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El Festival Russafa Escènica: El pulso de la escena actual

El festival Russafa Escènica de Valencia es una cita obligada al inicio de cada temporada. Son ocho ediciones seguidas del evento dirigido por Jerónimo Cornelles con un gran equipo que se celebra cada año durante la segunda quincena de septiembre. Su interesante programación se ha dividido siempre en tres secciones: Viveros, destinados a piezas de media hora, Bosques, de una hora, y el Invernadero, donde se presenta la pieza más extensa y de mayor calado con producción del propio festival.

Su particularidad dentro de la evolución de las artes escénicas es la representación realizada en espacios no convencionales, salvo el Invernadero exhibido en la sala Russafa. Cada uno está acompañado de trabajos de artistas plásticos. De esta manera se une a esta corriente de la escena contemporánea, a veces llamada “circuitos off”, nacida para buscar nuevos espectadores y, además, para poder trabajar en momentos de crisis. Igual que existe el espectáculo de calle, desde la última década del siglo XX esta corriente ha buscado al público montando los espectáculos en casas, garajes, patios o tiendas.

La apertura a cualquier lugar y asistente posee sus riesgos puesto que las funciones no se realizan en lugares preparados para asumir las potencias eléctricas necesarias o poseen obstáculos físicos, cuando no una acústica deficiente. Pero es una buena manera de dar proximidad a las artes escénicas y un sentido abierto alejado de cualquier sospecha de elitismo o alejamiento de la sociedad ajena a tenerlo como un hábito cultural. En cierta medida recupera la idea clásica del teatro como fiesta y ocio desde el intimismo expositivo con un pequeño grupo de espectadores.

De estas producciones “off escena”, que sería un nombre más apropiado, suelen surgir espectáculos muy sugerentes e interesantes. En el campo laboral, permite sobrevivir a los tiempos. Pero, sobre todo, da la oportunidad a muchos jóvenes creadores, actores y técnicos, para ir completando su formación y  enfrentarse a un público cercano, o al menos no alejado como en los teatros convencionales. Para el espectador, además, existe el atractivo del precio módico de las localidades por lo que es frecuente el público joven en cada sesión. 

En el ámbito internacional proliferan estos festivales. Por ceñirnos a Latinoamérica, los tenemos en México, Bogotá, Buenos Aires o La Habana entre otras ciudades. En Valencia también hay dos festivales de concepción semejante: Cabanyal Íntim y el Bucles de danza. Los tres tienen una función social además: dinamizar el barrio por medio de la cultura de las artes escénicas. Y lo consiguen: le dan vitalidad y músculo durante unos días, además de situarlos en el mapa de la ciudad y recibir atención desde el exterior.

Centrándonos en la edición de este año del festival, el lema sobre el que han girado todos los espectáculos ha sido “Ruidos”, como en las anteriores fueron “Familias” o “Miedos”. Todas las producciones tenían alguna relación temática o formal con los ruidos o con la ausencia de ellos. También las actividades paralelas a los montajes atienden al ruido de las diversas formas de pensar, como el taller de gestores y programadores, la performance callejera sobre la contaminación acústica El soroll contra mi, jo contra el soroll, el concierto del Cancionero Ruidera de 2Sisters, el curso de escritura “De la idea al paper” impartido por Chema Cardeña en el salón de actos de la SGAE, talleres, cine, un concierto de Carlos Luna Spoken Word, y música electroacústica o meditación colectiva entre otros. Así pues, propuestas escénicas acompañadas de actividades que dejan al festival como un motor de proyectos culturales en la ciudad.

Los Viveros de la octava edición

Los Viveros de este ejercicio han ofrecido un altísimo nivel cualitativo en general. Los diez trabajos seleccionados, además, caminaban por distintas tendencias estéticas, desde las más tradicionales en su construcción hasta las plenamente audiovisuales, con ausencia de libreto e incluso actores. De esta manera, el abanico de tendencias del festival se ha beneficiado de una ampliación estética notable.

El festival posee un premio patrocinado por la Fundación SGAE a uno de los Viveros. El jurado lo concedió a la obra Shhhh! de Marian Villaescusa, también su intérprete, que le permitirá ampliar el trabajo y representarlo bajo la supervisión de Chema Cardeña en la sala Russafa. Recoge su lucha personal contra el cáncer y la propia experiencia de su superación. Pero lo más positivo del montaje es el tono original desenfadado y hasta cómico para narrar una historia en primera persona tan dramática. Su tragedia está dentro del discurso pero su forma desprende vitalidad y ejercicio teatral bien construido. Para ello, personifica al tumor en el actor Albert Martínez, quien aparece por las escaleras del piso superior del Estudio Pespunte como figura “travoltiana” para entablar un combate de boxeo con Marian. Cuando parece que va a vencer el tumor, con la paradójica escena con la muerte, ésta le da una segunda oportunidad convencida de no conseguir superar la enfermedad. Pero finalmente, lo logra y el tumor aparece por última vez mareado, desaliñado y despeinado, vencido por el tesón de Marian.

La conclusión del trabajo autobiográfico es una invitación a la vida. La actriz acaba queriendo al “tu(a)morcito” porque la he enseñado a vivir; a abandonar la vida superficial y frívola anterior a la enfermedad. Con treinta años cumplidos, le agradecerá siempre haberle descubierto la realidad. Pero además del mensaje, sorprende el ingenio desplegado desde el saludo previo al inicio de la sesión, con las proyecciones de su vida, el texto fresco y dinámico para un tema tan duro, la simpatía del enfoque, el magnífico dúo interpretativo, y sobre todo la teatralización máxima que gradúa in crescendo el interés del espectador, que sale con una sonrisa ante el optimismo y vitalismo exhibido.

El conocido proyecto científico Nim sirve de argumento Nim Chimpsky, texto del joven Aarón Sánchez bien dirigido por Pau Vercher donde destaca la interpretación de Aitana Bueno, como el chimpancé con el que el profesor Terraza quería invalidar la tesis de Noam Chomsky sobre la imposibilidad de la adquisición de estructuras lingüísticas de los primates frente a los humanos. 

Es interesante a la hora de plantear el conflicto entre la sociabilidad y el aislamiento definido, aunque el libreto se desorienta en la última parte, a pesar del excelente monólogo final del chimpancé en la jaula. El tema da para mucho más y quizá lo representado puede formar parte de un texto más extenso porque deja muchos puntos y temas abiertos sobre el conflicto ético entre ciencia y sentimientos humanos. Sí subraya con suficiencia la existencia de retos muy peligrosos, así como el tira y afloja entre la joven investigadora y el profesor Terraza. Una historia que necesita más desarrollo por su amplitud y ahí está su mérito.

La veteranía de Francachela Teatre permitió el brillo de Espérame en el cielo, escrita y dirigida por los miembros de la compañía, Isabel Caballero y Jacobo Roger respectivamente. Parte del conocido caso de la descuartizadora del cine Oriente, María López Ducós; el suceso real de 1950 ocurrido en la calle Sueca del barrio de Russafa de Valencia. Es obvio que nos va a contar esta historia sabida pero lo hace desde un punto de vista entre el humor y el drama, con equilibrio sin llegar a los extremos de ambos: el pasado con perspectiva hacia el presente. El comienzo tiene su punto de humor macabro, cuando se cita a la calle Sueca como espacio donde han sucedido los descuartizamientos más resonantes de Valencia, con la cita de otro acaecido recientemente, en 2017. 

Isabel Caballero da un tono personal entre irónico, con cierta sorna, y de respuesta a la autoridad a la recreación de María, la señora de la limpieza malquerida del conserje del cine, Salvador Rovira Pérez; la descuartizadora del cine Oriente a la que siempre le gustó bailar, emigrada desde Barcelona para buscar una vida mejor. Pero su alcohólico y violento marido nunca la sacó a la pista. Caballero construye al personaje, le da realce y lo modela para dirigirnos hacia la reivindicación de las mujeres que padecieron en silencio el sometimiento al marido durante tantas décadas del Franquismo… y posteriormente. Y ello sin caer en un discurso feminista de lugares comunes: con un personaje individualizado, con potencia teatral y un manejo combinado muy resaltante del vestuario y el atrezo. 

El texto da para más porque su visión lo convierte en una crónica sociológica de una época y de la mujer durante los años cincuenta con proyección a la actualidad ya que queda mucho por hacer para lograr la igualdad de géneros. Los detalles de humor negro y las referencias a la actualidad enriquecen un muy buen trabajo.

Con un aire más juvenil y desenfadado se presentó Azulejos así ya no fabrican de Cristina Martínez y dirección de Marcos Sproston. Con la repetición del párrafo siguiente, construye cada uno de los encuentros entre una joven y el albañil que reforma la vivienda que se dispone a habitar: ‘¿Qué quieres que haga con los azulejos del baño? Los azulejos van fuera. ¿Van fuera? Sí. Lástima. Azulejos así ya no fabrican’. Aunque en realidad, el albañil no hace nada y pone el radiocasete para simular los golpes de la reforma mientras se come un sándwich. 

Los toques sorpresivos ingeniosos, la dislocación temporal y la repetición de diálogos, hasta que la joven reprocha al albañil que aún no haya tirado un tabique de la vivienda, son los rasgos de esta comedia absurda donde la realidad se diluye en los recuerdos y la memoria hasta crear una nueva imaginaria. ¿Qué hay detrás del tabique? Toda una vida. Bien interpretada con el tono adecuado, destaca la buena resolución del giro de actitud del personaje de Luz Araque.

Rubén Rodríguez Lucas, conocido miembro de la compañía castellonense Visitants, es el creador de Margarida, con dirección de Pablo Sanchis. Fue uno de los trabajos más valorados del festival por su construcción, su texto y su estructura. Cuenta la historia de Margarida Borràs, el primer hombre valenciano que decidió transexualizarse allá por 1460 y  fue ahorcado en la plaza del Mercado después de ser sometido a escarnio público. 

Pero no se trata de una recreación histórica de su figura o de los acontecimientos. El centro es Miguel, un joven de quince años en el presente. El joven, ataviado de blanco pintado con palabras despectivas hacia la homosexualidad y la oreja simbólicamente herida con sangre por soportar los insultos y las burlas de los compañeros de instituto, vive un cruce mentral con Margarida, que aparece detrás de telones de plástico grisáceos ataviada de época. Sus espíritus y caminos se cruzan hasta compartir pensamientos, miradas y silencios, y convertir la obra en canto a la libertad y al derecho a elegir el camino sexual deseado. 

La actuación de Paula Santana es sobresaliente. Sabe darle vigor a Margarida, contando su historia y expresando sus sentimientos. Además, en un cambio de apariencia y vestuario súbito fuera de escena, encarna a la madre comprensiva de Miguel, intepretado por Étienne Bermell con un tono demasiado ingenuo y poco teatral. El drama transmite intensidad  sobre todo en la escena final cuando reconoce que Margarida vive en él. La dirección de Pablo Sanchis da un sentido global al magnífico texto, salvando la dificultad de la caída en algunos tópicos sobre la homosexualidad y los hombres con sentimiento de mujer.      Y narrado con mucha sensibilidad en una escenografía aprovechada y una penetrante iluminación para imbuir al espectador. Emocionó.

Entre los trabajos que escapan a un modelo de teatro convencional destacó Foley artist, escrita y dirigida por Sergio Serrano. Con un apropiado título tanto por su forma como por la profesión de su narrador-protagonista, un joven “artista de efectos de sala” o sonidista con sueños de integrarse en las producciones cinematográficas y hacerse un hueco en el sector. Sin embargo, su encuentro con un vagabundo búlgaro cambiará su visión del mundo. A veces los sueños no se convierten en realidad.

El trabajo interpretativo de Jorge Valle sorprende. Siempre lo habíamos visto como actor de reparto en la compañía Bullanga. En ‘Foley artist’ juega de maravilla en un espacio muy reducido con numerosos objetos, muchos extraídos de la basura: maquetas y miniaturas de casas, contenedores o zapatillas. Valle dramatiza y narra muy bien la historia, dando realce a los momentos más tensos, moviendo los objetos a la perfección en la construcción de un discurso envolvente. Aunque hay un momento que convendría centrar, con posterioridad a la primera imagen proyectada, porque el texto pierde fortaleza y divaga. Pero poco después regresa la claridad expositiva y mantiene muy bien la sensación de desasosiego y el ritmo pausado para un tema lleno de modernidad.

Es muy loable la conjunción entre los medios técnicos en un buen diseño del espacio sonoro y audiovisual y el atrezo de elementos artesanales y físicos, donde un microcosmos, lo pequeño, se convierte en metáfora del macrocosmos humano. Los seres “insignificantes” como Pepe tienen vida. Y la solidaridad hospitalaria también.

Desde Banyeres de Mariola llegó el único texto del festival “in” en valenciano: Cavaras trinxeres. A la fruiteria. Una joven se atrinchera en su frutería familiar para impedir que se instale allí un supermercado. Con el mensaje de la defensa de la libertad frente al poder, Albert Pijuan ha creado un texto donde lo más destacable es la creación que cocinan Anna Berenguer y Sandra Monfort, con dirección de Joan M. Albinyana, hasta dar con un trabajo colectivo de difícil puesta en escena, con un lenguaje moderno y actual, donde lo audiovisual se fusiona con la interpretación. 

A priori puede parecer la historia rocambolesca de una Juan de Arco actual con un mensaje contra el capitalismo deshumanizado. Sin embargo, el antinaturalismo formal, rompiendo con las formas tradicionales, incluso del texto, y con la cuarta pared para levantar a los espectadores y concienciarles, permite que Anna Berenguer relate con eficacia, delante de proyecciones con un efecto magnífico de integración, y construya un personaje con una gran interpretación para valorar la dignidad frente al economicismo.

El artista escénico de Altea, Joan-Sabas Pardo, nos ofreció Variaciones Wozzeck, donde a partir de voces grabadas, sonidos, imágenes, objetos y luces, realiza un montaje audiovisual de la historia del soldado Woyzzeck (1836), la obra del alemán Georg Büchner, considerada precursora del expresionismo alemán. Desde un escenario de papel blanco amontonado, presidido por casacas con rostros cilíndricos de papel, y miniaturas de los elementos fundamentales de la obra de Büchner, Pardo nos da un paseo por este clásico desde una perspectiva audiovisual de voz en off e imágenes en blanco y negro en escenografía estática. Los susurros de la voz apoyados en la simbólica y sugerente proyección nos sirven de enlace con una nueva radicalización del expresionismo, cuyo objetivo es que el espectador perciba las sensaciones del argumento original, sobre todo de las emociones. Aunque el alarde técnico contrasta con la frialdad y la monotonía de la propuesta, una atrevida relectura de un clásico con medios electrónicos y sin actores.

También fue una instalación audiovisual y sonora Trío Truna, donde lo más destacable fue el uso por parte del artista Truna de medios electrónicos para obtener imágenes fundiendo los sonidos y resaltar el sueño de la posibilidad de multiplicarse. En el apartado infantil se representó Río arriba por Asteroide Ambulante, un argumento donde Lo, un entrañable espíritu, despierta e inicia un viaje sensorial río arriba por una misteriosa selva y paisajes con misteriosos sonidos y formas. Y una mariposa que acompaña.

Bosques de diferentes especies y un invernadero resistente.

Si bien fueron obras bastante trabajadas y atractivas, los Bosques de esta edición no llegaron a alcanzar la calidad de los Viveros. Uno de los más atractivos por su valentía fue ¡Habla coño habla!, texto colectivo de una ovarias dirigido por María Sorribes, e interpretado por Laura Bellés, María Martí, Arantxa Lecumberri, la propia Sorribes y Samuel Viu.

Fue una propuesta osada, atrevida y muy fresca sobre el cuerpo femenino. Los temas tabú de la mujer, considerados así tradicionalmente, salen a la luz y se habla de ellos con naturalidad, con especial relieve de la menstruación, el acoso machista o la relación social que padece cada mujer. Todo comienza con un concurso televisivo, donde los espectadores participan aplaudiendo los aciertos de la concursante o manifestando desilusión cuando falla, siguiendo las indicaciones de la coordinadora (la participación del público tan fundamental en bastantes obras del festival). La sinceridad y la honestidad con mucho sentido del humor corrosivo son lo más destacable.

Las jóvenes actrices de la compañía practican un teatro lleno de vigor físico, con danza y gesto incluidos. Pueden recordar por su valentía a La Subterránea, pero dentro de un campo más próximo a la realidad y menos poético. Aunque el montaje flaquea de ritmo en ocasiones, debido al fulgurante comienzo, lo mejor de todo el trabajo. La propuesta culmina con unas escenas finales que devuelven la brillantez de la inicial a un trabajo con naturalidad en las interpretaciones y con tacto y exquisitez para evitar la caída en el chiste fácil, en la vulgaridad o la risa necia. Aunque necesitaría bastante conexión entre las escenas. Esperanzadora compañía.

Baum es una propuesta de danza de Tremor Dance Company bastante dura. Lo fundamental fue cómo expresa lo que no se dice con palabras por parte de los cinco intérpretes. Con buenos números muy arriesgados da importancia a lo escondido en los pensamientos, con una clara defensa de la individualidad frente la uniformidad. Todo puede ser un sueño, pero eso no es obstáculo para reivindicar nuestro interior como parte de la realidad. Fenomenal el trabajo de Valentina Valentinska para demostrar la importancia de la huida silenciosa dentro del bullicio.

Muy esperado era El pacte de Adrián Novella, uno de los valores emergentes del teatro valenciano cuya obra ‘Joc de xiquetes’, estrenada en este mismo festival hace dos años, obtuvo el premio Max del público.

La compañía Bullanga reflexiona sobre la democracia, los políticos y la prensa. Denuncia la realidad pactada en la trastienda que no se da a conocer. Nueve participantes del público en el escenario y el resto en los asientos como periodistas a los que se entrega una acreditación con preguntas redactadas al dorso y cámaras de fotografía, y un servil coordinador de la reunión portador de los cafés, están ante una líder de una formación que desea dar un vuelco al sistema y otro simplemente reformista. Sus diálogos revelan la mentira de lo informado frente a la verdad.

La reunión remite a la política autonómica y nacional reciente: las disputas por las parcelas de control, lo económico frente a lo social, y la sonrisa a la prensa tras una batalla de juego sucio. El minoritario tercer partido responde ‘no’ a todo y queda fuera de los repartos. El desenlace nos suena, como muchas de las frases empleadas, hasta el punto de resultar ser lugares comunes. Quizá resulten incluso previsibles, con lo cual no vendría mal una mayor madurez y habilidad en la construcción de los diálogos.

La interpretación de Vicent Pastor destaca en esta parodia política que da la sensación de tener más minutos de lo debido, aunque en una sala convencional su extensión sería exacta. Buen texto, aun con una necesidad de permutación de esos tópicos, y dirección hábil de un Novella empapado de muchos recursos de la escena actual. El público participa, como le gusta a él, y baila, como es habitual en su atractivo teatro social con chispa y frescura.

El Invernadero de la sala Russafa deparó una nueva genialidad de la compañía La Coja Dansa. Después de ‘Desgel’ y la extraordinaria ‘Mèdul.la’, no imaginábamos que Santi de la Fuente y Tatiana Clavel, sus almas, llegarían más lejos, pero lo lograron con enSÒRDIdor.

Supuso una vuelta de la compañía a la danza salpicada de teatro físico. El comienzo es demoledor, con la aparición individual de cada intérprete repitiendo un lema conocido de manifestaciones políticas. Progresivamente, se mezclan estas consignas formando frases jocosas como muestra de la confusión social actual. Un cuestionamiento de las verdades absolutas. El individualismo prevalece en el movimiento aislado de cada intérprete, para mostrar un conjunto de caos y de cuerpos como máquinas no humanas.

El ruido distrae del conocimiento y la tranquilidad, favorecido por los medios de comunicación, la cultura del usar y tirar, lo efímero y la hiperactividad de las redes sociales. Pero la propuesta esquiva los mensajes tópicos contra él y su poder alienante: también ayuda a salir del silencio y a derruir las barreras de la sabiduría y la estulticia, y de lo viejo y lo joven. Todo con una adecuada partitura musical e interpretaciones en vivo del rapero Brone, también letrista.

Un trabajo difícil bien salvado por los buenos actores y la dirección, con unos cuadros finales con intérpretes cuya cabeza son globos. El conjunto camina hacia la defensa de una vida más rica en sabiduría y plenitud.

El semillero escénico fue un añadido más del festival, con la lectura dramatizada de las tres obras ganadoras de los últimos torneos de dramaturgia: Los tardones de Adrián Novella, Chucho de Mafalda Bellido y Chicas cocodrilo de Juli Disla. La lectura dramatizada se ha convertido en un eje fundamental para el desarrollo de la creación textual valenciana.

Saliendo de Russafa

La novedad de esta edición llegó con el añadido de una tercera semana al festival. Su particularidad fue la salida de los espacios tradicionales del barrio de Russafa, en una modalidad a la que se ha bautizado como “Russafa out”. Estas obras se representaron en espacios convencionales, los teatros La Mutant, La Nau, Rambleta e Inestable, y en otros como el solar del barrio del Carmen y museos, el MUVIM y el Carme. La organización ideó llevar montajes infrecuentes en las programaciones habituales de las salas, muy próximas al experimentalismo, a formas diferentes del teatro breve, y a los nuevos lenguajes escénicos.

Fueron dos modalidades: Parques y el Jardín Escénico. El primero reunió montajes foráneos. Se inició con el espectáculo infantil Luna en la sala Matilde Salvador de La Nau. Llegado desde Holanda de la mano de Naiara Mendioroz y Javier Murugarren, es un viaje en el que recorren la luna pero la tela que sostiene a los actores va transformándose hasta que el público joven acaba dentro de ella.

De Baleares llegó al MUVIM Xesca Salvà para ofrecernos Projecte Cases, tres espectáculos autónomos en formato de miniatura sobre la intimidad de una enorme creatividad. Un proyecto que parte de entrevistas a mujeres de diferentes colectivos para reflejar su mundo personal interior, muy sugestivo y bien ejecutado.  

Un automóvil aparcado en un espacio urbano, el solar del Barrio del Carmen, se convirtió en lugar escénico en Crudo ingente de los murcianos de Nacho Vilar Producciones, con dirección de Sara Serrano. Este espacio mínimo, íntimo, sitúa al público de pasajero en los asientos traseros durante un cuarto de hora. Delante, los actores Susan Espín y Blas Sánchez. Las risas, los ladridos van transformándose en tensión creciente cuando la joven alucinada va cayendo en la relación tóxica hasta la agresión y la supervivencia. ¿Ha sido un intento de violación? Lo cierto es que Crudo ingente es una experiencia teatral única espacial, con susto final incluido al ponerse en marcha el coche sin que haya conductor.

Uno de los trabajos más atractivos de los Parques era Anarchy de la Societat Doctor Alonso, dramaturgia de Jorge Gallardo y Guillem Serrabassa venida de Catalunya. Se trató de un experimento entre el caos y el orden donde a los cuarenta espectadores asistentes se les entrega una guitarra eléctrica, y trabajar para llegar al silencio. Un discurso muy poético de comprensión de la realidad con un mensaje antisistema a favor de la anarquía con mucha fuerza, sobre todo en la dirección de movimientos de Sofía Asencio para obtener una excelente interpretación volcánica conductora de Julijana Tomic. Un espectáculo muy en la línea vanguardista de la sala Inestable, donde se representó durante tres días.

También se exhibió el montaje infantil Bailar es cosa de libros en Rambleta, con dirección del catalán Pere Faura y los bailarines Claudia Solwat y Javier Vaquero conduciendo desde la danza a la escritura, en un juego literario donde el intérprete invita a los niños a participar con un libro y experimentar sus sensaciones al tenerlo en la mano.

La despedida del Russafa Escènica se programó en la sala La Mutant, antes Las Naves, con Dios tiene vagina – Díptico por la identidad, por la compañía andaluza Vértebro. Fue una producción arriesgada, llena de humor y reflexión sobre la Semana Santa, en una visión sin prejuicios sobre cómo se vive en esa tierra. Las magníficas interpretaciones de los costaleros Nazario Díaz, Ángela López y Juan Diego Calzada, con unas procesiones estupendas, y unos momentos fabulosos de Lola Flores y Rocío Jurado. El enfoque divertido de estos retablos de una festividad sin deidades fijas.

El Jardín Escénico se desarrollo en el Centre del Carme de Cultura Contemporània y ofreció varias piezas escénicas de duración entre cinco y diez minutos exhibidas en bucle cada quince minutos durante una hora y media. Esta iniciativa recupera el concepto de microteatro, aunque exprimido al máximo. El recuerdo el local cerrado hace un año de la calle Cádiz del barrio de Russafa era inevitable. Por ello, la modalidad permite reencontrarnos con la reivindicación de este género teatral tan útil en la formación de creadores y actores jóvenes representando en un espacio con el público muy cerca, lo cual les ayudaba a vencer nervios y tensiones y mejorar la concentración. A formarse, en definitiva, para dar un salto hacia la profesionalidad.

Fueron seis piezas muy ligeras, con temas atrevidos y buen desarrollo, todas de compañías valencianas. Totart TA3, con dirección de Antonio Valls, ofreció tres: ‘Profesionales’, ‘Confidencias de mujeres’ y ‘Mujeres de vida fácil’. En la primera, dos actores tímidos (Rubén Mechó y Nani Hernández) son elegidos para un doblaje porno, pero el director no está contento con el resultado, por lo que la intensidad va creciendo hasta un final a priori impensable. En la segunda, dos mujeres sentadas en un café dialogan sobre sus problemas y lo que ha supuesto la carga de enamorarse para ambas. Son una profesora y una funcionaria (Lola Cots y Carmen Comes), y parecían amigas de la facultad. En la tercera, una prostituta, Trini, con muchos problemas personales, se reúne con su amiga Maruchi. Esta la apoya sin dejar de beber alcohol y salen a luz los problemas hasta que han de volver a trabajar.

Clarisas presentó ‘Bolleras’, el más extenso de los microtrabajos, donde dos monjas del siglo XIII amasan para buscar el bollo perfecto para acompañar la horchata. Entre toque eróticos y un lenguaje que incluye arcaísmos en un intento satírico de mostrarse antiguas, Irina Bargues y Ana Ahh ejecutan un divertido trabajo muy atrevido. La Dramática presentó ‘Maricón’, muy en su línea sobria y seria, recreando la historia de un homosexual asesinado en Moscú en pleno 2018 por cogerse de la mano con su pareja Pablo, muy bien interpretada por los eficaces Irene González y José Terol.

El trabajo más distinto a la convencionalidad fue ‘Frecuencia modulada’ de Vudú Teatro. Un actor, Nelo Sebastián, entre transistores y radios con antena para simular una metáfora de la vida rodeada de ruidos que generan falta de armonía. La integración de los distintos sonidos de cada radio consigue una música melódica entre tanto desbarajuste, donde el ser humano, una miniatura, se ve rodeado de un caos de decisiones que dejan las suyas como insignificantes. Es necesario domar las ondas para crear textos sólidos y con contenido. Un gran trabajo muy ajustado al mensaje.

Y fin

El éxito de la edición, con llenos continuos en casi todas las sesiones, obliga a repensar los complejos y reparos sobre este festival. Su consolidación no ofrece dudas y su apertura a ocupar nuevos espacios de la ciudad de Valencia es saludable. Al fin y al cabo, los festivales consolidados de la provincia de Valencia tuvieron inicios difíciles, aun contando con presupuestos mayores que los de estos tiempos.

Pero Russafa Escènica ha conseguido que no se conciba la cartelera valenciana de una temporada sin su presencia. Y ya está en marcha la novena edición cuyo lema será “Hacemos ciudad”. Un lema muy apropiado a juzgar por la contribución de este festivalazo a construir una ciudad interesada por la cultura por encima de otros eventos superficiales o grandilocuentes.Fem ciutat.

Doctor investigador por la UNED y crítico de Artes Escénicas del suplemento cultural “Palabras” del diario valenciano Las Provincias. Ha trabajado en el equipo de de Josep Lluís Sirera, para el archivo de la Acadèmia Valenciana de la Lengua o las revistas Stycomithia y Episkenion, participado en congresos internacionales y en el Seliten@t. Presidente de los Premios de la Crítica Literaria Valenciana desde 2005.

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