: la búsqueda de objetos con aura, de encarnaciones permanentes en medio de esta vorágine de olvido. Sólo que en el TOD, en lugar de aislar los objetos de su contexto, se trata de ver cómo éste, sobrevive y se activa desde él a modo de cápsula del tiempo, de brújula territorial que dispone el encuentro de cuerpos y subjetividades a su alrededor. O ir al lugar donde viven los objetos y dejar que el escenario sea su propio escenario cotidiano. El TOD es un espacio posible para comprender el saber temporal de lo no-humano, que habita en ciclos vitales distintos de los nuestros.

Lo desposeído

            Llevamos años recorriendo rastros y mercados de pulgas de cada país al que llegamos. Para nosotras, han devenido escuela que versa sobre la supervivencia de la posesión material remota que relampaguea y enuncia significados en el tiempo presente. Porque caminar entre montañas de cosas y pedazos de cosas que alguna una vez fueron de alguien, es en parte caminar entre comunidades espontáneas de personas ausentes evocadas a través de sus rastros. Por eso la palabra r a s t r o que nombra estos territorios tal vez debería decirse en plural. Ahí siempre habrá objetos que fueron intensamente vividos y que conservan las huellas de sus antiguos propietarios: cartas, fotografías, cuadernos, postales, álbumes, películas de súper 8, diapositivas, carteras con remanentes, etc. Tecnologías, muchas de ellas obsoletas, que preservan rostros, voces, instantes de destinos desconocidos, indicios de deseo. Documentos desposeídos que sin embargo fueron altamente poseídos y ahora en las manos que los vuelven a revivir, emprenden un nuevo diálogo con el tiempo. Veo de reojo en un ángulo oscuro de nuestro taller, la maleta de Manuel y Elisa. Sus seiscientas cartas del 1900 llevan con nosotras siete años. Y ha sido la activación de sus rastros matérico-afectivos no solo a través de nuestros cuerpos, sino en el de miles de espectadorxs a través de la obra que le construimos (La máquina de la soledad), lo que la hace persistir como latido. Hemos sido testigas, custodias y acompañantes de su supervivencia, viendo cómo aquellas escrituras se abstraen continuamente para alumbrar en el presente el olvido de un ritual del detenimiento. El TOD es un refugio de memorias materiales ajenas que se acompasan con la propia y producen en ese entrecruce, un acontecimiento de cuidado del tiempo mutuo.

La máquina de la soledad. Foto de Alipio Padilha

Heridas del paisaje

             A través del TOD practicado directamente en los espacios ciudadanos (recolección de narrativas vecinales, evidencias que gritan por un silencio no querido) trabajamos en detectar cómo esa cualidad tan específica del trabajo de lo inanimado en escena, que es concederle protagonismo al tipo de transferencias y acoplamientos que emergen entre cuerpos, objetos y otras materialidades no-humanas, ocurre ya de por sí de maneras múltiples en el campo social. Una mirada determinada, que con el paso de los años se ha vuelto un hábito, un ejercicio continuo. Dentro del TOD en contexto, muchas veces enfocamos ese hábito de detección hacia el registro de ciertas “heridas del paisaje”: vacíos recubiertos por falsas memorias instituidas (camuflajes, omisiones) ya sea por ideologías, intereses políticos, por urbanismos neoliberales invasores que desplazan y arrasan formas de vida que ya estaban ahí desde antes y subsistían bajo el fluir cultural de las herencias, etc. En mi libro Detectives de objetos, editado por la editorial segoviana La uÑa RoTa (2019), anoté: En el trazo urbano se reúne la fuerza escondida de las evidencias. Las que han de intuirse, las que han de desenterrarse porque huyen. Su naturaleza es huir, su naturaleza es despojarse de la palabra que las alumbra, de los ojos que las encuentran, quieren camuflarse en el mundo. Se llaman evidencias hasta que unas manos, un cuerpo, las detecta. Nos perdemos cada vez más en el territorio para encontrarlas y asistir a la lentitud de su metamorfosis, a su despliegue en cámara lenta, cuadro por cuadro: un e s t a l l i d o cuadro por cuadro de la cosa es su e v i d e n c i a. En esta narrativa dedicada a recuperar evidencias que hemos hecho de manera comunitaria, descubrimos constantemente cómo la memoria se cosifica (el mármol, la cifra, lo conmemorativo hueco, el vaciado histórico que persigue amnesias convenidas, el silencio) o se mercantiliza (por ejemplo la mirada exotista que fija en souvenirs y museos  unidireccionados determinada memoria trágica, o que deja como simple decorado la vejez de un centro histórico al que se le ha saqueado la vida en un proceso de gentrificación). En “los casos resueltos” con los detectives de objetos de El Solar[2], apostamos por hacer tangible el carácter procesual de la memoria desde lo que ya hay en los propios territorios, que a su vez, hace visible aquello que no hay. Nacen contraobjetos, contrapostales, contramapas, antimonumentos. Figuras del revés que viajan contra la corriente del tiempo declarado como algo inamovible y materializan en su convivio escénico in situ esa incomodidad, ese malestar a partir de testimonios objetuales. ¿Qué políticas alternas de la memoria, qué señales de vida, podría aportar la captura de gestos mínimos en nuestros vínculos con la cultura material? ¿Qué políticas de lo sutil frente a la sensación de dureza y vastedad de los macrorrelatos instrumentalizados o frente a la inminente sospecha de simulacro que atraviesa la construcción mediática de la realidad día con día?

            Aprendimos de una carpintería de setenta años de antigüedad con cuatro generaciones de artesanos, de un retratista del pueblo, de las remociones de una montaña como archivo, de los fondos abisales olvidados de un Instituto Botánico, de una comunidad enterrada de barracas, de una materialidad de un país extinto (República Democrática Alemana) que reclama una discusión pendiente en el presente, de tiendas de comestibles y objetos que hacen las veces de museos espontáneos, de muchas horas de oralidad provocada entre las calles de entornos que hacen de “contrapunto amnésico” a las historias recogidas, de muchos kilómetros de extravíos y derivas, aprendimos y seguimos en la comprensión de qué es aquello que “se resuelve”, que se restituye por momentos, al cederle nuestro tiempo a los relatos replegados alrededor de lo no-humano, que siguen sus intensificaciones mucho más allá de nosotras. El TOD se sostiene en la fuerza de lo inacabado que tiene toda memoria, y lo hace a partir de atender y problematizar las evidencias más ínfimas que componen los tejidos de nuestras formas de guardar el tiempo. La memoria es indómita y sus objetos también lo son.

Diario entre líneas. Agencia El Solar. Detectives de Objetos

Juguetes socio-mecánicos para cuidar la memoria

            En algunos de nuestros observatorios portátiles, el trabajo de campo se funde con la ingeniería poética, de ahí nacen artefactos que contienen y presentan desde su hilatura  mecánica las recuperaciones del tiempo. Acudimos a los entramados multiformes de Frankenstein, a las cadenas de reacciones causales motorizadas, a la filosofía del tornillo capaz de dirigir desde su inteligencia microscópica una nación de sombras. Investigamos en un sentido artesanal que contenga los encuentros y deje en los cuerpos reunidos, el sentimiento inmersivo de un ensamblaje minucioso -distinto de la anatomía de un reloj- que cuida de la procesualidad de la memoria. En La Melancolía del Turista, nuestra última obra con Oligor y Microscopía, hemos inventado “un corazón analógico”, una linterna mágica hecha en casa, que explora multidireccionalmente los espejismos que recordamos, que producimos, durante ese periodo de tiempo denominado como “vacaciones”. Para nosotras representa la materialización de un estado del ser adentrado en un lapso tenso, la suspensión de la vida en el imaginario de paraísos turísticos situados, que al día de hoy se encuentran en decadencia. El juguete socio-mecánico de La Melancolía es una reflexión, un interrogatorio constante sobre la vida de las imágenes y cómo persisten o mueren en la memoria, durante los periodos destinados al descanso.  En nuestra guía de viaje escribí: ¿Qué será lo que ocurrió con la luz de la tarde en la que decidiste quedarte detenido adentro de una imagen? / Una imagen en descomposición. La química vencida. Los fotones apagados. Una piel perdida que deja un fantasma. Una huella en el precipicio matérico que no justifica nada ante los ojos. ¿Qué es lo que ha quedado después de esta huida hacia el mar? Una membrana inquieta que se derrumba al perforar los días (en este segundo que ha pasado, miles de fotografías acaban de morir, fotografías impedidas, hijas del deseo y del desprecio a la vez). Entre lo que dura apretar un botón y la posible repercusión de una imagen se abre una zanja. Tal vez las fotografías sean también una forma de extractivismo del paisaje. De la vida.[3] En las entrañas de La Melancolía circulan historias de vida de esos “paraísos decadentes”, biografías que han quedado objetualizadas por los distintos fenómenos espectaculares que mantienen el capital turístico de un territorio. Una vez más nos preguntamos por los espectros, los puntos ciegos, los espasmos débiles que desvanecen esas fosilizaciones del mercado de la memoria. El juguete socio-mecánico desea mostrar el tejido humano que subsiste y resiste detrás de las formaciones fotográficas que detienen una idea de experiencia en esos ámbitos donde por más que quisimos ser viajeros, nos llamaron turistas.

            Así para nosotras el TOD que practicamos con Oligor y Microscopía, no puede desligarse de un fuerte componente manual que ideamos durante meses en nuestro taller, directamente proporcional al sentido del tacto que envuelve constantemente el silencio de los objetos.

Rastros. Foto David Continente

Sin título

            En este impasse pandémico, vemos sobrevenir con más contundencia, la resonancia de poéticas interespecie para darle dignidad a las otras inteligencias que habitan el planeta, y que escuchan el derrumbe, el descentramiento de lo humano a favor de sensibilidades alternas. Las nuevas mediaciones materiales para otros cuidados del tiempo, este tiempo, quizá nos exijan estar receptivas a diferentes mecanismos de escucha, para que la memoria -el quimérico museo de formas inconstantes- desplace sus encuadres habituales, dirigidos por el estatus supremo del logos humano, y se deje conmover por la amplitud de formas de cooperación con todos los archivos no-humanos de la tierra. ¿Qué sentido tiene en este descentramiento humano el oficio de la detección material y sus pliegues de tiempo? ¿Qué hace documental a un objeto en este cambio radical de mundo y qué zonas sensibles despeja? ¿Qué puede un objeto cotidiano en este deseo de transformar el Antropoceno? ¿Cómo quebrar su servil condición antropocéntrica, su rumor convenido de espejo, de pantalla subjetiva de lo humano para abrirlo a redes de memoria cada vez más amplias, más resonantes? Redes de memoria cada vez más amplias, más resonantes con todos los archivos no-humanos de la tierra….


[1] Esto se debe también al trabajo pedagógico y de escritura que realizo en distintos lugares, compartiendo la amplitud de esta manera de hacer que vincula las artes vivas, la memoria y los objetos. Aquí se puede consultar como ejemplo, un recorrido visual por el Circuito de Memoria Material, realizado el año pasado en Cuba, Argentina y Brasil: https://vimeo.com/350362188

[2] Se pueden consultar con detalles cada caso en nuestra plataforma digital www.agenciaelsolar.org

[3] Esta pequeña guía de viaje está editada también por la La uÑa RoTa y sólo se vende para una causa benéfica relacionada con los protagonistas de la pieza, después de cada activación de La Melancolía del turista.

Perfil del autor
Shaday Larios

(MÉXICO) Doctora en Artes Escénicas por la Universidad Autónoma de Barcelona y Lic. En Letras Españolas por la Universidad de Guanajuato, México. Se dedica a la investigación-creación del “teatro de objetos documentales” con su socio Jomi Oligor de Navarra, con quien co-dirige la compañía Oligor y Microscopía, especializada en el tema. Es miembro fundador del colectivo El Solar. Agencia de detectives de objetos, dedicado a explorar los vínculos entre barrio, memoria, escena y objetos cotidianos. Ha sido docente sobre objetualidad y escena en múltiples instituciones y escribe artículos sobre poéticas contemporáneas del teatro de formas animadas en diversas publicaciones periódicas. Ganó el Premio Internacional de Ensayo Teatral CITRU-Paso de Gato- ARTEZ, 2010, con el texto Escenarios Post-catástrofe: Filosofía Escénica del desastre. Es autora de los libros Los objetos vivos. Escenarios de la materia indócil (Paso de Gato, 2018) y Detectives de objetos (La Uña Rota, 2019).

SHADAY LARIOS (MÉXICO) Doctora en Artes Escénicas por la Universidad Autónoma de Barcelona y Lic. En Letras Españolas por la Universidad de Guanajuato, México. Se dedica a la investigación-creación del “teatro de objetos documentales” con su socio Jomi Oligor de Navarra, con quien co-dirige la compañía Oligor y Microscopía, especializada en el tema. Es miembro fundador del colectivo El Solar. Agencia de detectives de objetos, dedicado a explorar los vínculos entre barrio, memoria, escena y objetos cotidianos. Ha sido docente sobre objetualidad y escena en múltiples instituciones y escribe artículos sobre poéticas contemporáneas del teatro de formas animadas en diversas publicaciones periódicas. Ganó el Premio Internacional de Ensayo Teatral CITRU-Paso de Gato- ARTEZ, 2010, con el texto Escenarios Post-catástrofe: Filosofía Escénica del desastre. Es autora de los libros Los objetos vivos. Escenarios de la materia indócil (Paso de Gato, 2018) y Detectives de objetos (La Uña Rota, 2019).

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