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Circo de Pulgas

36 horas con Matarile: un día y medio con la creación escénica

Entrevista a la compañía gallega dentro de su entorno

Aunque el germen y la esencia de la compañía Matarile Teatro tengan su núcleo en Ana Vallés y Baltasar Patiño, su trabajo se desarrolla como un proceso de contacto eléctrico y magnético con otras personas, a las que atraen a su mundo afín si hay proximidad, y acaban por involucrarlas en las creaciones teatrales que llevan a cabo. Tuve la suerte de conocerles en escena hace años (y, de nuevo, es preciso citar a José Henríquez como culpable de ese encuentro), a partir del cual, la provocación de sus propuestas, su diferencia a la hora de enfrentar el espacio creativo y la manera de abordar la colectividad de sus actos, sin abandonar una dirección intencionada, han hecho que no deje de asistir a las funciones (las pocas funciones) que les traen al entorno del centro peninsular.

Como tampoco evitamos desde hace tiempo la ocasión de compartir charlas, vinos o cenas cuando hay ocasión, ya que resulta tremendamente interesante (para mí), he querido aprovechar el guante que lanzaron desde la dirección de Red Escénica, para cogerlo al vuelo y, al vuelo acercarme a Santiago de Compostela para compartir casi dos jornadas de charlas intensas, entrevistas… y vinos, comidas y cenas.

El epicentro de la compañía es una casa con huerto alejada de la ciudad, donde tengo el placer de degustar productos auténticamente locales: los del estómago y los demás. Matarile ha tenido a lo largo de su historia distintas facetas profesionales, teatrales y previas. De las escénicas hay que recordar que movieron el remolino artístico que supuso la sala del Teatro Galán, en el centro de Santiago, desde donde, además de mostrar, apoyaron a la creación y generaron movimientos como el del festival de danza En Pé de Pedra, que en sus doce años de existencia generó una explosión de danza contemporánea en las calles de la ciudad. A los urbanitas de este centro geográfico estatal nos es a veces difícil poder conocer todo lo que se genera en la distancia, sobre todo, porque el trabajo de dar fe de ello, no suele estar bien (o nada) pagado, pero el mundo artístico sí que se hace eco de iniciativas potentes como las que esta compañía ha logrado hacer.

En los últimos años viene generando un repertorio diverso para mover allí donde consigan unas condiciones favorables y es alentador ver que, cada vez, alcanzan mejores cotas con su formato teatral. Desde Stayng Alive hasta la fecha he tenido ocasión de recorrer diversas puestas en escena. Tras cada trabajo hay un hilo conductor con un pie en la filosofía más profunda: la de sus autores y la de otros; con el otro pie en la locura: la que surge de la necesidad de explorar posibilidades colectivas desconocidas, y plasmarlas a pie de escena, casi a pie de calle.

Aunque el trabajo es más complicado cuando no haces creaciones artísticas “comerciales”, y ni siquiera “al uso”, llevan en la brecha desde hace más de 30 años, comprometid@s con cada iniciativa que llevan y les lleva a los escenarios, e implicando a más gente en su trayectoria. Sus últimos trabajos, Antes de la metralla, Circo de pulgas y Los limones, la nieve y todo lo demás, han movido al público masivamente en las localidades y festivales por los que han pasado, pero un trabajo más intimista como Teatro invisible, donde se pone al descubierto mucha de la realidad social del teatro, o de los bajos niveles de la cultura en nuestra sociedad cuando echamos la vista atrás y alrededor, sigue funcionando y se sigue reclamando. Otros como El cuello de la jirafa, también bastante reciente, parece haber volado de los espacios escénicos, pese a la relativa brevedad de su trayectoria, lo cual es lamentable, tanto por el contenido, como por el formato del montaje y, como siempre, la necesidad de implicar al público desde su lugar.

Están preparando su nueva producción (de la que no puedo avanzar nada aún), y siguen moviendo su repertorio, en esta entrevista no hablamos de lo concreto de sus montajes, sino del significado de su trabajo en conjunto, sus orígenes, su filosofía, el significado del espacio teatral en sus creaciones,… pero también de su visión del contexto teatral actual y, cómo no, del entorno de las artes escénicas en Galicia. Quien no conozca a Matarile tiene varias asignaturas pendientes en el teatro, pero, afortunadamente, llega a tiempo de solucionarlo.

Tengo la curiosidad de saber si hay un motivo para dedicarte a esto

A. Vallés – Yo no tuve una vocación temprana, creo que fue en conjunto con Baltasar, una evolución. Porque al principio nosotros construíamos objetos, escenografías… de esa construcción pasamos a hacer una primera pieza que fue de teatro de marionetas para adultos. Y de ahí, tras la primera obra, al conocer los lenguajes teatrales, sin haberlo premeditado, pasamos a querer trabajar con actores. ¿Por qué expresarnos en algo que llamamos teatro en vez de otra manera? No sé y me da igual.

Cuando gestionabais el teatro Galán aquí en Santiago creasteis un festival de danza, pero ¿qué pasa hoy con los festivales? ¿están funcionando de forma similar?

A. Vallés – Voy a ceñirme a nuestra historia ya que hablaste de En Pé de Pedra. Cuando lo creamos una de las cosas que queríamos hacer era retomar el origen de la palabra “festival”: una fiesta. Queríamos que se viviera como una fiesta donde las personas se encuentran y celebran algo, y también que se viviera como una fiesta en la ciudad. Eso se fue construyendo, nos dejamos nosotros bastante de lado, no hacíamos manifiestos, ni la programación era temática, no dirigíamos el hacer de los artistas, simplemente hacíamos una selección. Y llegó un momento en que se produjo ese encuentro verdadero. Sentábamos las bases, que me parece algo fundamental (también en la educación, lo más interesante y que es lo que tuvo mejor resultado): crear las bases para que algo suceda. No provocarlo, ni dirigir lo que va a suceder, sino sentar unas bases y ya se organizarán las personas con los objetos, el espacio. Pero yo quiero cuidar el espacio para que algo suceda, cuidar a las personas para que algo suceda, que haya situaciones que no sé cuáles van a ser, pero sé que se van a dar.

También tiene mucho que ver con la manera en que hacemos los ensayos en Matarile, porque ponemos materiales sobre la mesa (por así decirlo) en el trabajo previo que hago con los actores. Por ejemplo, nos escribimos e intercambiamos muchas cosas a raíz de unas cartas base que les mando a todos (aunque a posteriori establezco correspondencias individuales). Vas abriendo temas, caminos, introduciéndote en las personas. En el espacio de ensayos lo mismo, llevamos muchos materiales, desde vestuario, atrezo, objetos, mobiliario… lo que sea. Muchas cosas que nos seducen por algo, pero no las imponemos, sino que van a estar ahí, se pueden mezclar o lo que sea. Pongo unas bases, pero quienes van a jugar con esos datos son ellos y se producen unas situaciones maravillosas, porque la asociación que tú haces al ver distintos objetos es diferente de la que hago yo; pero puedo ver cómo tú interpretas eso, y meter lo que yo quiero, ese es el juego. Por eso no puedo decir “vamos a hacer esto”, sólo lo que habrá o quienes estarán. Y en el festival En Pe de Pedra ya pasaba eso.

¿Qué echas de menos de la Galán?

A. Vallés – ¡Muchísimas cosas! Porque Galán era un espacio que te acogía y propiciaba cosas.

¿Volverías a montarla?

A. Vallés – No, porque ya fueron doce años en que sólo vivíamos para la Galán, la vida personal no existía, y no puede ser. Pero fue muy enriquecedor trabajar allí, tanto en la programación como actuando o ensayando fue muy satisfactorio y aprendimos muchísimo. Fue nuestra mejor escuela, porque tú hablabas de autodidactismo por tu parte, y nosotros siempre lo fuimos. Me gusta, ni lo recomiendo ni lo dejo de recomendar (en general estoy en contra de las escuelas), pero me ha gustado que aprendiéramos haciendo. Al principio, cuando aún hacía guiones ¡ensayábamos seis meses! Era un tiempo de ensayo y aprendizaje. Ahora no, me gustan los tiempos intensos pero breves. En el próximo vamos a estar un mes y dos semanas ensayando.

Cuando se trata del trabajo que hacéis no sé si preferís utilizar el término de teatro…

A. Vallés – A mí me gusta reivindicar la palabra teatro, porque creo que hay una interpretación restringida de lo que es el teatro, sujeto aún a algo narrativo y, sobre todo, a ciertas formas de hacer. Reivindico que lo que hacemos es teatro y usamos otras formas, pero es que el teatro, como todas las artes, ha evolucionado, y las fronteras entre lo que es danza, lo que es teatro, la preponderancia del texto… en lo que yo entiendo como teatro hace tiempo que no existe. A lo largo de nuestra historia se nos ha venido llamando de muchas maneras (teatro alternativo, nuevas tendencias, ahora artes vivas, teatro postdramático…), pero me da igual, nosotros claramente hacemos teatro. Teatro comprendido como una conjunción de lenguajes que utilizas en escena y como un acontecimiento entendido y un aquí y ahora, en un contacto directo con el espectador, no tanto algo que se representa, como repetición de cosas aprendidas, sino como algo que sucede cada vez.

Alguna vez lo has comentado, pero ¿realmente te aburre mucho el teatro que ves?

A. Vallés – Sí, mucho me aburre, supongo que es el término, cuando algo no tiene que ver nada contigo y tú, como espectador, te distancias.

¿Por qué puede aburrir el teatro?

A. Vallés – A mí me aburre cuando se utilizan unas maneras o unas formas que son completamente ajenas al mundo, a la expresión que espero encontrarme en el teatro, que es una comunicación directa con alguien que está ahí. Y en cuanto a contenidos, me aburre encontrarme con algo que ya sé que voy a encontrar. Para mí es mortal cuando la propuesta es complaciente con un público que va a oír lo que quiere oír…

Si hablamos de compromiso del arte ¿cuál es para ti el compromiso del teatro?

A. Vallés – Es algo difícil de contestar, pero podríamos hablar de muchas cosas, de un compromiso vital con lo que se hace, con buscar un tipo (y pongo los términos entre comillas) de sinceridad, coherencia, generosidad y honestidad… la sinceridad desde luego, la coherencia la pongo más en tela de juicio. Creo que lo único que tiene sentido es mostrar el momento en que uno está, generosamente, sin esconder las dudas (que son miles), sin esconder la vulnerabilidad, la fragilidad y que, casi al 100% estamos perdidos, ante la vida, en las relaciones entre las personas, en nuestra manera de ver el mundo, en nuestra manera de entenderlo y, por lo tanto, en nuestra manera de afrontar el arte o cualquier tipo de expresión. Una de las cosas que más me interesa ahora es nuestra fragilidad.

Desde tu perspectiva artística, Baltasar, al asistir a un espectáculo ajeno ¿ves que hay otra manera de enfocar los trabajos, o cada uno debe darle su propio toque a lo que hace?

B. Patiño – Me gusta mucho ver trabajos ajenos de todo tipo, aunque no tengan nada que ver con las cosas que a mí me puedan gustar personalmente. Me gusta ver también cómo sale una nueva generación de iluminadores y creadores que están haciendo cosas: me gusta saber qué está pasando. Sé que la luz o un espacio escénico pueden condicionar totalmente el trabajo en escena y cambiarlo todo. Pero sí, me gusta verlo y pensar cómo lo haría yo, o también pienso “no me gustaría estar en la piel de este iluminador…”.

¿Se hacen propuestas para sobrevivir siguiendo una línea que no aporta mucho o quienes las hacen no tienen la preparación adecuada para hacer otras cosas?

A. Vallés – Pueden ocurrir ambas cosas. Por un lado, hay determinadas tendencias contemporáneas que buscan claramente un mercado, y ahí hay productos. Por otro lado, yo soy muy exigente con la palabra teatro. Considero que es una profesión muy difícil, pero soy muy exigente en cuanto la forma de hacer, los contenidos que se presentan, a la sinceridad de las propuestas, y no me gusta la trampa.

Es curioso que en nuestro vocabulario aún se utilizan expresiones, como por ejemplo en el ámbito político, “se ha montado un teatrillo”, “se ha montado un circo”… todo es despectivo, redundando en ese concepto de teatro como mentira, como falsedad, casi como timo, y eso no lo soporto, ni desde el teatro de siempre, ni desde el que pretende tener unos contenidos ideológicos determinados, pero utiliza unas estrategias casi publicitarias y unas formas de hacer teatro antiguas.

Porque ¿el teatro debe de tener un contenido, debe tener un trasfondo?

A. Vallés – Para mí toda expresión debe de tener un fondo, no me sirve con la forma. Pero creo que la forma y el contenido están tan íntimamente ligadas que ahí es donde veo mayor conflicto. Me distancio más cuando se me está vendiendo algo con tintes ideológicos (“democrático”, “participativo”, muy con los temas que conviene tratar) pero se están utilizando las mismas formas de siempre del teatro autoritario que no me deja pensar a mí y me impone el pensamiento. Y eso no me interesa nada, no tiene nada que ver con lo que quiero y amo. Creo que los grandes artistas (en teatro, literatura, perfomance, literatura, lo que sea) son aquellos que en sus obras establecen un diálogo contigo y te permiten una libertad de pensamiento y de mirada. Creo que la mirada individual es muy importante y hay que respetarla, y algo que se me da cerrado y me impide esa mirada no me interesa.

Me acuerdo de que hace alrededor de un año había hablado en un ensayo de unas frases de Godard sobre la cámara y la imagen. Mi pregunta entonces era: ¿necesitas proyectar una imagen? Godard decía que el cine hay que hacerlo desde la cámara y no desde el proyector. 

Eso lo traslado yo al teatro: no quiero proyectar una imagen, quiero invitar a ver (si es que alguien quiere ver); es como una ventana en la que me puedo asomar como espectadora a mirar y miro lo que yo quiera, no lo que me estén queriendo proyectar.

¿Hay un panorama suficientemente interesante en Galicia para vuestro trabajo?

B. Patiño – No. Aquí es que no hay panorama ninguno. Es imposible; después de más de treinta años en esto, y todo lo que hemos hecho aquí, últimamente animo a la gente joven a que se vaya de Galicia. No sólo que se vayan, que huyan despavoridos y que prueben en otros países, siempre van a tener tiempo de regresar.

Y no lo digo desde la tristeza, creo que estamos en una situación creativamente mejor que nunca, pero digamos que el contexto gallego no es bueno para la creación y menos la contemporánea, quizá para la producción, o consumo de productos teatrales, pero para la creación no. Veo gente joven empeñándose y apenas llegan a hacer una o dos funciones después del estreno. No hay un sistema teatral que favorezca la difusión de los creadores, no hay interés.

Y cuando hacéis teatro, lo hacéis como espectadores

A. Vallés – Yo sí, fundamentalmente me sitúo como espectadora, además lo he dicho en muchas ocasiones, y de ahí viene lo de La metralla… de “todos somos espectadores”, para mí es la primera razón de mostrar algo: dirigirme a una espectadora que podría ser yo. Creo que tiene que haber muchas más personas como yo, con esas ganas de ver algo de esa manera. ¿Que me confundo? pues seguramente me habré confundido muchas veces, pero si no, no mostraría los trabajos.

Por tu parte, Baltasar, cuando haces un proyecto para Matarile ¿trabajas igual que cuando lo haces para otra compañía?

B. Patiño – No, es completamente diferente, como el Doctor Jekyll y Mister Hide. Trabajar con Ana implica tener que esperar hasta el último momento para decidirme, porque es como si la propuesta tuviese que apoderarse de un espacio que todavía no existe. Hay ideas y se hablan previamente, pero tenemos que esperar para que se defina todo. Afortunadamente suelen ser espacios muy sencillos donde luego la luz también interviene. Nunca separamos el trabajo de luz y espacio, para nosotros el espacio, la luz y muchas veces la música es todo lo mismo.

Los trabajos vuestros que conozco contienen siempre una (o varias) ideas filosóficas, pero cuando surge una nueva creación ¿lo haces desde un pensamiento filosófico o desde la forma de aquello que quieres hacer?

A. Vallés – Las dos cosas van paralelas, pero el germen de todo ahora mismo es el equipo. Siempre estamos Baltasar y yo juntos, pero de repente surge una invitación de un festival u otro motivo, y en ese momento miramos a ver con quién colaboramos, y se va empezando a dibujar un paisaje humano que es el origen para mí de todo. A partir de eso voy recopilando, porque siempre estoy escribiendo notas, tomando apuntes, pero no digo a priori “voy a trabajar sobre este tema…, voy a trabajar de esta forma…”. A priori está lo que tramamos Balta y yo para conformar un equipo, y es a partir de aquel desde el que se empieza a desarrollar tanto contenidos como formas de expresión.

Porque no partes de la escritura…

A. Vallés – Nunca lo he hecho. Cuando empecé a escribir hacía guiones, era todo mucho más premeditado que ahora, una configuración de escenas, un paisaje con figuras más que un retrato, como lo que creo que es ahora: he pasado del paisaje al retrato. Me gusta la idea de paisaje y la recupero en determinados espectáculos porque me gusta utilizar planos espaciales. Jugar con lo que aparentemente es secundario o no, me gusta jugar con que el espectador tenga también capacidad de elegir lo que quiere ver, cuando aparentemente el foco está en un primer plano y el espectador se queda con algo que sucede en un segundo plano.

Quizá en Los limones… es donde más se nota este cambio

A. Vallés – Porque en Los limones… (un dúo cocreado con Mónica García)  hay una disposición espacial muy de paisaje: imagen, imagen, paisaje, espacio, perspectiva…da mucho pie a plantear esos planos, esas distancias y a jugar con la cercanía y la lejanía de las figuras. Y es verdad que ahí volvimos un poco más al paisaje que al retrato. Pero al ir pasando (de forma no premeditada, sino como resultado de una evolución) del actor como figura al actor como entidad, sujeto, persona, cada vez fui basando más todo en la personalidad del actor, en el físico del actor, en un momento dado comencé a utilizar los nombres de los actores… todo fue una evolución, y se van viendo pinceladas en espectáculos ya muy lejanos. Para mí ese es el primer paso de la creación ahora mismo. Lo demás, las atmósferas, los planos, el paisaje, todo viene después y, en primer plano, las personas con las que trabajo. Por eso también he hablado en ocasiones de un “teatro de personas”, no sólo porque me interese lo que puedan aportar por sí mismas, o las historias concretas de sus vidas personales, me interesa porque al acercar una forma real de ser una persona concreta, esa persona nos habla desde su forma, quiero conseguir que unas personas que estemos en escena podamos hablar a otras que están en el patio de butacas, y esa relación la tengo que establecer a partir de un tú a tú. Por eso ahí entronca lo de la formalidad que hablábamos: no me gusta el teatro hecho desde ningún tipo de falsedad o impostura, máscara o personaje, necesito que se hable desde un “yo” creíble. Luego puede que las palabras que digan no sean suyas, pero la forma sí. Un acercamiento personal es lo que busco.

¿Te parece más interesante la creación, el resultado o la experimentación?

A. Vallés – No pienso mucho en esas categorías y no puedo elegir, porque todas las facetas me resultan apasionantes. El momento en que estamos ahora, que es intuir, el momento de sentar las bases, de las incertidumbres, ese en el que sabes que todo es caos y pura intuición pero que cualquier movimiento pequeño que hagas ahora, cualquier carta que escribas, cualquier música, cualquier sugerencia que hagas es fundamental.

Después me encanta el proceso de vivir los ensayos de la creación, porque es una vorágine meterte en el mar, en la tormenta, es el momento de apertura y alerta total, en que estás cazando, viendo, desechando, desde un gesto a la química que hay con alguien. Y después: cómo poder salvar ese momento de aquí con ese que hiciste el otro día, el tema que sacó alguien relacionado con algo que he escrito… Es un momento tan intenso que es muy gozoso, aunque también es difícil, caótico y de esos en que te preguntas ¿por qué me habré metido en esto? Pero sé que voy a pasar por ahí. Y estás tratando de convencer al equipo de algo que no sabes lo que es, ni por dónde vas.

Y luego me encanta el momento del encuentro con los espectadores. Las funciones las disfrutamos siempre muchísimo, y la sensación de suceso cuando nos juntamos aunque haya pasado mucho tiempo desde la anterior función (a veces sucede) y al encontrarnos y revivir las escenas, nunca es igual, pero es también estimulante y muy agradable, como decir “vamos a dar otra vez el paseo”, pero ahora es de noche, y a ti te han pasado otras cosas. Es maravilloso ver cómo va cambiando a medida que la vida avanza, y cada uno trae a cada función lo que está viviendo. Evidentemente, en nuestros espectáculos la estructura está muy amarrada, pero hay mucha libertad para habitar dentro de esa estructura, y está todo vivo; nunca lo vivimos como una repetición.

Hablábamos de la evolución de los últimos tiempos en la compañía, unos tiempos eran más de paisajes, otros más de retratos… ¿cuál es el futuro de Matarile ahora mismo? ¿qué visión de futuro hay en la compañía?

A. Vallés – No te puedo contestar a esto, porque nunca pienso en esos términos. Creo que sería un poco erróneo, porque es todo tan impermanente o frágil, que me parecería tonto pensar en un futuro a la larga. Prefiero centrar todo mi pensamiento en lo que estamos haciendo ahora. En realidad, trato de no pensar en el pasado y no pensar en el futuro. El pasado no me interesa nada, tampoco el mío y tampoco el nuestro, me interesa estar en lo que estamos viviendo ahora. Creo que el teatro responde a esa inmediatez, que tiene sentido todo y encaja: es el arte de la inmediatez. Por eso nunca hemos querido reponer una obra del pasado, porque la haces con una serie de personas en un momento dado de tu vida y de tu proceso vital. Y ese proceso nunca es el mismo, no vuelve, sino que estás en otro punto.

Dices en unos textos publicados recientemente que eres reacia a publicar textos.

A. Vallés – Sí, me parece una parte pequeña del conjunto, y como siempre he despotricado contra el dominio de la palabra escrita en el teatro me parecía claudicar. Los textos por sí solos no son nada, como también sería nada mostrar sólo el movimiento, las coreografías o la iluminación. Para mí todo es un conjunto inseparable y no tiene sentido una parte sin la otra, igual que las propias partes de una obra tampoco tienen sentido: algo ha sucedido porque ha habido un silencio antes, porque ha habido un tiempo determinado antes, y son una serie de capas que se van superponiendo y dan como resultado un conjunto que produce una sensación determinada o una relación con el espectador. Pero por sí solas, las escenas aisladas tampoco me sirven. Por eso a veces nos es difícil elegir una imagen que pueda mostrar lo que representa una obra. Según qué parte muestres puede dar una visión demasiado parcial o equivocada.

¿Cuando acabas de exponer un trabajo te satisface el grado de cumplimiento o te lleva a otro?

A. Vallés – Estoy siempre contenta y feliz de ver a los actores, lo que resulta, de acudir al encuentro con los espectadores… pero siempre queda algo. Si volviera a hacer las cosas, las haría de otra manera, nunca estás absolutamente satisfecho de nada. Siempre hago un paralelismo muy grande entre el teatro y la vida, porque para mí es muy difícil decir “he hecho esto muy bien”, o “esta relación de amistad qué redonda”, o estos pasos que he dado: siempre damos pasos equivocados, pero es inherente a nosotros, y vuelvo a hablar de la fragilidad y vuelvo a hablar de la vulnerabilidad que tenemos por ser conscientes del paso del tiempo. Esa consciencia es algo que nos marca completamente lo que hacemos o dejamos de hacer. Para poder sobrellevar ese sentido trágico que tiene para mí todo, hacemos cosas que nos reafirman o reconfortan, pero, en realidad, uno siempre está perdido o añorando poder superar ese estado de absoluta fragilidad.

Vosotros dos sois realmente las cuatro patas de la compañía ¿dónde encontráis vuestro punto en común?

B. Patiño – Realmente no separamos los dos trabajos, sino que es un trabajo artístico, así que nos encontramos en cualquier conversación. Como ves, Ana trabaja en el piso de arriba y yo en el de abajo, ella escucha los ruidos que yo hago aquí, intercambiamos información y nos reunimos de vez en cuando, ella me enseña algo que está escribiendo y yo le enseño bocetos de sonoridades, ideas de espacio escénico, y todo esto crea unos posos, unas capas que en algún momento de la creación del espectáculo toman forma, desaparecen algunas y queda lo definitivo. Es un trabajo constante de día a día, de conversación constante, durante el que ella sabe qué ideas tengo previas y me dice o descarta posibilidades.

Es muy divertido, porque no viene un escenógrafo que dice “esta es la escenografía”, otro que diga “este es el texto”, o “esta es la luz”… la composición está abierta siempre. Luego llegan los intérpretes con los que también hay relaciones y cualquier relación con los intérpretes puede detonar una idea escenográfica y hay que estar muy alerta siempre. Pero lo que hay es una comunicación constante sin que ningún lenguaje predomine sobre el otro.

Ahora estoy preparando luz y espacio que son ideas que sé que van a cambiar (afortunadamente) y trabajo la música con cuatro intérpretes, les envío información (música, imágenes) y me la devuelven, hay un feedback. Pero está todo tremendamente abierto, porque durante el proceso sabemos que va a cambiar todo. No es que el trabajo anterior vaya a desaparecer, sabemos que van a aparecer cosas nuevas. Lo más difícil es ese punto que hablamos Ana y yo a veces, de cuándo el espectáculo se apodera de la idea. Pueden seguir apareciendo ideas buenas, pero el espectáculo las rechaza. En ese momento el espectáculo ya tiene una entidad y marca una línea; permite que entren unas ideas y otras no.

Los espacios de trabajo pueden definir o limitar un trabajo ya montado, pero un espacio puede tener una implicación importante a la hora de realizarlo (más emocional) que cambie algo ¿o una vez montado/creado queda así para siempre?

A. Vallés – Determinados espacios sí imprimen y dejan una huella en la forma. Por ejemplo, en el caso de Staying Alive, que estaba hecho para un espacio muy concreto, y esa impregnación sí que quedó en el trabajo, pero como lo transformamos después, en cada espacio hacíamos una revisitación de lo que allí sucedía. Tratamos de refrescar las sensaciones que el espacio y las formas que nos había implicado aquel espacio, sugerían y producían en el espectador.

Eso implicaba que había muchas sorpresas y cambios, y que estaba muy vivo, así que nos suponía un plus de esfuerzo a las actrices que participábamos y a Baltasar como iluminador, por supuesto. Pero era muy gratificante. Hubo que aprender a hacerlo.

También ha pasado que, espectáculos que se hicieron más a la italiana, como en el caso de Historia natural, se pudieron hacer en espacios que los alteraron por completo y le dieron un plus a lo que allí se mostraba. Por ejemplo, la versión que hicimos para el Pinar de Antequera, al aire libre, ocupando un bosque con las perspectivas y las lejanías que te puede dar ese espacio, viendo cómo llegaban esos personajes y luego se instalaban a unos metros de nosotros, los ruidos que había, la lechuza, el tren que pasaba de repente por el fondo… es decir, se habitaba de una serie de cosas que, lejos de estorbarnos, lo enriquecían.. También recuerdo El Tanque de Tenerife, un antiguo depósito enorme que se utiliza para actuaciones (sobre todo de música) y da una tonalidad diferente, ecos, rebotes, distancias, perspectivas. Así que, nos encanta habitar los espacios, porque habitas algo que tiene una historia, y esa historia se mezcla con lo que tú estás haciendo.

¿El diseño se puede traspasar de un espectáculo a otro o supone para ti una creación diferente?

B. Patiño – Creo que hay una evolución, en cada espectáculo con Matarile trato de ponerme unos objetivos y hacer unas pruebas. No me vale iluminar siempre igual, que me podría valer (de hecho, se hace), pero no es mi caso. Me interesa en cada espectáculo plantear un ejercicio nuevo y serio que también me permita aprender. Ahora mismo, en la nueva creación existen unas ideas previas de iluminación, aunque no esté hecho el espectáculo: por lo que voy hablando con Ana, la mitad de esas ideas ya las he desechado, pero sigue habiendo otras y aparecerán más.

A veces queda alguna, en lo que yo llamo “el cajón de ideas”, donde guardas, porque, como dice Ana en Teatro invisible, “tener una idea es muy difícil”, y si hay ideas que no van a este espectáculo, quedarán ahí por si acaso, y son el germen para otra propuesta.

¿Es fácil implicar a otra gente en tu trabajo o requiere mucha explicación y búsqueda de algo?

A. Vallés – No, ahora mismo no. Ahora mismo tenemos la suerte, quizá por los años que llevamos y que se nos conoce más, que hay gente que quiere trabajar con nosotros y no tengo que convencer a nadie. De alguna manera vienen convencidos y eso está muy bien.

Si hay mucha gente dispuesta a colaborar, significa que es un teatro que se necesita o que se quiere, que la gente lo busca…

A. Vallés – Creo que hay mucha gente loca, maravillosa y dispuesta a dejarse la piel en esto, que es lo que tiene sentido. A arrojarse, sí, el verbo arrojarse es fundamental en el proceso que estamos haciendo precisamente ahora. Es todo tan frágil y, al mismo tiempo, tan vital y necesario (para quienes estamos en ello), que no puede haber medias tintas, así que no se trata de convencer a nadie diciéndole “mira, vamos a hacer esto, a ver si te interesa…”, porque yo no propongo un proyecto cerrado. “¿Quieres participar en este proceso?”, “vamos a ser tantos, vamos a trabajar en Santiago”, … De alguna manera, las bases están ahí, es lo que hacemos, que puede tener una forma o un estilo, pero no tengo que convencerlos. Tengo la suerte de que hay personas estupendas y maravillosas que quieren arrojarse y jugársela, porque no es fácil para quienes vienen. Balta y yo podemos estar convencidos en esa especie de inconsciencia que tuvimos siempre y decir “no sabemos lo que vamos a hacer, pero vamos a hacerlo”, que cada vez es un vértigo, pero entendemos que no puede ser de otra manera. ¿Cómo esperar que los demás que vienen a trabajar también estén en ese punto…?, pero hemos tenido la suerte de colaborar con personas que sí están en ese punto.

Es un teatro que hasta hace unos años no se hacía, y sin embargo estáis ¿Hay una consciencia de que no sólo lo que hacéis en vuestra compañía, sino en otras compañías en líneas cercanas o similares, no está definido como movimiento artístico?

A. Vallés – Creo que a día de hoy no, después de los últimos “movimientos telúricos” que hubo en Madrid, como el cambio de la figura de las Naves de Matadero, con lo que supuso, el jaleo, la reacción de una parte del teatro… A día de hoy no, y es un debate que no me parece interesante, porque eso pasa en España, y no creo que tenga interés en otros países europeos. Pero quizá aquí aún acarreamos un estatismo en las programaciones en general, que quizá no recogen lo que se está creando. Es algo que la danza contemporánea lo ha sufrido desde siempre, es un debate antiguo ya, que no se ha entrado en pie de igualdad con otro tipo de programaciones teatrales.

¿Crees que el público (en general) está preparado para este tipo de trabajo?

A. Vallés – Absolutamente. No creo en ese mito de que hay que saber de teatro para ir al teatro… o de fotografía para ver fotografía, o de música para ir a escucharla… Creo que el arte siempre establece una relación directa con el espectador. No creo en el espectador pasivo, el espectador es un ser pensante, que siente estímulos y reacciona, o no reacciona, que también es una forma de reaccionar, porque el que se evade o se aburre también está reaccionando ante lo que se le muestra.

(MADRID) Cursa sus estudios superiores (Licenciatura y Tercer Ciclo) en la Universidad Complutense de Madrid. Colabora en diversos trabajos de investigación y publicaciones científicas entre los años 1986 y 1991. Además de contar con otras formaciones en numerosas y diversas materias, también inició estudios inconclusos de Derecho entre 1995-96. Ha realizado diversos videos documentales, entre ellos el vinculado a las Brigadas Internacionales, y el congreso realizado en 2006 en la Universidad de Salamanca, y también con diversos eventos de las Brigadas Internacionales. Su paso por la Plataforma Cultura Contra la Guerra le hace vincularse a través de diversas acciones y de manera más directa a ciertos trabajos vinculados a la música y el teatro, ya sea a través del video, la fotografía y las publicaciones en prensa. El año 2006 participa junto a Javier Parra en la fundación del Diario La República, donde continuó hasta el año 2013, coincidiendo con el cambio de dirección y línea editorial del medio. Allí, colaboró en la edición, publicó artículos de manera habitual en las secciones de política de España e Internacional, se encargó de coordinar la sección de Cultura del diario, además de contar con una columna de opinión. En junio de 2007 crea La República Cultural.es - Revista Digital, que dirige hasta la actualidad. En ella se ha encargado especialmente de la sección de Artes Escénicas (aunque en su momento tuvo más incidencia en la de Músicas). La revista es de colaboración gratuita y voluntaria, donde tod@s l@s colaborador@s participan de manera altruista para el apoyo, la defensa y difusión de la Cultura. Dentro de su perfil laboral, es experto en temas vinculados a Formación y Empleo, así como en cuestiones de Gestión Formativa y en relaciones municipales.

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