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MIRADA DE MANUEL VILANOVA

Las artes de calle valencianas en el Siglo XXI

Entradilla: siempre es agradable entrar en conversación con personas de amplio recorrido y ancho bagaje. Xarxa teatre es una de las compañías referencias de teatro de calle del estado español y por ende de la Comunitat Valenciana. Le hemos pedido que nos haga memoria sobre las artes de calle valencianas del siglo XXI

Rosa Molero, antigua directora de ACoTaciOneS en la Caja Negra que posteriormente se reconvirtió en Red Escénica, ha tenido la amabilidad de pedirme una reflexión sobre las artes de calle valencianas durante el siglo XXI. Rosa me ha recordado que yo ya colaboré en uno de los primeros números de la revista y deseaba constatar la evolución del Teatro de Calle en nuestra tierra. Desgraciadamente el período de confinamiento durante el que estoy escribiendo este artículo me ha alejado de los amplios archivos no digitalizados de Xarxa Teatre donde se conserva aquel artículo, por lo que he de echar mano de mi memoria para rememorar aquellos tiempos. Por suerte, dispongo de mi libro “Paisaje escénico”, de próxima aparición, en el que se rememora el Nuevo Teatro de Calle español, desde su nacimiento hasta la pandemia.

Durante los setenta el teatro valenciano se había estructurado en torno del Teatro Independiente, en el que destacaban El Rotgle de los hermanos Sirera, el Grup 49 de Manolo Molins, Pluja de Gandia, L’Horta, Uevo, Universal Còmics de Castelló, La Carátula d’Elx, Juli Leal… La mayor parte de aquellos grupos desaparecieron con la llegada de la democracia y un nuevo elenco de jóvenes artistas se dieron a conocer. Rodolf Sirera, el gran vertebrador del teatro valenciano, se hizo cargo de la gestión teatral de la Generalitat Valenciana y entre las líneas maestras que plasmó destacaban la potenciación de una dramaturgia valenciana, la promoción de los profesionales autóctonos, la Creación de un Centro Dramático y la descentralización de la gestión teatral (no se podía sustituir el antiguo centralismo madrileño por un nuevo centralismo de la capital). Consiguió convencer a los dirigentes políticos de la necesidad de aportar dinero a las emergentes compañías valencianas ya que si se quería presumir de un centro dramático valenciano había que contar con los artistas de la tierra. Y también les convenció de que teatro no solo eran las funciones ortodoxas, sino también las vanguardistas, la danza, los títeres o el teatro de calle. A fuer de sinceros hay que reconocer que todos esos objetivos se cumplieron fielmente a pesar de contar con un reducido equipo de personas. Uno de aquellos técnicos, Toni Pastor, gestionó tres excelentes líneas de trabajo que aportaron brillantes resultados: la creación de un circuito teatral valenciano, el Festival Dansa a València y la promoción internacional del teatro valenciano. Ananda Dansa y Xarxa Teatre supieron aprovechar esta última iniciativa para implantarse internacionalmente. La estructura creada por Rodolf Sirera se mantuvo vigente hasta junio del año 2005 en que Juanvi Martínez, director artístico de Teatres de la Generalitat, y Toni Pastor, ayudante de dirección, fueron cesados abruptamente de sus cargos. A partir de ese momento se inició el gran declive del teatro valenciano.

El Teatro de Calle valenciano surgió en la década de los ochenta con compañías como A Trote, Xarxa Teatre, La Burbuja o L’Om Teatre. Durante la década de los noventa se sumaron L’Ull Teatre y Visitants. Esta década permitió la internacionalización del teatro valenciano de la mano de La Burbuja y Xarxa y la consolidación de Visitants en todo el Estado. Al siglo XXI se llegó en pleno esplendor con potentes espectáculos de gran éxito como Veles de Vents o El Brujo. Y los correfocs pirotécnicos altamente teatralizados como Nit Màgica, El Foc del Mar o Fam de Foc contaban con un público fiel y combativo. A la entrada del siglo XXI otra compañía valenciana irrumpió con fuerza en el panorama teatral español. Se trataba de Maracaibo con su combinación de relatos orales, danza e impactantes puestas en escena: Sólo Mediterráneo o La judía de Toledo.

Papers! @J. Gil

El cambio abrupto que se produjo en 2005 consistió en negar todo lo realizado hasta ese momento e iniciar un período de recortes que finalizaría en 2015. Durante esa década se redujo el Teatro Principal a una mínima expresión, se liquidó Canal 9 tras una gestión nefasta y punible que aún anda en pleitos, se negó la biografía de las compañías en la valoración de méritos, se despreciaron los centros de creación de las propias compañías, se redujo el concepto de “proyecto artístico” al estreno anual de un nuevo espectáculo, se redujo la ayuda a las compañías a un año de duración, se recortaron las ayudas a la producción, aportando una cantidad con la que sólo se podían realizar micro espectáculos. Todo ello provocó la desaparición de grandes compañías valencianas (Moma, Pluja…). Se inundó el mercado teatral de muchísimos espectáculos de bajo presupuesto, se perdieron miles de espectadores, se vaciaron los teatros institucionales…  Paradójicamente crecieron las compañías teatrales, los autónomos y las salas alternativas. En este momento de mi discurso me viene a la memoria lo que explicó una vez un profesor chileno en las Jornades de Debat de Vila-real: “Pinochet no ejerció la censura en el mundo del teatro. Si querías representar a Bertold Brecht podías hacerlo, siempre y cuando fuese en un teatrito del extrarradio escasamente dotado y con capacidad para pocos espectadores.” En definitiva la censura, que era muy impopular, no hacía falta, bastaba con reducir la incidencia del teatro a un mínimo de espectadores. Esa fue la política que se aplicó durante la década nefasta de las artes escénicas valencianas: el neoliberalismo, tal cómo se había aplicado en Chile y en los Estados Unidos.

XX Floretes Almassora MVVG

Producto de esa táctica política se amplió enormemente el abanico de micro  compañías callejeras. La ciudad de Vila-real llegó a tener hasta 20 compañías de teatro profesionales. Entre ellas nuevas técnicas artísticas salieron a las calles a la búsqueda de lugares en los que actuar. Se incorporaron la danza y el circo, aunque sobre todo se potenció la animación comercial y la animación infantil. Paralelamente, el teatro fuera de edificios teatrales tuvo un empequeñecimiento constante. Los espectáculos de mediano o gran formato que llegaron a realizar compañías como Maracaibo, Visitants o Scura Splats pasaron a mejor vida. Tan sólo Xarxa Teatre se mantuvo realizando espectáculos de gran formato dado el amplio mercado internacional que lo acogía (41 países visitados en los cinco continentes). Y con una compañía que solía desplazar una quincena de actores, músicos y técnicos en cada gira internacional. Y Xarxa se ha mantenido realizando espectáculos de gran formato hasta que estrenó Fahrenheit – Ara Pacis. Una producción de diez festivales internacionales, de diez países diferentes, que Teatres rechazó apoyar por demasiado grande. Claro ejemplo del concepto localista y empequeñecedor de la década nefasta.

El cambio de gobierno en la Generalitat Valenciana fue acogido con gran ilusión por la profesión teatral valenciana que había mostrado su rechazo a las políticas anteriormente emanadas y efectivamente se dieron unos cambios sustanciales:

1: Se potenció la creación en las salas propias del Institut Valencià de Cultura. Durante estos últimos años hemos podido disfrutar de algunas buenas producciones como Divinas Palabras de Ananda Dansa o Animal de Sèquia de Sol Picó.

2: Se reabrió un nuevo canal de televisión autonómico, À Punt, lo que dio algo de trabajo a los actores y a los dobladores, aunque la cadena continuó desconectada de las artes escénicas.

3: Se aumentó el presupuesto destinado a las Artes Escénicas lo que permitió aumentar las ayudas económicas al Circuït Teatral Valencià y a los Festivales históricos valencianos (Sagunt, Sueca, Vila-real, Dansa a València…). Así mismo se aumentaron las ayudas a las salas alternativas valencianas.

Fahrenheit - Ara Pacis de Xarxa Teatre Foto Antonio  Pradas

Aunque por el camino ha quedado pendiente de solucionar la infra financiación a las compañías valencianas; el reconocimiento de los centros de creación de las empresas valencianas, cuando no acogen espectadores; el seguir limitando la ayuda a la creación de un espectáculo anualmente; el continuar debilitando a las compañías valencianas al negarles concertaciones trianuales, tal como acontece en Euskadi, Catalunya o Andalucía; la falta de una potenciación de manera adecuada a la exportación de las artes escénicas, a ver si se consigue recuperar la implantación que el teatro valenciano tenía allende de nuestras fronteras. En 2017 la AAPV ya avisó de que los cambios habían sido más formales que de contenido y en 2019 reclamaron una adecuada financiación de las compañías, ya que la pérdida de cotizaciones de los artistas era notoria. Los profesionales han pasado de ser asalariados fijo-discontinuos a autónomos, lo que ha aumentado la auto explotación laboral. Incluso las salas alternativas que perciben el montante económico más importante de la ayuda institucional se las ven y se las desean para subsistir. Y las compañías de gran formato simplemente han continuado desapareciendo (Arden, Ananda Dansa…) o empequeñeciéndose (Albena, Xarxa Teatre, Maracaibo, Visitants, Scura Splats…).

Este último período del que estamos hablando ha consolidado la danza contemporánea callejera (Maduixa, Pepa Cases, La Furtiva, Mar Gómez…) y el circo (La Troupe Malabó, La Finestra Nou Circ, La Trócola, El Fedito, Xa! Teatre, Acrobacia Mínima…) Así mismo, han surgido nuevas propuestas que intentan evolucionar el teatro (Escandall Teatral con XX o Visitants con Olea) o que quieren recuperar la memoria histórica (Sonia Alejo). Igualmente ha surgido una nueva compañía, La Fam, que ha tenido la habilidad de abrirse un mercado en las fiestas valencianas y que ha obtenido una fuerte incidencia en las fiestas de la ciudad de València, ciudad que hasta ahora había vivido de espaldas al teatro de calle. A pesar de ello, hemos de reconocer que las compañías se ven limitadas por el número de actores que pueden contratar para ser competitivas (menos de cuatro o cinco y la mayor parte de las veces un par). Alguna de las compañías históricas de teatro de calle se mantienen activas Visitants, Scura Splats, Xarxa Teatre, Maracaibo… pero el empequeñecimiento es remarcable, tanto en el formato de los espectáculos, como la cantidad de espectadores que pueden soportar o en los cachés de miseria que se pagan. Incluso buena parte de los programadores teatrales limitan su actividad a aquello que acontece dentro de sus salas, mas que programar para la ciudadanía, se programa para la sala. Es difícil entender qué se gana renunciando a llevar buen teatro a los espacios exteriores, ¿la taquilla?, cuando socialmente sale mucho más rentable programar gratis en la calle, que programar en sala para un perfil de público muy concreto y minoritario.            

Distopia Escandall Teatral @josep gil

De todos modos el País Valenciano es otro exponente del concepto reduccionista con que se entiende la política institucional a nivel cultural en todo el Estado. Durante el siglo XXI el arte ha sufrido un proceso involucionista espectacular. Primero con las políticas tendentes a separar las grandes empresas de las medianas y pequeñas (El IVA que se paga es brutalmente diferente según se aplique a la taquilla o a los artistas). Luego se potenció una ficticia lucha generacional. Por el camino se han reducido enormemente las ayudas. Se valora más lo barato que la calidad de los productos. Ello ha potenciado el empequeñecimiento de las empresas escénicas, creando un montón de autónomos, que se ahogan con sus responsabilidades fiscales y socio laborales. El Teatro de Calle casi ha desaparecido, sustituido por productos blancos sin ninguna reivindicación, ni reflexión, donde se prima el dominio de una técnica, la belleza estética o la simplicidad logística. La profesión se ha dividido compitiendo por unas “ayudas” de todas, todas, insuficientes. Los objetivos estelares de la sociedad de bienestar europea (Sanidad Pública, enseñanza pública, arte accesible, prestación social a los más necesitados…) se han debilitado enormemente. Todo este inmenso retroceso del principio humanista en política se ha aplicado mediante la reducción de ayudas, la reaparición de la censura (hay gente condenada por cantar), la potenciación de la competitividad, la creación de proyectos inviables y el suprimir los debates políticos sobre el arte y la cultura. Nuestro país no reconoce la valía de sus artistas. Se ha conseguido frenar las opiniones discordantes con la judicialización de la libertad de expresión. El miedo ha regresado. Se silencia el debate público (escándalos, lo denominan algunos), que el buen teatro, la buena canción o las buenas películas deben aportar. Y ahora, el coronavirus puede acabar con la economía de muchos artistas. Los autónomos pueden llegar a perder hasta sus casas y los intermitentes se han quedado fuera de los primeros planes de ayuda. Las revistas se han quedado sin publicidad, lo que dificulta su supervivencia. Endeudarse no es ninguna solución. La débil ayuda institucional a la cultura pública que ha  caracterizado los últimos años nos aboca a la desaparición. A pesar de ello, tras la pandemia, los artistas tenemos una función fundamental: ayudar a regenerar ideológicamente nuestra sociedad, poner en solfa los errores cometidos, denunciar las nuevas divinidades sagradas, que nos empobrecen a todos a cambio de enriquecerse desmesuradamente, y presionar a los políticos y los medios para que defiendan la dignidad de las personas. Los cantos de sirenas de una sociedad menos solidaria, donde el éxito se limita a la capacidad de generar beneficios a costa de lo que sea, no se puede aguantar durante más tiempo. La solución a la crisis no puede ignorar la importancia del arte, tanto social (1.000.000 de profesionales) como ética. Se ha de dar una respuesta humanista, solidaria, decidida, valiente y democrática. Y más ahora que se acercan épocas muy negras para los artistas. La respuesta ha de pasar por dar una nueva oportunidad al arte mediante la valentía y la denuncia. Dar una nueva oportunidad a la libertad de expresión. Vencer al miedo. Exigir todos los cambios que sean necesarios para evitar soluciones a las crisis como la de 2008, donde toda la carga económica recayó sobre las familias y pequeñas empresas. El arte escénico debe retornar a la calle para reivindicar la dignidad humana. Debe de dejar de ser el hermano menor del teatro. El valor añadido que aporta la calle en la formación de la ciudadanía no debe ser menospreciado. Max Aub ya decía: “El arte por el arte es una imbecilidad. ¿O habéis oído hablar del arte por el no arte?” Y añadía: “Creo que la literatura tiene algo más que hacer que ser bonita: debe tener razón.” 

Manuel V. Vilanova

(Director de Fiestacultura y de Xarxa Teatre)

Manuel V. Vilanova fue el director fundador de Xarxa Teatre (1983), compañía de teatro de calle que ha presentado sus espectáculos en los cinco continentes y ha sido programada regularmente por todos los grandes festivales del planeta a lo largo del siglo XXI. Dirige desde 2011 Fiestacultura, revista de la que fue el fundador en 1999. Fue el creador del Festival de Teatre de Carrer de Vila-real en 1988 y del Magdalena Circus de Castellón en 1998. Ha sido conferenciante y articulista habitual sobre artes de calle en varios continentes. Y ha dirigido y redactado los libros “Xarxa Teatre. Veinte años aprendiendo” (2004), “La escena callejera, 1960-1984” (2010), “Los cimientos de las Artes de Calle” y “Paisaje escénico”, estos dos últimos en proceso de edición. Su obra artística puede seguirse en “Xarxa Teatre. Tradició, Festa i Teatralitat” (1997) de Mas, P., Piquer, A. y Vellón, X., “Xarxa Teatre. 25 años sin fronteras” (2008) de Remei Miralles y Josep Lluís Sirera y “Xarxa Teatre: 2008-2014” (2014) de Sixte Barberà.

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