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editorial

Dirigir este número de Red escénica, homenaje a los orígenes de la publicación cuando comenzó su andadura como Acotaciones en la caja negra allá por el año 2000 (¡casi no ha llovido!) ha sido una experiencia contradictoria.

Por una parte, es innegable que preparar un número en torno al tema de la memoria daba juego para recuperar a personas que habían colaborado con la revista cuando esta no era más que un proyecto. Surgieron infinidad de nombres, de gente que había escrito a lo largo de los números de forma reiterada o que, con su artículo, de alguna manera había dejado huella. Algunos de ellos participan en esta publicación, a otros los llevamos en el recuerdo y hemos puesto en práctica lo que aprendimos de ellos. Se me hace imposible no citar en este punto a Josep Lluís Sirera y a Pepe Monleón, no solo por todas las veces que publicaron un artículo, sino por su apoyo incondicional al proyecto, por sus ideas, por sus consejos y por su experiencia.

Hay más nombres, más personas, muchas más, pero para evitar que la memoria, a veces caprichosa, me juegue una mala pasada, prefiero no mencionar a nadie más.

Por otra parte, no puede obviarse que el número 12 ha sido gestado en mitad de esta situación apocalíptica provocada por el Covid-19, que ha causado el confinamiento de la población, calles desiertas y mucho tiempo para pensar.

Así que hemos trabajado con los teatros cerrados, las salas a oscuras y los escenarios vacíos. Y una gran crisis económica y existencial que nos sobrevuela. Porque durante estos meses de encierro, la forma de relacionarnos ha cambiado y las formas de comunicarse también. Han surgido iniciativas muy diversas de compañías, de artistas que, a pesar del confinamiento, necesitaban acercarse al público, no perder esa estrecha relación con el espectador. De alguna forma, ha habido que reinventarse o, cuanto menos, pensar en cómo lograr que el vínculo no se rompiera del todo. Y ha sido muy difícil. Imposible en otros casos. El silencio se ha colado en muchos rincones y en algunos de ellos, lamentablemente, no volverán a sonar los aplausos.

Pero ahora es momento de rearmarse después de tantos meses apartados de la escena, del público y de la taquilla. Porque sí, hay que reflexionar sobre el arte, sobre cómo esta pandemia nos ha afectado a todos y cómo se traducirá ese sentimiento en el teatro, en la vida; pero también hay que pensar en el dinero, ese que permite que el artista llegue a crear su obra, ese que permite que el creador pueda vivir de su trabajo.

Aquellos que tienen en sus manos la reestructuración de este país, de este continente. Aquellos que tienen que marcar el camino hacia esa nueva normalidad, esa nueva cotidianidad, deben tener en cuenta a un sector que, sin duda, es esencial.

Rosa Molero- junio de 2020- 2ª fase.

Rosa Molero es licenciada en Filología Española por la Universidad de Valencia. Funda y dirige, desde el año 2000 y hasta el 2005 (cuando se convierte en un proyecto colectivo) la revista teatral ACoTaciOneS en la caja negra. Colabora con el Diario Levante como crítica teatral y con la revista Fiestacultura. Es autora de las piezas breves Babel, erizos, Espejismos, Tu cabeza en mi hombro, Espacios anónimos, Fronteras, Lo invisible y Persona. Es autora de los textos: número siete, Ecos (X Premio de Teatro Universidad de Sevilla); Atalaya (Accésit al Premio de Textos Teatrales Marqués de Bradomín); Insumisión (XII edición del Premio Nacional de Teatro Castellón a Escena); En construcción; La soledad de los parques (Accésit premio FATEX); Quimera, Cerrado por obras o El ladrón de sonrisas. Coautora de los textos: El cuarto paso; Judas y sus desiertos, Heridas y Famili.es. Coautora, junto a Enrique Herreras, del libro Escuela Superior de Arte Dramático de Valencia: Veinticinco años de renovación teatral.

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