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Amaury Salas

Comer entusiasmo o sobre la precariedad de los trabajos culturales

Una muchacha espera pacientemente en la cola del supermercado. Cuando llega su turno, coloca los macarrones, el papel higiénico y la pasta de dientes en la cinta transportadora. “Serán 4, 48 euros”, comenta la cajera; “Ah, es que yo soy artista, me dedico a crear”, replica la clienta. “¡Haberlo dicho antes! Todo gratis entonces”. Acto seguido, la joven acomoda los productos en una bolsa de tela y abandona sonriente el establecimiento. La misma estampa se repite día tras día en miles de puntos de nuestro país, pues, como cualquier humano que se precie sabe, quienes trabajan en el mundo de la cultura no necesitan recursos económicos para sobrevivir. Les sobra con su ilusión. ¿O quizás no?

A lo largo de las páginas de El entusiasmo. Precariedad y trabajo creativo en la era digital (premio Anagrama de ensayo 2017) la escritora y profesora Remedios Zafra aborda con brillantez las miserias y contradicciones laborales que invaden la industria cultural contemporánea. Pero no lo hace desde la aséptica distancia de lo académico, sino que emplea un bisturí de ternura -enraizada aquí con la ironía de quien se ha sabido analizar sin contemplaciones-  para diseccionar minuciosamente las zonas más sombrías de un ámbito profesional en el que incertidumbre y motivación ejercen de dupla fatal. 

Docente en la Universidad de Sevilla, Zafra (Zuheros, Córdoba, 1973)  denuncia que el mundo de la cultura está siendo sostenido en la actualidad por “colaboradores a tiempo parcial, entusiastas becarios y figuras diversas para la gestión de redes”. La creación queda así condenada a traducirse en un puñado de tareas ejecutadas de forma intermitente, a cambio de mendrugos de reconocimiento, basadas en tarifas de miseria o asumidas más como un hobbie arrollador que como un empleo digno de tal nombre.

Buena parte del hilo conductor de este brillante ensayo pasa por Sibila, un personaje ficticio en el que concurren las grandes características de las trabajadoras culturales. Pero lo que sobre el papel funciona como un recurso retórico, toma proporciones antropomórficas en la realidad más cotidiana. Existen miles de Sibilas, precarias, entusiastas, cansadas, expectantes. Hemos hablado con cuatro de ellas. 

Raquel Fonfría, de 29 años se define como creativa audiovisual, aunque, tras una temporada trabajando como freelance, ha tenido que dejar a un lado su pasión por motivos económicos: “ahora mismo tengo que aplicar mis conocimientos audiovisuales en producir ventas para una empresa, en lugar de poder desarrollar mis propios proyectos”. “En cualquier caso, cuando me he dedicado a mis iniciativas personales, lo he compaginado con otras actividades remuneradas, como ser monitora de tiempo libre o maestra, porque de la creación en sí no se vive en este país”, acota esta licenciada en Bellas Artes. 

“A día de hoy, afortunadamente, vivo de mi trabajo como guionista y actor, aunque he estado muchos años dedicándome a mil cosas. Ha sido muy complicado y sigue siéndolo”, explica Armando Arjona, de 33 años, para quien “nunca llega a haber un momento en el que puedas estar del todo tranquilo con tu situación laboral si te dedicas a un trabajo de este tipo. Tienes que estar continuamente demostrando que vales a la vez que piensas ‘qué será de mí dentro de unos meses’. Marta Domingo, vocalista en bandas como Meridian Response, Fru Katinka u Odd Cherry Pie, conoce bien los entresijos de compaginar trabajos vocacionales y alimenticios, “actualmente tengo que compaginar mi trabajo como música con el de profesora pues me sería imposible mantenerme”, resalta. 

Pocos recursos, mucha exigencia, sobredosis de incertidumbre…La precariedad no es más que otra faceta de la desigualdad contemporánea. “Las condiciones laborales no es que sean precarias, es que no sé ni si las puedo llamar así- apunta Fonfría-. Yo entiendo otra cosa por condiciones laborables; trabajar las horas que trabajamos al precio que nos pagan e incluyendo festivos y nocturnos no es trabajo, es jodido amor al arte. Y eso que yo tengo varias vertientes y si no me sale algo de foto me sale de vídeo o diseño. Si tuviera que intentar ganarme la vida con una sola de ellas no podría ni intentarlo”

“En mi caso, me siento más o menos satisfecha con el precio al que cobro la hora como mediadora cultural, pero no es un trabajo continuado, sino puntual, por lo que es imposible considerarlo una fuente estable de ingresos. Vives siempre en la incertidumbre, sin saber cómo pasarás el mes siguiente”, señala Teresa Mata, de 27 años. “Actualmente puedo vivir de este tipo de proyectos porque no tengo muchas cargas económicas más allá de mí misma, pero sí que me inquieta bastante el futuro respecto a cuestiones como tener hijos o lograr una existencia con mayor seguridad”, apunta. En el horizonte, se van hacinando dudas y temores que parecen moldear una existencia regida por un gran signo de interrogación. El tiempo ejerce de juez y verdugo en la trayectoria de muchos creadores: un plazo vital, una meta, una fecha impuesta en el calendario, un punto de inflexión en el que decir ‘basta’.

Agentes culturales como Mata, además, deben enfrentarse a la dificultad añadida de explicar en qué diantres consiste su trabajo y por qué merece remuneración, “dices que eres mediadora cultural y educadora artística y no saben qué es. No existe como una categoría del paro ni te entienden cuando lo explicas en el banco. Sin embargo, es una profesión y es necesario luchar para reivindicarla como tal”. La autoafirmación de la propia identidad laboral se convierte así en un acto performativo constante, diario, interminable. 

El vil metal

En El Entusiasmo, Remedios Zafra señala que “en algún momento de nuestra historia hablar de dinero cuando uno escribe, pinta, compone una canción o crea se hizo de mal gusto”. Sin embargo, al menos de momento, ni la ilusión ni la visibilidad funcionan como moneda de curso legal. Se hace complicado pagar el alquiler, adquirir pinceles y pintura o comprar barras de pan a cambio de vocación

“Creo que nosotros mismos nos ponemos la zancadilla al tirar nuestros precios por el suelo. ¡Y el resultado de eso es que luego a la gente todo le parece caro! Pasas hambre, necesitas ingresar, así que pones un precio bajo para que te acepten el presupuesto…y la gente al final no lo valora”, apunta Fonfría. “Yo creo que he cobrado bien una vez en mi vida. Por norma cobro la mitad o un tercio de lo que debería. Prácticamente sólo cobro las horas de trabajo directo, pero no el tiempo que comporta la creación y conceptualización de los proyectos, ni puedo repercutir el desgaste de material que supone cada proyecto q hago, si lo cobro no me pillan. Y aun pidiendo miserias oigo que son caras. Lo peor es que seguro que hay alguien que te lo hace más barato…”, reflexiona.

“Sobre todo al principio se acepta trabajar sin cobrar. No sé si en otras profesiones se da, pero en la mía es algo totalmente normalizado. Yo he actuado muchas veces sin cobrar por diversas razones («no hay presupuesto», «si ganamos algún premio, se podrá pagar», «te pagamos el transporte y la comida»), y acabas aceptando porque necesitas material para tu videobook o por el simple hecho de hacer algo y que te vea la gente”, admite Arjona.

La pescadilla se muerde la cola, pero, ¿son esos mordiscos un mal inevitable? “Creo que es muy difícil acabar con esta situación. En primera instancia deberíamos ser nosotros mismos los que impusiéramos unas condiciones mínimas, pero acabas cediendo guiado por la ilusión y la esperanza del «nunca se sabe quién puede verte» y porque es una profesión que se basa en el talento. ¿Cuánto vale mi talento? ¿Cómo se cuantifica eso? Y lo que es más importante: ¿Tengo talento? Porque lo que vas viendo es que alguien que tiene un título puede estar perfectamente en su casa mirando la pared mientras que otra persona que no ha hecho ni un solo curso está trabajando más que nadie. Es un mundo que crea mucha confusión”, señala. 

Similar experiencia comparte Domingo, “estoy intentando poco a poco que cambie la situación, pero durante mucho tiempo he tocado gratis o por muy poco dinero”.  Actualmente, para evitar contratiempos y sobresaltos a la hora de acordar una remuneración, suele “atajar comunicando previamente el caché de la banda, pero incluso así, a veces tienes que negociar y justificar que es un trabajo como cualquier otro”.

“He trabajado muchas veces gratis de lo mío, casi todos los que nos dedicamos a temas de mediación cultural lo hemos hecho porque nos apetecía colaborar con alguna iniciativa”, reconoce Mata, pero según explica, a partir de cierto momento “incluso aunque te apetezca participar en un proyecto te obligas a ti misma decir que no si no es de forma remunerada, pues no hay otra forma de escapar de ese círculo vicioso”. Nada es infinito excepto el universo y la purpurina. “Llega el día en que te das cuenta de que el entusiasmo no paga el alquiler. Eso sí, creo que no hay que perderlo nunca. Trabajar sin cobrar es horrible, pero trabajar sólo para cobrar, también”, considera el actor. “No puedes comer entusiasmo como hacía Peter Pan”, resume la mediadora.

Volviendo a Zafra, la autora afirma en su libro que el sistema cultural se vale hoy en día de “una multitud de personas creativas desarticuladas políticamente”. Quizás su arte invite a la protesta, el cambio y la reflexión; pero ese anhelo habitualmente no se ve traducido en medidas de presión y protesta organizadas de forma efectiva y a nivel colectivo dentro de su propio ámbito laboral. “Creo que debería haber un acuerdo institucional que marcara tarifas mínimas para los trabajos creativos, es la única forma de que la gente sepa valorarlo”, afirma Raquel. “Aunque existen entidades como la AAPV (Associació d’Actor i Actrius Professionals de València) o la EDAV (Escriptors de l’Audiovisual Valencià) que luchan por defender unas condiciones dignas de trabajo en nuestro sector, no es suficiente. Sin embargo, que no se alce la voz no es el único problema: la imagen que se tiene del mundo de la cultura en este país es pésima, incluso se llega a cuestionar su utilidad en la sociedad, y eso hace que no se valore como se debe”, añade. Domingo, a pesar de todo, no termina de rendirse al pesimismo: “es posible acabar con la situación, pero requiere mucha constancia, no aceptar tocar por menos de cierto dinero y, si es posible, estar respaldado por una agencia”.

“Existen muchas asociaciones que intentan presionar a las instituciones para reconocer la importancia de la figura del mediador…se está trabajando en ello. Es importante contar con una voz colectiva, pero es necesario usarla más. Además, este tiempo de lucha y protesta supone un trabajo extra que acaba desgastándote”, subraya Mata. El trabajo de exigir un mejor trabajo. 

A pesar de todo, la vocación acaba enseñando la patita por debajo de la puerta y ejerce como acicate todopoderoso, como explica Raquel Fonfría “lo haces por necesidad creativa, lo que se traduce a ojos externos como motivación. Los artistas están necesitados de crear, eso suele significar trabajar a cualquier precio. Yo soy artista, me he formado para esto (y muchos años), he invertido dinero en ello, me gusta me llena y lo necesito y prefiero malvivir de lo mío que ganar más en otro trabajo. Y así estamos casi todos…”. “

mike-petrucci

He trabajado en otros sectores desempeñando tareas más técnicas y me daba cuenta de que no me hacían feliz”, admite la mediadora, “tengo la convicción de que me quiero dedicar a esto, pero es cierto que no sé si será viable a largo plazo, probablemente lo tenga que compaginar con un trabajo que no sea únicamente la mediación para poder asumir otras responsabilidades vitales”. 

Por muy turbulentas que sean las aguas de la creación artísticas, nuestras Sibilas particulares encuentran motivo para seguir navegando. “Creo que el objetivo de la cultura siempre debe ser cuestionar la sociedad en la que se desarrolla para intentar mejorarla- señala Fonfría-. Es nuestra identidad como pueblo, la que nos une y nos hace reflexionar como comunidad, y precisamente por eso deberíamos protegerla con uñas y dientes. Si no colocamos a la cultura en el lugar que se merece, apoyándola y protegiéndola, nos perderemos la oportunidad de madurar como sociedad”. Comer o crear, una perversa disyuntiva que miles y miles de trabajadores del ámbito cultural esperan ver algún día pulverizada de la faz de la tierra, dinamitada por siempre jamás. Quieren el pan, pero también ansían las rosas.

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