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The Santa Claus Guy. Tina Fores. ©Brenda Canatelli

¿Y mañana qué?

Recetas periodísticas para la comunicación cultural que viene.

Muy bien, tu creatura creativa ya avanza patizamba por los circuitos escénicos. Ahí está. Dispuesta a salir de entre bambalinas y conquista del mundo. Pero hay un pequeño problema, ¿cómo traspasar ese amor materno a los potenciales espectadores? ¿Cómo presumir de proyecto recién parido? ¿Cómo hacer que unos desconocidos caigan rendidos ante esa pieza que a ti te tiene enamorado hasta el tuétano? Si de verdad aspira a sacudir espíritus y conmover epidermis ajenas, la práctica artística necesita ser comunicada. Sus esporas exigen ser esparcidas en otros ambientes, en mesas, manos y gargantas lejanas. Y para ello, pues sí, hacen falta los medios de comunicación. Y aquí es donde surgen los interrogantes, las esperanzas, los recelos… Periodismo y creación escénica no siempre comparten códigos y objetivos, pero sí trabajan con un mismo material: la red de intervenciones culturales que tejemos diariamente a nuestro alrededor. 

Agarrando esta premisa a modo de brújula conceptual, cabe preguntarse, si la evolución en las artes afectará a la forma en la que los comunicadores hablan de ella. Y, del mismo modo, si los cambios constantes que se están viviendo en las redacciones pueden provocar mutaciones en el ecosistema cultural. Para resolver estas cuestiones y unas cuantas más, hemos reclutado a cinco periodistas especializados en las galaxias de la cultura y curtidos en diferentes trincheras de la palabra. A la faena. 

Para trazar las directrices del futuro, conviene haber asido con firmeza el presente. Así, si queremos aventurar cómo será el periodismo cultural de mañana resulta necesario preguntarse qué dificultades convendría solucionar en el hoy. ¡Camarero, una de escollos en el camino con bien de actualidad! Allá vamos.“En un medio con una plantilla pequeña, el principal reto es el tiempo”, expone Sixto Ferrero, responsable de Cultura en el periódico La Veu. Hablar de comunicación cultural supone aquí hablar de relojes frenéticos, agendas rebosantes y jornadas al borde del colapso. Si, como dicen, la falta de horas es uno de los grandes males del siglo XXI, en el caso de la comunicación diaria, el drama se eleva a la enésima potencia. “Después de cubrir ruedas de prensa, preparar temas para el día siguiente y para el fin de semana, no tengo tiempo ni fuerzas para cubrir  actos o si lo hago es en detrimento de otras cosas”, lamenta. Con la mirada puesta en pasado mañana, no encuentra presagios demasiado halagüeños: “si en los periódicos que dependen de grandes grupos editoriales o los que cuentan con importantes inversores privados, las secciones de Cultura están como están, en los medios independientes, la precarización de  recursos es un modo de hacer. Hay que llevarlo, aprender a trabajar con ese rol y sacar provecho de las oportunidades que te dé la actualidad”. 

En cuanto a Carmen Velasco, jefa de Cultura del periódico Las Provincias, considera que lo primordial para los periodistas especializados en cualquier ámbito es “saber diferenciar la información de la promoción”. En este sentido, defiende que la información cultural no debe “limitarse a ser una agenda sobre eventos culturales. Se han de establecer prioridades y tratamientos específicos sobre los eventos culturales, es lo honesto. No todo vale, no todo es igual. Transmitir las notas de prensa o los datos elaborados por partes interesadas no añade valor”.  Y en ese anhelo por transmitir información de calidad, con sus matices y sus aristas múltiples, destaca como variables a tener en cuenta “la calidad de la programación de un evento artístico, la ambición (local, nacional e internacional) y la vinculación con el tejido cultural de la ciudad donde se desarrolla”. Además, subraya que si el evento se realiza con dotación económica o gestión pública “el periodismo cultural ha de hacer un ejercicio de exigencia (transparencia, eficacia, etcétera) a la Administración o a sus responsables”. 

No solamente vale con observar, también es necesario ser observado y recibir la entidad necesaria. En ese sentido, Begoña Jorques, redactora del diario Levante-EMV, considera que el gran escollo al que se enfrenta como profesional consiste en “dar visibilidad y relevancia a la sección de Cultura” en su propio diario. Una misión que podría parecer sencilla dada la abundancia de producciones e iniciativas, pero que acaba sucumbiendo ante las rutinas productivas de los medios: “suele ir relegada a las últimas páginas de los periódicos. Salvo informaciones ‘bombazo’ o con imágenes impactantes no aparecen noticias culturales en portada”. Falta espacio y el cajón de contenidos rezuma. “El principal reto es tener la suficiente información sobre el evento antes de abordar el tratamiento a darle. En muchas ocasiones es una odisea buscarla y encontrarla. No hay notas de prensa, no hay webs, no hay fotos de alta resolución… Resulta increíble que aún no se le dé a la comunicación la importancia que tiene”, comenta tajante Rafa Rodríguez, responsable de la revista online Verlanga. 

Además de esa falta de información previa, Rodríguez también destaca que en ocasiones debe enfrentarse a “la escasa voluntad de los responsables a ser entrevistados, creyendo que su trabajo finaliza encima o detrás de un escenario. De igual manera, también aparecen reticencias a participar en algún tipo de artículo que se aleje de la típica entrevista”.  ¿Caminamos hacia una mayor armonía respecto a estas cuestiones? Para el fundador de Verlanga ese horizonte solo será alcanzable si se asume “un grado mayor de profesionalidad en las relaciones con los medios. Es decir, cuando la comunicación de un montaje, por ejemplo, tenga el mismo rango de importancia que la iluminación o la puesta en escena del mismo”. Artistas y periodistas trabajan a menudo a partir de estímulos, necesidades y criterios muy distintos. Y, sin embargo, la relación entre unos y otros no avanza a trompicones, sino que se desarrolla de manera bastante fluida: “hay intereses comunes y, por tanto, se establecen relaciones de retroalimentación. El periodismo cultural requiere para sus contenidos de la participación de los artistas y estos necesitan al periodismo como herramienta para difundir su actividad. Dicho esto, también se registran fricciones porque los criterios para acercarse al hecho cultural de unos y de otros difieren, sobre todo en informaciones relativas a la gestión cultural”, apunta Velasco. 

En la misma línea, Ferrerro, aunque reconoce la fluidez como normal general también destaca que “hay divos y divas que tienen sus grandilocuencias. Al final, todo entra dentro del show”. También apunta a esa matriz de motivaciones dispares: “Los artistas creen que todos los periodistas escriben para publicaciones especializadas. Les gusta filosofar, hablar mucho y muy bien de su libro, una cosa que es lógica, pero no entienden que se les haga preguntas con un sesgo político o social, porque a lo mejor  el redactor busca una idea o titular para vender el espectáculo en un  medio generalista. Que te compren el tema y publicar”. Eso sí, también hay aquí espacio para la autocrítica, faltaría más: “los periodistas muchas veces nos olvidamos de poner el acento en la parte artística de las propuestas, que al final, es el material con el que trabajamos: la creación”. 

Un fantasma que recorre escenarios y redacciones

Y llegamos a la madre del cordero, el fantasma que recorre tanto los patios de butacas como las redacciones de todo el país: la precariedad. Una situación que atraviesa todo tipo de sectores productivos, pero que parece estar cebándose con especial deleite en los universos creativos y comunicativos. Artistas y periodistas se ven así unidos por una poco deseada compañera de viaje: la fragilidad laboral, que acaba desembocando en una incertidumbre vital exacerbada. 

La precarización se conjuga en presente, pero ya tiene atrapado el futuro bajo sus garras. Su  sombra es alargada.“Yo acumulo horas de trabajo y esfuerzo. Resumiendo: la vida no me da para más”, sentencia el redactor de La Veu. “Becarios, colaboradores y autónomos son las figuras contractuales que están detrás de los trabajadores culturales, también en el periodismo. El lado oscuro del sistema cultural es la precariedad y ésta se está normalizando. La precariedad redunda en la inestabilidad, que suele pasar factura a la calidad. Es necesario que reflexionemos sobre el modelo de negocio de los medios de comunicación”, defiende Velasco. 

Así lo explica Rafa Rodríguez: “La precarización se traduce siempre en un exceso de trabajo, que se traduce siempre en un descenso de la calidad del mismo y que implica que solo haya tiempo para trabajar o buscar más trabajo. Y en los trabajos creativos hay una cosa absolutamente necesaria para la que parece que nunca hay tiempo: pensar”. Por ello, el agitador de Verlanga considera que “debería ser básico frenar, no solo para descansar, sino para mirar e investigar lo que otros están haciendo en tu disciplina, para formarte, para buscar pistas inspiradoras incluso en espacios alejados de tu entorno profesional. Y todo eso repercutiría en un mejor trabajo”. Parar, respirar, reflexionar se convierten así en balsas imprescindibles para una existencia sana y placentera. “Pero la precariedad lo engulle todo, hasta el punto de que muchas veces el ocio, los hobbies, se convierten en una proyección directa (o no) del trabajo y acabamos viviendo en una jornada eterna 24×7”. La apisonadora de la empleabilidad, de los contactos, de la enésima urgencia acaba por dinamitar las fronteras entre vida personal y laboral: ambas se funden en una misma rueda en la que correr cual obediente hámster de rasgos antropomorfos.

Ante la incerteza sobre los días que vendrán, Velasco cree que “la figura del periodista cultural seguirá siendo necesaria con independencia de las condiciones laborales”.  Del mismo modo, ansía que la información sobre artes escénicas “no sea víctima de los algoritmos ni de la tiranía del clickbait, entre otros motivos porque es una manifestación artística que no se presta a soft news ni titulares morbosos. El periodismo es contar historias atractivas e interesantes y las artes escénicas son favorables a ello gracias a entrevistas con creadores o contenidos sometidos a miradas particulares”. “La dictadura de lo inmediato juega contra las piezas complejas y matizadas. En periodismo, lo veloz suele implicar una caducidad rápida y cabe preguntarse qué tipo de productos buscan los agentes (lectores, artistas, gestores…) del periodismo cultural. Caminar por la información como si fueran imágenes, casi surfeándolas, es quedarse en la superficialidad de las cosas. El periodismo ha de abogar por la profundidad”, señala.  

Entrado en la harina específica de las artes escénicas, Rafa Rodríguez considera que este sector tiene cada vez “más espacio en los medios, aunque generalmente focalizado en la producción y exhibición en Madrid y Barcelona. Además, que en muchas ocasiones los montajes tengan una vida limitada, efímera y muy localizada no favorece su posible repercusión mediática. Su recorrido es mínimo en la prensa porque las previas aún pueden ser rentables informativamente hablando, pero la publicación posterior de críticas cuando el espectáculo ya no está en la cartelera, funde sus posibilidades. El futuro seguramente irá ligado a la corrección de esos aspectos, en definitiva, a la sostenibilidad de las artes escénicas”.

Y ahora, un momento de atención, por favor. Silencio. ¿Sí, ya os tengo a todos avisados? Ok, pues Rodríguez pide aquí hacer hincapié “en algo que es responsabilidad directa de las compañías a la hora de conseguir ese mayor peso mediático: la necesidad de que entiendan que deben contar las sinopsis de sus obras de manera que los medios y el posible público lo entienda, y no jugando con metáforas de altos vuelos, que quedan muy bien, pero no van a ningún lado”. “Es increíble la cantidad de dramaturgos que no saben (o no quieren) contar su creación siguiendo los patrones clásicos narrativos. Parece que para ellos sea como traicionar su profesionalidad o algo así, y no se dan cuenta que se están pegando un tiro en el pie”, expone vehemente el responsable de Verlanga.

La pesadilla de las butacas vacías

Más allá de lo que pueda opinar Indiana Jones, el auténtico Santo Grial -al menos, en lo que a artes escénicas se refiere- es la llave misteriosa que logre, tanto consolidar los públicos ya existentes, como atraer a nuevas audiencias a las salas. ¿Puede quizás ejercer el periodismo ejercer ese papel de catalizador cultural, ser la solución a esas butacas vacías que traen de cabeza al sector? Pues parece ser que no, habrá que seguir probando. “La prensa tiene un peso importante, pero no el más importante. Nuestra labor ha de ser divulgativa y didáctica. Hacer accesible la cultura a nuestros lectores. La consolidación de espectadores depende de diversos factores que han de salir, fundamentalmente, del sector de las artes escénicas: saber qué quiere el espectador, una política de precios ajustada…”, sostiene Jorques. “La política cultural pública ha de trabajarse la demanda de audiencias y, en este punto, la prensa es un aliado”, opina Carmen Velasco.

Pero si hablamos de los medios como prescriptores, Rafa Rodríguez no se muestra demasiado optimista por estos lares: “en la música y el audiovisual, la batalla está perdida: la supuesta democratización que ha significado Internet para acceder a los contenidos ha noqueado el papel de los periodistas culturales. Su opinión no vale más que la del de al lado, aunque esté argumentada y con una base de conocimientos. En las artes escénicas aún hay cierta supervivencia, sin embargo, su difusión es muy limitada y diría que gremial. No tiene mayor repercusión más allá del entorno de la profesión o del público muy interesado, por lo que no creo que una buena reseña tenga efecto inmediato en las taquillas”. 

Como alternativa, considera que los comunicadores “deberían centrarse más en la parte informativa (y, de alguna manera, formativa) de las artes escénicas, y de la cultura en general. En descubrir qué cuentan las obras, quién está detrás, buscar historias a su alrededor. Pero no ya por consolidar público o atraer otro nuevo, que en definitivamente no es el trabajo del periodista, sino por despertar el interés por la cultura”. “Debemos ajustar nuestros códigos y adaptar nuestras expectativas. Estamos aprendiendo a hacerlo sobre la marcha y sin manual de instrucciones”, recuerda la comunicadora de Las Provincias. En el mismo sentido, Sixto Ferrero señala que el periodismo cultural “sigue teniendo sentido en el papel sociológico, histórico, notarial para que quede recogida o documentada la vida cultural del presente en los medios de comunicación”. En definitiva, sostiene que el periodismo contribuye a confeccionar un imaginario social en el que “una voz más o menos autorizada repita la necesidad de vivir el hecho cultural, de acudir al teatro”.

 Poco importa el momento en que se tome la fotografía: periodismo y artes escénicas se mantienen en pie como dos realidades que vibran juntas, pero a compases diferentes. Se seducen mútuamente, pero también se bifurcan cuando sus anhelos difieren. En ocasiones, arriban a buen puerto bien amarradas la una a la otra, pero en otros momentos encallan en distintos acantilados. Ante todo, dos supervivientes al tiempo, a las costumbres, a los vaivenes de la sociedad o a la economía. Al fin y al cabo, ambos encuentran su razón de ser en hilvanar relatos y transmitir emociones a quienes se acerquen a ellos.

Comments (1)

  • jacobo

    artículo que nos pone los pelos de punta en estos momentos

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