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El privilegio de hacer teatro

Vamos a empezar la década de los 20’s sin haber resuelto la “crisis” por la que atraviesa el teatro. Digo “crisis”, así entre comillas, porque lleva tanto tiempo hablándose de su existencia que más que un hecho coyuntural empieza a parecer el estado habitual de las cosas. Sin embargo, soy optimista, creo que entramos a la década de los 20’s, sí, en “crisis”, pero más armados y con mejores herramientas para entender y atender las muchas problemáticas que rodean nuestro quehacer teatral.

Muchos de los problemas que nos aquejan no son una singularidad mexicana, ni un diferencial idiosincrático, sino problemas que todas las industrias teatrales del mundo están atravesando con inusual paralelismo. Me refiero a la falta de público en las salas, la sobre oferta de contenido, la llegada de nuevos medios de entretenimiento masivos, la ausencia de inversión gubernamental y privada, la centralización y concentración del presupuesto y de la oferta en las grandes ciudades, y un largo etcétera que para nadie debe ser novedad. Intentar, por ende, desfragmentar el concepto de la “crisis” en sus mínimos elementos sería un ejercicio estéril, pero sí creo posible sintetizar el concepto de “crisis” en la que resulta la consecuencia lógica de todo lo anterior: el teatro en México se hace en condiciones de precariedad. 

Y es aquí donde creo viene a cuento el cambio de paradigma con el que entramos a la década de los 20’s, el enemigo a vencer tiene nombre y finalmente podemos hablar de consenso. Podría sonar a una obviedad decir que la precariedad es un problema, pero hay mucho de valía en enunciarlo, en verbalizarlo. Durante mucho tiempo se nos adoctrinó bajo la idea de que dedicar nuestra vida al arte era una decisión romántica, que dar función era en si un privilegio y que debíamos estar agradecidos por el simple hecho de poder pisar un escenario. Y sí, a todo lo anterior sí, pero no como justificaciones para la precariedad.

Tal vez sea únicamente mi percepción, pero siento que, en años recientes, los hacedores de teatro en México hemos entendido dos cosas alrededor del problema de la precariedad: Que nadie, excepto nosotros, le va a dar solución, y que para hacerlo tenemos que estar juntos. Y eso, creo, tampoco es poca cosa.

Entraremos a la década de los 20’s admitiendo nuestra irremediable condición de orfandad. Empezamos a entender que el gobierno y las instituciones a cargo de la política cultural tienen un rango finito de acción. Sin duda el Estado queda a deber ante el gran espectro de acción que debería ser capaz de atender en materia cultural. El presupuesto es insuficiente. En 2018, en México, el presupuesto de cultura representó apenas el .22% de todo el gasto público. Si además revisamos a detalle los mecanismos de distribución de dicho presupuesto, nos encontramos fácilmente con un excesivo costo del aparato burocrático, proyectos (ocurrencias) siempre caprichosos de la administración en turno, oferta asistencialista y en realidad, poco apoyo directo a la comunidad artística para proyectos de creación o circulación de obra. Y con todo, el Estado es y seguirá siendo el mayor productor de arte y cultura del país. Hablo entonces de orfandad porque la identidad del Estado ha ido mutando en la psique de los artistas, ha dejado de ser el padre proveedor para convertirse más bien en un tío lejano, que cada tanto ayuda, pero que no necesariamente velará por nuestros intereses. El teatro mexicano, quiero suponer, llegó a su mayoría de edad, y está siendo por primera vez consciente de su indeseable e irremediable independencia.

Queda entonces la supervivencia. Y el instinto dicta que nuestras posibilidades aumentan si hay unión. Y ahí estamos. Evaluando la necesidad, real y no romántica, de hacer comunidad. 

El Colegio de Productores de Teatro, la Red de Espacios Culturales Independientes, el Movimiento Colectivo por la Cultura y el Arte en México, el Congreso Nacional de Teatro, el Congreso Nacional de Danza, la Red de Cooperativas Culturales, Vestuario a Escena Asociación Civil… Todos ejemplos de organizaciones de la sociedad civil conformadas en los últimos tres años. Observatorios ciudadanos, redes sub gremiales, asociaciones de artistas, alianzas entre huérfanos finalmente, que entienden y dimensionan dos preceptos básicos de la organización ciudadana: la colectividad y la representatividad. Y que ahora buscan entablar líneas y vínculos con asociaciones más longevas, como la Asociación Mexicana de Productores de Teatro o la Asociación Nacional de Actores o la Sociedad General de Escritores de México o el colectivo Dramaturgia Mexicana, agrupaciones que a su vez se están renovando y regenerando para poder mantener el diálogo con las nuevas colectividades. Tal vez me estoy adelantando, pero muchos nos sentimos en la antesala de lo que bien podría ser una futura Cámara Nacional de la Industria de las Artes Escénicas, o dicho en otras palabras, un tren imparable de artistas.

Por lo pronto esta nueva forma de ciudadanía parece estar rindiendo sus frutos. Recientemente se redactó y se presentó en el Congreso de la Ciudad de México la primera Ley de Espacios Culturales Independientes, la cual debe entrar en vigor a inicios de 2020. Y actualmente se está trabajando la redacción de una Ley General de Artes Escénicas que debe quedar lista el próximo año. Además de cientos de acciones pequeñas y discretas que no llegarán nunca a ocupar los titulares, pero que día a día nos dejan ver el músculo que logramos cuando somos comunidad. Desde pedir en calidad de urgente, en un chat exclusivo de productores, líquido para máquina de humo, y saber que la ayuda llegará a tiempo antes de la función de las 20:00 hrs., hasta coordinar una campaña nacional exigiendo mayor presupuesto a cultura bajo el hashtag #MéxicoSinArtistas. La unión está siendo la respuesta.

Así el futuro de las artes escénicas en México. Atravesando una “crisis” que empieza a dejar de parecer eterna, asumiendo su condición de orfandad con inusual madurez y apostando por hacer comunidad como único mecanismo de real supervivencia. Los 20’s serán una década retadora y emocionante para quienes hacemos artes escénicas en mi país. Hacer teatro en México es un privilegio, en el mejor sentido de la palabra. 

Director y productor de cine y teatro. Socio fundador del Colegio de Productores de Teatro y de la Red de Espacios Culturales Independientes Organizados de la Ciudad de México. Director de Vinculación y Gestión Cultural en Shakespeare&Cia.

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