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A PARTIR DE GUSTAVIA DE MATHILDE MONNIER Y LA RIBOT.

EN LA MUTANT 2/06/2018

Gustavia es la capital de San Bartolomé, una isla francesa en el Caribe que extrañamente no forma parte de la UE. Pero no fueron los franceses quienes le pusieron ese nombre. Gustavia no existe en francés. Existe Gustavine como nombre propio de mujer, algo así como un diminutivo para la construcción del femenino de Gustave. 

Gustavia por tanto aquí es el nombre de una mujer cualquiera. Es un nombre propio común de mujer que nace al parecer en el seno de la cultura francesa, a través de una francesa y de una española, de dos mujeres que trabajan, que viven, al menos durante parte de la creación de Gustavia en la nación de los droits de l’homme. Porque no existen derechos humanos en Francia, existen droits de l’homme.

Una mujer francesa.
Una mujer española.
Una mujer cualquiera.
Gustavia.

Un hombre no es una mujer. Un hombre es un genérico que contiene el absoluto de hombres y el de mujeres. Si un hombre mueve las alas en China es que una persona ha movido las alas en China pero si una mujer mueve las alas en China es que una mujer ha movido las alas en China. Creo que dentro del efecto mariposa no debe funcionar igual.

Lady Macbeth es un personaje poliédrico. Incluso Ofelia es un personaje poliédrico. Shakespeare era un gran conocedor del alma humana. Alma humana como de ser humano. Humano como de hombre. Hombre como genérico. “¡Que obra maestra es el hombre! ¡Cuán  noble por su razón! ¡Cuán infinito en facultades!; en forma y movimiento, ¡cuán expresivo y admirable!; en acción, ¡cuán semejante a un ángel!; en entendimiento, ¡cuán parecido a un dios! La belleza del mundo, el parangón de los seres animados; y sin embargo, para mí, ¿qué es esa quintaesencia del polvo? El hombre no me complace, no, ni la mujer tampoco, aunque con vuestra sonrisa parezcáis afirmarlo así.” Un hombre como genérico que no contiene en el fondo a una mujer.

Shakespeare era un gran conocedor del alma humana y está de rabiosa actualidad. Lleva de rabiosa actualidad cuatro siglos, más o menos como la modernidad, más o menos como el sistema que nos dirige, más o menos como la cueva donde, la ciencia, la Iglesia, el poder y la organización del trabajo, decidió colocar a la mujer. Antes de ello también hubo patriarcado. En Grecia, en Roma, en la Alta Edad Media y antes de todo ello. Pero de la violencia con que el hombre relegó a la mujer a un segundo plano, a un sub-plano, a una entidad subalterna, en estos últimos cinco siglos, sólo llevamos unas décadas despertándonos.

El teatro es el teatro. El teatro es una maquinaria sígnica con sus propias convenciones, también con sus propias tradiciones. Sean tradiciones de danza, de texto, de formas de hacer, las tradiciones del teatro están ahí viendo el tiempo pasar, transmitidas, contadas, vividas, pero perdurables, insistidas.

¿Qué hace una mujer en el teatro? ¿Qué hacen una y una mujer en el teatro? ¿Qué hacen una y otra mujer? Pues hacen de una mujer y de una mujer. O de una mujer y otra mujer, sabiendo que en el teatro, como en la vida, son una mujer y una mujer, una mujer y otra mujer. El sujeto una mujer en el teatro, como en la vida, es un sujeto una mujer, con lo que usarán todas las tradiciones del teatro para mostrarnos cómo es el sujeto una mujer en el teatro, así como en la vida, o al menos cómo el teatro como la vida nos habla del sujeto una mujer. 

El sujeto una mujer, en la vida como en el teatro, tiene asignado una serie de atributos, está constituido por una serie de características que existen en tanto en cuanto es un sujeto subalterno, en tanto en cuanto reitera en lo que enuncia aquello que le es propio como sujeto subalterno. Vemos mucho en el teatro últimamente la enunciación literal de que la mujer está oprimida en la vida. Lo vemos en textos, en danza. La efectividad de esta literalidad es limitada porque si bien coloca a la mujer oprimida en el lugar de enunciante universal, de enunciante sujeto un hombre, difícilmente desarticula el sujeto una mujer en el teatro y en la vida.

Lo que hacen sin embargo Mathilde Monnier y La Ribot en Gustavia es jugar con lo asignado al sujeto una mujer en el teatro y en la vida, para explotarlo, agotarlo, llevarlo al absurdo. En ese llevar al sujeto una mujer a los límites de su propia identidad – identidad como arquetipo, como sujeto subalterno – al mismo tiempo que se desarticula el sujeto una mujer, se intuye una expansión en el mismo cuerpo, en la misma acción, incluso en el propio espacio escénico, sonoro y lumínico, de lo que es un sujeto, o más bien de cómo dejar de ver sujetos. En un lugar como el teatro, donde el complejo de convenciones suele crear un continuo cierre de filas de los significados, de las temáticas, de los sujetos, las creadoras consiguen escapar todo el tiempo a estas asignaciones cerradas. Es curioso cómo la insistencia en ir hacia un callejón sin salida nos lleva a vislumbrar un horizonte que no creíamos que estuviera allí.

Una mujer que llora teatralmente y otra mujer que llora teatralmente. Una mujer que es sensual y otra mujer que es sensual. Una mujer fuerte y otra mujer fuerte. Una y otra mujer que compiten por llorar teatralmente, por ser sensuales, por ser fuertes. Se conoce que las mujeres compiten todo el tiempo y a veces incluso se pegan. Pero nos reímos de ello, nos reímos a través del gag, del clown, a través de la tradición teatral, para que  llevados por la repetición extrema del gag, del clown, de la tradición teatral, dejamos de ver el gag, el clown, la tradición teatral y percibimos a dos personas que hacen cosas en escena o simplemente son en escena. Y nuestra mirada se puede posar entonces en el cuerpo de una persona o de otra persona. Y percibimos que son un quien cada una de las personas, pero no un quien con nombres y apellidos, aunque sabemos que son Mathilde Monnier y La Ribot. Un quien que queda desprendido de la formulación de una designación concreta que les defina. No son más una mujer y otra mujer, o Mathilde Monnier y La Ribot, o incluso una española y una francesa, aunque hablen una en francés y otra en español. Son. Y al ser, podrían ir más lejos, podrían llevarnos incluso a la abstracción. No van allí, se la intuye, pero no la despliegan. Eso sí, nos señalan que allí está si dejamos de ver sujetos encima de la escena. La abstracción u otros lugares de percepción no sujetos.

La escena europea vio a finales de los 90 del siglo pasado cómo creadoras, mayormente creadoras en danza, como la propia Ribot, se alejaban de la escena de distintas maneras, se alejaban también de lo que se consideraba danza, para llevar a otros lugares partes de la escena con ellas, partes también de la danza, o traían otras cosas a la escena. El teatro se había quedado pequeño o simplemente se sentía el teatro como una maquinaria tan sígnica, tan convencional, tan creadora de sujetos que difícilmente se podía tratar con un cuerpo propio que sería continuamente sígnico, atrapado en la convención, sujeto. El reencuentro, después de la experiencia en otros lugares, con otras personas, con otras disciplinas, en otros contextos, de Monnier y La Ribot, con la escena en Gustavia, empleando además sus propias tradiciones para tratar un tema tan específico, nos da tal vez una medida de posibilidad para la escena, siempre y cuando seamos capaces de saber cómo funciona esa maquinaria y cómo nos sujeta.

Licenciado en Arte Dramático por la ESAD (Valencia). Cursó estudios en danza entre Valencia y Bruselas y en la EDDC (Arnhem, Holanda). Cursó también el Máster de Producción Artística de Bellas Artes en la Politécnica de Valencia. Ha compaginado sus trabajos de creación en danza con colaboraciones con otras compañías. Forma parte del colectivo de artistas escénicos y performativos cabra (principalmente residentes en Bruselas pero de diferentes procedencias) y actualmente desarrolla trabajos entre danza y acciones performativas. Participa en tareas de producción en Russafa Escénica y otros proyectos artísticos. Escribe eventualmente sobre danza y artes escénicas en su blog. En 2017 presenta “Lapislázuli” en Espacio Inestable, un solo de creación escénica y codirige con Sandra Gómez “Exhausting Hug”, presentado en la Sala Carme Teatre.

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